Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
|
|
Sexo y poder en el origen de la violencia contra las mujeres
Joaquim
Pisa
24 de noviembre de 2006
“La maté porque era mía” es una vieja y popular expresión que define de modo ajustado la raíz de un problema sangrante: el maltrato de género, o dicho con todas las letras, la violencia específica contra las mujeres.
Contra lo que pueda parecer, éste no es un problema reciente ni privativo de los estratos sociales más desfavorecidos y por tanto menos educados: ha existido en todas las épocas, y se da en todas las clases sociales. Sus causas no son estrictamente socioeconómicas, aunque una posición familiar difícil ayude a su radicalización. Ni siquiera las conductas mimetistas que aparentemente podría desencadenar la irresponsabilidad con la que los medios de comunicación de masas suelen tratar estos asuntos, puede considerarse más que un factor ocasional y siempre conectado a otras causas más profundas.
En realidad el origen de la violencia contra las mujeres se halla en la conjunción de dos factores íntimamente relacionados entre sí, y a los que desde niños se enseña a los hombres a rendir culto: sexo y poder. Para la mayoría de los hombres la mujer es su bien más preciado, aquél por cuya posesión en exclusiva luchan; poseer una mujer es la mejor demostración pública de la capacidad de un macho para dominar su entorno y salir adelante en la vida.
En un episodio de la serie
“Los Simpson”, Marge Simpson, la “mujer de la casa” en sentido
tradicional, repasa sus roles cotidianos: esposa, madre, amante, pediatra,
cocinera, enfermera, costurera… Es la aportación de una mujer cualquiera al
tipo de pareja monogámica sobre la que se levanta el modelo familiar aún
vigente. Un modelo que descansa sobre una clara división del trabajo, limitando
a la mujer a las actividades que antes se decían “propias de su sexo” y se
desarrollan entre las paredes del hogar, en tanto al hombre se le reserva el
lidiar con el mundo en nombre de ambos, protegiendo a su hembra y a su prole de
los embates del exterior y conquistando para ellos una posición que, en
definitiva, hable de él como de un triunfador.
Cuando la mujer intenta modificar esa situación reclamando una redistribución
de roles en la pareja, y sobre todo cuando se atreve a plantear algún grado de
autonomía personal que le permita valerse por sí misma y no seguir viéndose
como un ser dependiente por entero, el macho suele asustarse y reaccionar de
modo violento. Siempre es el miedo quien conduce a la violencia. En definitiva
cuando una mujer pretende mejorar su autoestima, hay muchas posibilidades de que
su pareja masculina responda violentamente. No siempre desde luego con violencia
física, pero sí de un modo coactivo más o menos brutal; la violencia no tiene
porqué ser exclusivamente física, hay muchos otros modos de perpetrarla.
El 25 de noviembre es el Día Internacional de Lucha contra la Violencia de Género. Un día que debería ser una llamada de alerta a las conciencias, y que de algún modo tendría que marcar –más allá de los discursos y las conmemoraciones oficiales- un avance sustantivo en una lucha de liberación que nos compete a todos y a todas.