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Rajoy
y la historia de España
Luis Arias Argüelles Meres 13 de Diciembre de 2006
Tocaba
hablar de «consenso» el día de la Constitución. Para Zapatero, se trata de
una esperanza en la que no parece confiar mucho. Rajoy, en cambio, se mostró
preciso. Tres grandes acuerdos propuso: terrorismo, modelo territorial e
historia de España. En los dos primeros, el pacto entre los partidos
mayoritarios se antoja difícil. En el último, diríamos que estamos ante un
imposible.
Rajoy y la historia de España, tema éste poco menos que intocable, sobre todo
si hablamos de lo acaecido en el siglo XX, incluso en el XIX. Su antecesor y
hombre en las Azores se declaró en su momento lector entusiasta de poesía. Lo
paradójico es que sin la poesía no puede entenderse la historia última de
España. ¿Habrán reparado los prohombres de la FAES y demás intelectuales áulicos
peperos en estos versos de Gil de Biedma: «De todas las historias de la
Historia / sin duda la más triste es la de España»? ¿Tendrán por ventura en
cuenta la singular poética de España que hizo, en verso y prosa, la Generación
del 98? ¿Se acordarán alguna vez de los clamores de Blas de Otero cuando se
desgañitaba en nombre de España, por no hablar también del Celaya de los «Cantos
iberos», dejando aparte la calidad de la obra de cada cual? ¿Y qué decir de
Cernuda, poeta al que Aznar dijo admirar en su momento? ¡Ay! ¿Y de Unamuno?
Puestos a ello, ¿por qué no remontarnos también a la prosa del XIX, por
ejemplo a los diálogos entre Mari Clío y Tito Liviano, dentro de muchos de los
episodios nacionales galdosianos? Y hay que seguir. César Vallejo, y su «España,
aparta de mí este cáliz». También Neruda. ¿No hay toda una poética de España
en estos gigantes de la literatura? ¿Se puede hablar de la historia de España
sin tener en cuenta su presencia en tantos y tantos poetas? ¿Hay algún país
que tenga, también en calidad, tanta presencia poética como España?
¿De qué historia de España hablamos, señor Rajoy? ¿Acaso de los ridículos
topicazos soltados por Aznar en Estados Unidos, haciendo -¡por Dios!- de Américo
Castro? Mejor sería dejarlo todo muy claro. Primero, no quieren que sean
mentadas la República ni la guerra civil. Tampoco el franquismo. Todo eso es
pasado (nunca se nos hubiera ocurrido). Pero bien saben que se trata de muy
distinta cosa. No son tanto aquellos episodios históricos en sí, sino de cómo
fueron abordados en la transición, segunda Restauración borbónica que, como
cada vez se repite más, lo que hizo fue -históricamente hablando- absolver al
franquismo de todos sus horrores.
Y, por favor, entiéndame bien. Ni se trataba entonces ni se trata ahora de
venganzas, ni de rencores, ni de ajustes de cuentas. Simplemente, de no pasar
como sobre ascuas sobre una dictadura que duró cuatro décadas. ¿Ha hecho eso
Alemania? O, más cercano en todo aún, ¿lo ha hecho Portugal?
Si nos conmueven el dolor y la muerte de emigrantes que huyen de la miseria y se
acercan a nuestras costas, si nos estremecen los horrores que aún se van
conociendo de lo que ocurrió en Argentina y Chile con sus dictaduras más
recientes, si nos resulta terrorífico el Gulag denunciado por Solzhenitsin, si
nos horroriza el terrorismo más vil y cobarde, ¿por qué hemos de obviar lo
que ocurrió en nuestro país? Y no se trata de que los horrores del franquismo
estén en el debate público de cada día, pero sí de que sean considerados
como las atrocidades cometidas por una de las dictaduras más largas que
tuvieron lugar en el siglo XX. ¿Tanto le cuesta a su partido desmarcarse del
franquismo? ¿Quieren obligarnos a que no olvidemos nunca que AP, matriz del PP,
fue fundada por ex ministros de Franco?
Hay muchos motivos por los que Zapatero merece ser criticado. Acerca de eso no
hay ninguna duda, pero no es en modo alguno reprochable que pretenda dignificar
la memoria de los que lucharon a favor de la República y en contra del
franquismo. Zapatero puede ser todo lo superfluo que se quiera. Seguro que Platón
no lo pondría a la cabeza de su República. ¿Pero qué me dice de Aznar? ¿Acaso
mostraba una profundidad de vértigo en sus análisis? ¿Acaso la España por él
presidida fue el sueño de la República del filósofo? ¿Alguien se cree que su
cuaderno azul contenía conceptos que tendrían cabida en la Academia platónica?
¡No me hagan reír!
¿No le parece a usted contradictoria, en primera instancia, que el franquismo
sea un tema poco menos que tabú y, al mismo tiempo, censurar que se retire una
estatua ecuestre suya? ¿En qué quedamos, don Mariano, en qué quedamos?
Es cierto que la expresión memoria histórica no resulta muy afortunada. No lo
es menos que no existen argumentos sostenibles que puedan persuadir de la
conveniencia de la amnesia para un país. Y, por otro lado, es asombroso que no
se quiera ver que cada generación, como cada momento, tiene sus afanes. Hay una
nueva generación en el poder, jubilada ya la sesentayochista. A esa generación
pertenecen Zapatero y usted. Y esa generación tiene entre otros empeños su
forma de interpretar lo que fue la transición que, en el mejor de los casos, no
fue como la actual Constitución, pluscuamperfecta.
Vivamos el presente. Abordemos los problemas actuales. Muy bien. Y además de
todo eso seamos demócratas: abominemos de las dictaduras y de los dictadores
que en el mundo han sido. Y dentro de ese mundo existe un país al que seguimos
llamando España. Que no sólo tiene geografía. También cuenta con historia.
Y la historia, créame, señor Rajoy, es tan terca como la realidad. Porque,
como escribió Ángel González (la poesía, siempre la poesía), a los muertos
no hay quien los mate. ¿A que no?