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Pobres
y millonarios.
Vicente Romero
www.vicenteromero.com 26 de Mayo de 2006
Hoy más que una
historia mínima voy a proponerte casi un editorial tan mínimo como imposible.
Porque tengo la boca amarga y las ideas revueltas por dos noticias que ayer se
contraponían en los telediarios y los diarios hablados, dos noticias que hoy
aparecen en la piel de casi todos los periódicos: la primera, que España se ha
convertido en uno de los países con mayor número de ricachones en la parte
enriquecida del mundo, que es la parte Norte del Planeta. La segunda noticia,
que se celebraba el día mundial del refugiado, de los más desdichados entre
los empobrecidos del Sur del Planeta.
Los medios de comunicación son como se debe ser --los franceses dicen que
ils sont comme il faut-- y lo políticamente correcto es recoger la noticia
de la abundancia de millonarios españoles casi como una curiosidad estadística.
Sin embargo, como yo no soy ni quiero ser políticamente correcto, esa me parece
una noticia triste. Y al leerla se me viene a la cabeza aquella frase estupenda
de Bertolt Brecht, asegurando que detrás de toda gran fortuna se oculta
siempre un gran delito. Por más que se esfuerce uno investigando, resulta
imposible encontrar a nadie que se haya hecho millonario a base únicamente de
trabajar... a no ser que denominemos trabajo a la especulación inmobiliaria o
bursátil, a la explotación del trabajo ajeno, al incremento artificial de los
precios, a la usura bancaria o a cuantas corruptelas disimula el sistema
financiero con eufemismos como inversiones oportunistas, comisiones de mediación
o stoks options. Lo que se dice trabajando honradamente, dejando horas
y años de la vida en el tajo a cambio de un salario, nadie se ha hecho rico.
Pero constatar esta realidad es negar la supuesta legitimidad moral de nuestro
modelo económico, desenmascarar la leyenda de la igualdad de oportunidades
o denunciar que el orden del mundo se rige por la despiadada ley del máximo
beneficio de los poderosos. Y eso es de muy mal gusto. Sin embargo, no es una
buena noticia que cada vez abunden más entre nosotros esos tipos con la cartera
llena, las manos sucias y el corazón hueco.
De los pobres se habla peor, generalmente enfocándolos como un mero problema
económico. Los pobres son una molestia social, incluso un objeto de estudio
para los analistas económicos al servicio del sistema financiero. Y
precisamente ayer se celebraba el día de los pobres más desamparados: los
refugiados. Menuda molestia, los refugiados. Millones de personas que no quieren
morirse, ni pasar hambre, y que nos avergüenzan suplicando asilo y protección.
La Comisión Española de Ayuda al Refugiado denuncia que muchos de los
inmigrantes africanos que desembarcan de los cayucos podrían considerarse
perseguidos, porque vienen de países devastados por la guerra o donde son
objeto de persecución tribal. Pero que no solicitan asilo político simplemente
porque desconocen ese derecho y nadie les informa. La verdad es que no se quiere
hacerlo: habría que concederles residencia y ayuda, como la que tuvieron miles
de españoles perseguidos y condenados al exilio durante el franquismo. Los
refugiados sirven, en definitiva, para justificar la existencia de las
organizaciones humanitarias: el mundo enriquecido demuestra su buena conciencia
gracias a ellos. Y de su existencia se beneficia una biempagada casta de
funcionarios internacionales que los cuenta y recuenta, los etiqueta y los
mantiene confinados, como quien los guarda en un armario político durante años
y años.
Dice Eduardo Galeano que de los pobres hemos conseguido saberlo casi todo. Que
una legión de expertos, ‘los pobrólogos los estudian y nos ofrecen los
datos actualizados: cuántos son los pobres, en qué trabajan cuando trabajan,
qué no comen, cuanto no pesan, cuanto no miden, qué no piensan, que no votan,
en qué no creen...’ Señala Galeano que sólo nos falta saber por qué
los pobres son pobres. Pero esa pregunta es tremenda y no conviene que se
sepa la respuesta aunque resulte evidente: cada vez hay más pobres porque cada
vez abundan más los millonarios. Es un teorema elemental que debería enseñarse
en los colegios antes que el de Pitágoras. Y, sin embargo, nuestros más
brillantes economistas y pobrólogos fingen desconocer.
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