Por muy activo y
dispuesto que se mostrara a lo largo de su carrera de militar golpista, de
gobernante sátrapa y de violador contumaz de los derechos humanos en la más
amplia variedad de sus manifestaciones, Augusto Pinochet Ugarte no pudo
encargarse él sólo de poner en práctica el exterminio de las
corrientes rebeldes y de oposición de izquierdas –miles de asesinados,
decenas de miles de torturados, cientos de miles de forzados al exilio– que
el mundo asocia hoy a su trágico paso por la presidencia de Chile.
No habría podido llevar
a cabo su obra represiva de no haber contado con muchos miles de colaboradores
(de cómplices ejecutores) integrados en el aparato del Estado; con muchos
miles de policías, de militares, de jueces y demás burócratas adictos a la
paga sangrienta.
Se habría visto igualmente ante dificultades muy superiores, tal vez insuperables, si no hubiera dispuesto del apoyo político y material de los gobernantes estadounidenses, que le proporcionaron todos los medios necesarios para montarse un golpe de Estado prêt-à-porter. He dicho estadounidenses, pero sólo por abreviar: de ese campo formó parte también la España que le vendió material antidisturbios para que controlara a un pueblo que no terminaba de ser díscolo. Y el Reino Unido que lo protegió hasta el tramo final de su existencia.
En fin, resulta no menos indudable que sus designios tampoco habrían tenido ninguna posibilidad de éxito de no gozar del abundante respaldo político y económico del capitalismo chileno de alto standing y de no descansar en el amplio colchón social que suelen conferir a los dictadores las clases medias, atemorizadas por los cambios sociales impulsados por el común del vecindario.
Por decirlo de otro modo: el pinochetismo respondió al sentir y a los intereses de una parte (sin duda minoritaria, pero muy amplia) de la sociedad chilena. En razón de ello, no basta con que Pinochet haya desaparecido, fulminado por un rayo demorado, para que pueda darse por enterrado el pinochetismo en tanto que fenómeno político-social. Su reserva espiritual pervive, y de ello dan testimonio todas esas plañideras enjoyadas que se exhiben ante las cámaras de televisión para mostrar al mundo todo el dolor que les produce la desaparición del carnicero.
Todo esto a mí me resulta casi obvio, pero no parece que le suceda lo mismo a la mayoría de los medios de comunicación, a juzgar por la insistencia con la que hablan de la gran importancia, no ya sentimental y simbólica, sino política, que tiene la muerte del general.
Pinochet fue sólo un peón en el juego del capitalismo internacional, que cumplió una función relevante cuando ese enorme entramado de intereses creyó ver en peligro su dominación en una parte del mundo que en aquel momento tenía no sólo su peso específico, nada desdeñable, sino también un muy trascendental valor simbólico, deducido del hecho de que allí el pueblo se estaba enfrentando a la oligarquía no con las armas, sino con las urnas. Había que acabar con eso «como fuera» –el entonces embajador de los EUA en Santiago de Chile ha contado que oyó tanto a Richard Nixon como a Henry Kissinger utilizar esa expresión: «¡Como sea!»– y los poderosos militares que encabezaba Pinochet resultaron que ni pintiparados para poner en práctica ese designio.
Pasados los años, reducido a escombros el movimiento popular, aterrorizada la juventud rebelde de los setenta por la brutalidad de la represión, empujada buena parte de la nueva juventud al conformismo y al sálvese quien pueda, encauzada la economía chilena mediante a los dogmas neoliberales del Fondo Monetario Internacional, Pinochet no sólo dejó de serles necesario, sino que se convirtió incluso en un obstáculo engorroso para la limpieza de fachada que precisaba el Estado chileno.
No faltan los que dicen
ahora que el pinochetismo cayó ante los embates de la democracia. Cayó,
primera y principalmente, porque ya no convenía a quienes lo habían
promovido. Ahí siguen, de todos modos, los nostálgicos del pinochetismo, por
si volvieran a hacerles falta.
Ese tipo de gente, una vez que consigue que el pueblo vote sin salirse de madre, se convierte en «demócrata de toda la vida».
Dicho lo cual, no seré yo quien niegue que el mejor dictador es el dictador muerto.
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Nota.– Alguna vez ya he hecho referencia al poema que el cubano Nicolás Guillén escribió cuando se enteró de la muerte del senador estadounidense Eugene McCarthy, cabecilla de la caza de brujas que se desató en los EUA durante los años 50 en contra de la intelectualidad progresista, acusada de ser comunista o respaldar a los comunistas. Guillén tituló su poema Pequeña elegía grotesca en la muerte del senador McCarthy y, como supongo que puede expresar muy bien los sentimientos que muchos albergamos hoy tras la muerte de Pinochet, lo copio aquí. Decía:| He
aquí al senador McCarthy muerto en su cama de muerte, flanqueado por cuatro monos; he aquí al senador McMono, muerto en su cama de Carthy flanqueado por cuatro buitres; he aquí al senador McBuitre muerto en su cama de mono, flanqueado por cuatro yeguas; he aquí al senador McYegua, muerto en su cama de buitre, flanqueado por cuatro ranas: McCarthy Carthy. He aquí al
senador McDogo, He aquí al
senador McBomba, He aquí al
senador McCarthy,
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