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Pinochet al cajón,
por fascista y por ladrón
José Luis Pitarch
Turia
20 de Diciembre de
2006
Los más altos jueces chilenos jugaron sucio, alargando cuanto pudieron
los procesos contra Pinochet (en lo sucesivo el Pinocho,
por lo mendaz) a ver si se moría entretanto. Porque tenían manos y conciencia
sucias, de muchas actuaciones, en dos décadas casi de dictadura. Es una de las
mayores canalladas de éstas: contaminar a los servidores del Estado, convirtiéndolos
en siervos o cómplices de torturas, asesinatos, lesa humanidad: jueces, policías,
militares… Por su parte, los políticos chilenos, desde Aylwin, tampoco han
hecho completamente sus deberes democráticos, no se han atrevido a lo que en
Argentina, anular las leyes de punto final
que protegían los delitos más atroces que cometerse puedan, los de terrorismo
de Estado. Es curioso que, en esto, los políticos chilenos imiten no a los
argentinos, sino a los españoles. Incluso van ganando tiempo también, los
nuestros, a ver si se mueren de una vez todos los guerrilleros antifascistas (maquis), en vez de rehabilitarlos como en toda Europa, del este y
del oeste.
Lo peor es que en Chile sigue habiendo miedo, señala la viuda de Carmelo
Soria. Aquí menos, pero Manuel Rivas cuenta
que, al producirse el “pronunciamiento” sevillano del general Mena Aguado,
hace once meses, unas víctimas de represión franquista con quienes tenía
cita, por recoger sus testimonios, le dijeron que lo dejaban. En fin, en Chile
es peor: los milicos controlan la
policía, como con Franco, y otros grandes resortes del Estado. Nada más morir
el Pinocho, en los cuarteles que les
dio la gana pusieron bandera a media asta, desafiando a la ministra de Defensa y
al Gobierno. Y el nietito Augusto, de uniforme, los insulta. Aquí, ya decimos,
no pasa eso, mas lo que hicimos con los verdugos chilenos, desde la Audiencia
Nacional, no somos capaces de realizarlo con los terroristas de Estado españoles.
Pinochet era un cretino que convocó un plebiscito sobre él mismo,
seguro de ganarlo, y lo perdió, caso sólo igual entre los dictadores
uruguayos. Y, aparte de taimado y ensoberbecido, era un vulgar mangui,
como toda su familia, repletos de cuentas ocultas, a lo fabra. Roban al pueblo e
intentan defraudar a las víctimas muertas y torturadas, a las que han de
indemnizar. De no haber muerto Pinocho,
pudo terminar como Al Capone: condenado, si no por sus asesinatos, por ladrón.
El 11 de septiembre que el citado estuvo preso en U.K., un puñadito de
valencianos estuvimos allí, gritando y cantando hasta enronquecer junto a su
casa-prisión de lujo, al lado de cientos de chilenos llegados de toda Europa.
Como todos los septiembres desde 1.973, olía a Chile, pero esta vez no con olor
amargo. Luego, los infames Straw y Blair lo dejaron libre, por demencia senil,
émulos de la bruja Thatcher, por no decir de Nixon. Cuatro años después, el
digno juez Guzmán declaró su “notoria lucidez”. Gracias, Guzmán, gracias,
Garcés, gracias, Miravet, gracias, Llidó.