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La
noticia más desagradable del año
Sami Nair
La Nueva España 25 de Diciembre de 2006
Con
la continuación de la destrucción de Irak provocada por los Estados Unidos, la
guerra de invasión de los israelíes en Líbano y la construcción de muros por
doquier en el planeta para protegerse de las migraciones ilegales, el año 2006
ha sido uno de los más feos de estas últimas décadas. Pero para colmo, nos
llegó lo inimaginable: la muerte del dictador chileno, Augusto Pinochet, en su
cama y sin juicio. A los 91 años. Y después de 17 de dictadura despiadada
(1973-1990), más de 3.000 muertos, la expulsión del país de centenares de
miles de ciudadanos, la represión sistemática de los movimientos sociales, las
torturas en las cárceles, la difusión de una ideología de poder radicalmente
contraria a los valores de la civilización y tantas otras cosas.
Después de haber dejado el poder, el dictador se hizo nombrar senador vitalicio
y vivió bien, hasta que la justicia británica lo detuvo después de varios
pleitos internacionales por los asesinatos de extranjeros que cometió. El juez
Baltasar Garzón intento de ponerlo en manos de la justicia internacional, pero
la cobardía y la complicidad de algunos gobiernos europeos hicieron que el
asesino se escapara de la justicia.
Ha muerto el dictador el 10 de diciembre de 2006. Si la justicia de los humanos
falló en su caso, la de los símbolos intervino: era el «Día internacional de
los derechos humanos».
Es poco consolador, pero podemos pensar que todas las víctimas de las
dictaduras y de la locura del poder despótico brindaron ese día en honor de su
propia memoria.
«Ninguna hoja puede moverse en este país sin que yo lo sepa', dijo Pinochet el
día de su elección como senador vitalicio. Era su filosofía de poder. Organizó
el golpe de Estado en contra de Salvador Allende, que confió en él. Lo hizo
con la complicidad de los generales de los ejércitos de la Marina y el Aire, y
después se volvió contra ellos, tramando un segundo golpe de Estado para
conseguir todo el poder, solo y potente.
Los únicos que no tuvieron que lamentarse de sus servicios fueron los
norteamericanos, y en especial la CIA y el señor (otro criminal de guerra en
libertad) Henry Kissinger, auténtico cerebro del golpe de Estado de Pinochet y,
por supuesto, premio Nobel de la PazÉ Para ellos trabajó con servilismo; en
contra de su pueblo, con dureza.
Pinochet era la encarnación de lo malo. Políticamente, porque defendía los
intereses de los más ricos y de la aristocracia chilena con matanzas y
torturas, violando los códigos más elementales de la justicia humana. Y
personalmente era peligrosamente cruel: traidor, reaccionario, arribista. Es así
que sus propios colegas (sobre todo su cómplice, el general del Ejército del
Aire Gustavo Leigh) lo definían. Es que Pinochet, tanto como Hitler o Stalin,
era un dictador surgido de capas sociales tradicionalmente habitadas por un frenético
deseo de reconocimiento social y de revancha personal. Era un «huaso»
acomplejado -nombre que la oligarquía chilena otorga a los campesinos que
desprecia pero que utiliza para hacer el trabajo sucio, antes de echarlos-.
La cuestión más difícil de contestar es saber porqué Salvador Allende confió
en él, nombrándole jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra el 23 de
agosto de 1973, unos días antes de que el dictador lo asesinara. No hay
respuesta definitiva, pero unos aseguran que por parte del Presidente democráticamente
elegido era una señal dirigida a los Estados Unidos, para darle a entender que
no iba a ser desbordado por el ala revolucionaria de los movimientos que lo
apoyaban. Nadie lo sabrá. Lo seguro es que ni Pinochet ni los americanos
perdonaron las reformas sociales que Allende hizo, y menos aún el ejemplo que
estaba dando al resto de los latinoamericanos, haciendo de una resolución
reformista algo posible y creíble, sin derramamiento de sangre. El golpe de
Estado chileno desencadenó una serie de golpes militares en todas partes en América
del Sur y obligaron a los movimientos sociales a recurrir, a menudo, a la lucha
armada. No fue precisamente una buena época para el continente.
La única persona que, al saber de la muerte del dictador, se declaró «profundamente
entristecida» fue, obviamente, la señora Thatcher. Sin sorpresa. También ella
tenía algo de pinochetismo en su práctica política: siempre elegía la
confrontación, la fuerza, los golpes duros para hacer avanzar su
contrarrevolución ultraliberal. Los chilenos intentaron con Allende construir
un sistema social que hacía del capitalismo un vector de desarrollo un poco más
humano para la mayoría de la población, con unas políticas sociales más o
menos comparables a las que en Europa defiende el sistema socialdemócrata. La
Thatcher hizo lo mismo que su amigo Pinochet: destruyó el sistema socialdemócrata
en Gran Bretaña. Se puede entonces entender el porqué de su «tristeza»
cuando murió el dictador chileno: eran partidarios con la misma firmeza de la
misma política, uno en un país semidesarrollado y la otra en una gran
democracia occidental.
Dos cosas más: primero, es efectivamente triste que Pinochet muriera. Pero no
por las mismas razones que las de la señora Thatcher, sino porque no ha sido
juzgado. Para las víctimas de su crueldad, es un luto imposible; no por
venganza, sino por respeto a la justicia y a los valores de la democracia. En
este caso, la reparación es ante todo ética, psicológica y, sobre todo, pedagógica.
Es la única manera de fortalecer la confianza en las virtudes del estado de
justicia. Segundo, es fácil focalizar la culpa sobre el dictador, aunque lo
merece. La culpa la tienen también los grupos sociales que apoyaron el golpe de
Estado y aplaudieron a los asesinatos de la dictadura. Eso no significa que haya
que perseguir a esos grupos, sino que deben entender que la mejor manera de
hacerse perdonar es respetar la memoria de sus victimas. El reconocimiento del
crimen, la institucionalización de este reconocimiento y su difusión en la
educación pública es la condición sine qua non para la equiparación de los
derechos de todos los ciudadanos, tanto los vencedores como los vencidos. Y
también es la condición del olvido.
Michelle Bachelet, mujer digna, presidenta de Chile, símbolo de respeto de los
derechos humanos, salva hoy la imagen de ese país tan maravilloso y herido.
Pero se puede entender que unos, asqueados por la lentitud de los procedimientos
del Estado de derecho, silban sobre el féretro de Pinochet, porque este hombre
merece, más que otros, ser estigmatizado por sus crímenes y su crueldad.
Sami Naïr, francés de origen argelino, es politólogo y sociólogo.