
Alameda,
5. 2º Izda. Madrid 28014 Teléfono:
91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04
Correo
No
consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
Llamada a la memoria
Arturo Ruiz
www.levante-emv.com 15 de Febrero de 2006
Alguna vez éste
será un país normal, una tierra normal, y todos los sectores sociales y políticos
asumirán como suyo un día como el del pasado sábado, en el que Dénia celebró
los 300 años de aquellas tétricas jornadas en las que un ejército francés
destruyó en nombre de Felipe V la ciudad, abolió sus derechos constitucionales
y dejó con vida apenas a unas decenas de personas. Pero como algunos siguen
peleados con la historia y con la identidad y hacen de esa discrepancia bandera
para obtener beneficio, hubo partidos que se desmarcaron del acto e incluso uno
de ellos, el PP, eligió con dudoso gusto esa misma fecha para recoger firmas en
la calle Campo contra el Estatuto Catalán, a escasos metros del Centro Social
donde tenía lugar la conmemoración de la Guerra de Sucesión. Ellos sabrán:
ya es conocida esa tendencia de los populares a la autoexclusión, a pesar de
que uno entiende que todos los dianenses, más allá de ideologías contemporáneas,
son descendientes directos de espíritu e incluso de sangre de aquel puñado de
familias abocadas a la miseria y a la humillación después de que las tropas
borbónicas arrasaran la villa vella a sangre y fuego en 1708.
Por el contrario, fueron muchos ciudadanos de tendencias políticas y sociales
muy diversas los que ese sábado por la mañana abarrotaron el Centro Social,
frente al gran mural con el retrato del general Basset, el mito del bando
austracista «de mirada clara y con los ojos de la verdad», según lo describió
el propio autor de la obra, Manuel Boix.
Fue un homenaje a la historia con mayúsculas: expertos en el siglo XVIII
analizaron las diferentes causas del conflicto. Por un lado, las políticas, las
más legendarias: el miedo de la corona de Aragón a que el modelo centralista
francés que representaba la candidatura de Felipe V acabara con los fueros; o
la lucha popular contra la aristocracia que venía de la segunda Germania y en
la que había participado el propio Basset; pero también aquellas que
obedecieron a motivos menos altruistas, contextualizadas en la situación
internacional de la época: el miedo inglés a ver a España y Francia bajo el
trono del mismo rey y a que los franceses se hicieran con la hegemonía
comercial en esta parte del Mediterráneo; o el hecho de que cuando el
archiduque Carlos, en 1711, fue nombrado emperador de Alemania, los ingleses
abandonaran a su suerte la resistencia de Cataluña -la de Valencia ya había
quedado vista para sentencia tras la batalla de Almansa y las conquistas de Xàtiva
y Dénia-, pues tampoco querían reeditar la unión de la monarquía española
con el Imperio.
También hubo espacio para la reflexión política, como no podía ser de otra
manera en el momento actual, precisamente cuando se acaba de aprobar un
documento para mejorar el autogobierno que se perdió hace 300 años, el
Estatuto Valenciano, que a muchos no gusta. No obstante, en este sentido, también
hubo mucha prudencia, toda vez que de los tres principales partidos políticos
que gobiernan las instituciones que impulsaron el acto, el PSOE ha aprobado ese
Estatuto mientras que BNV y ERC lo han rechazado. Así que nadie atacó explícitamente
el documento estatutario, si es verdad que tampoco nadie lo alabó: el más crítico,
sin alusiones directas, fue el presidente del Parlamento de Cataluña, Ernest
Benach, quien lamentó que de alguna manera se haya institucionalizado el
secesionismo lingüístico; más comedido, Pau Reig (Bloc), dijo que «todavía
estamos recorriendo camino para recuperar nuestra memoria histórica»; e
incluso la alcaldesa, la socialista Paqui Viciano aludió «a seguir trabajando
por el autogobierno de nuestro pueblo, en paz y libertad».
Y hubo un rabioso llamamiento a la memoria sobre lo que supuso aquella tremenda
derrota y sobre sus protagonistas: porque es imposible aspirar a un futuro
propio si se olvida la historia y a sus víctimas y porque ningún ser humano
que haya vivido en la ciudad que amamos merece abocarse a la tremenda tumba de
ese ladrón que es el tiempo. Memoria más pausada cuando Harmonia del Parnás
interpretó la música barroca que escucharon y compusieron quienes vivieron en
aquella época; y más intensa, cuando la banda de Carles Santos interpretó una
magnífica versión de la Muixaranga; o cuando las «albades» evocaron la música
popular, la de la calle, la de artesanos, obreros y campesinos de aquella villa
vella agazapada entre sus murallas; o cuando múltiples discursos aludieron a
las heridas que se abrieron entonces y que aún no han cicatrizado, moldeando la
personalidad de un pueblo; o cuando el conseller de Universidades Carles Solà
proclamó al auditorio, «soy de Xàtiva; soy, efectivamente un socarrat» para
aludir después al mito de Basset: «mantener este retrato erguido y que el otro
continúe al revés»; o cuando subieron al escenario los representantes de las
decenas de poblaciones catalanas y valencianas que como Dénia o Xàtiva fueron
también víctimas de esa guerra, pues todo derrotado tiene derecho a
reivindicarse, a que se conozca la otra verdad, la de los vencidos.
Fue una jornada lúcida, en la que Dénia enseñó su mejor espejo y mostró que
cuando se apela a la cultura y a la historia es posible ofrecer al visitante lo
que nos hace distintos y por lo tanto especiales. A mí me hubiera gustado que
también hubiese sido una jornada turística: y haberle dicho al foráneo que
estaba a mi lado, mira, ésta es mi identidad, mi historia, mi cultura, mi
lengua, estos son los sucesos que sufrieron mis antepasados y que aún están
vivos, aún están con nosotros en los mismos escenarios compartidos: la calle
de la Bretxa por donde penetró el invasor o los restos de la villa vella en el
recinto del castillo, donde también yacen desperdigadas las piedras de las
catapultas que dispararon los ejércitos de Felipe V o pueden distinguirse las
muescas de artillería en la torre del Consell. Porque sólo comprendiendo la
historia de los distintos pueblos estos pueden entenderse entre sí: que es a lo
que, ya por la tarde, apeló Lluís Llach en su concierto: «dicen de mí que
soy nacionalista, pero en el fondo si lo soy es porque creo en el
internacionalismo». Una forma diferente de vivir la identidad, la memoria. Para
nosotros. Para los otros.
Porque si la mañana fue de la historia y de las matizaciones políticas, de las
interpretaciones y de los debates, la tarde fue de la calle. Y fue
impresionante. Cuatro mil personas se dieron cita para escuchar a LLach en este
inhóspito paraje urbano que es La Vía, al fin recuperado para un propósito
mejor. Allí, Llach cantó las canciones que forman parte de un imaginario
popular, que son parte de una cultura viva que se ha ido trasmitiendo de
generación en generación y que tuvo su éxtasis en la interpretación de
Campanades a Mort: sobre las voces de la Agrupación Musical Dianense, Llach
proclamó entonces que «los asesinos no tendrán reposo». Era otra forma de
decir que ningún asesinado en ninguna parte del mundo será condenado al
olvido.