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 No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»  

Llamada a la memoria 

Arturo Ruiz 

www.levante-emv.com 15 de Febrero de 2006

Alguna vez éste será un país normal, una tierra normal, y todos los sectores sociales y políticos asumirán como suyo un día como el del pasado sábado, en el que Dénia celebró los 300 años de aquellas tétricas jornadas en las que un ejército francés destruyó en nombre de Felipe V la ciudad, abolió sus derechos constitucionales y dejó con vida apenas a unas decenas de personas. Pero como algunos siguen peleados con la historia y con la identidad y hacen de esa discrepancia bandera para obtener beneficio, hubo partidos que se desmarcaron del acto e incluso uno de ellos, el PP, eligió con dudoso gusto esa misma fecha para recoger firmas en la calle Campo contra el Estatuto Catalán, a escasos metros del Centro Social donde tenía lugar la conmemoración de la Guerra de Sucesión. Ellos sabrán: ya es conocida esa tendencia de los populares a la autoexclusión, a pesar de que uno entiende que todos los dianenses, más allá de ideologías contemporáneas, son descendientes directos de espíritu e incluso de sangre de aquel puñado de familias abocadas a la miseria y a la humillación después de que las tropas borbónicas arrasaran la villa vella a sangre y fuego en 1708.
Por el contrario, fueron muchos ciudadanos de tendencias políticas y sociales muy diversas los que ese sábado por la mañana abarrotaron el Centro Social, frente al gran mural con el retrato del general Basset, el mito del bando austracista «de mirada clara y con los ojos de la verdad», según lo describió el propio autor de la obra, Manuel Boix.
Fue un homenaje a la historia con mayúsculas: expertos en el siglo XVIII analizaron las diferentes causas del conflicto. Por un lado, las políticas, las más legendarias: el miedo de la corona de Aragón a que el modelo centralista francés que representaba la candidatura de Felipe V acabara con los fueros; o la lucha popular contra la aristocracia que venía de la segunda Germania y en la que había participado el propio Basset; pero también aquellas que obedecieron a motivos menos altruistas, contextualizadas en la situación internacional de la época: el miedo inglés a ver a España y Francia bajo el trono del mismo rey y a que los franceses se hicieran con la hegemonía comercial en esta parte del Mediterráneo; o el hecho de que cuando el archiduque Carlos, en 1711, fue nombrado emperador de Alemania, los ingleses abandonaran a su suerte la resistencia de Cataluña -la de Valencia ya había quedado vista para sentencia tras la batalla de Almansa y las conquistas de Xàtiva y Dénia-, pues tampoco querían reeditar la unión de la monarquía española con el Imperio.
También hubo espacio para la reflexión política, como no podía ser de otra manera en el momento actual, precisamente cuando se acaba de aprobar un documento para mejorar el autogobierno que se perdió hace 300 años, el Estatuto Valenciano, que a muchos no gusta. No obstante, en este sentido, también hubo mucha prudencia, toda vez que de los tres principales partidos políticos que gobiernan las instituciones que impulsaron el acto, el PSOE ha aprobado ese Estatuto mientras que BNV y ERC lo han rechazado. Así que nadie atacó explícitamente el documento estatutario, si es verdad que tampoco nadie lo alabó: el más crítico, sin alusiones directas, fue el presidente del Parlamento de Cataluña, Ernest Benach, quien lamentó que de alguna manera se haya institucionalizado el secesionismo lingüístico; más comedido, Pau Reig (Bloc), dijo que «todavía estamos recorriendo camino para recuperar nuestra memoria histórica»; e incluso la alcaldesa, la socialista Paqui Viciano aludió «a seguir trabajando por el autogobierno de nuestro pueblo, en paz y libertad».
Y hubo un rabioso llamamiento a la memoria sobre lo que supuso aquella tremenda derrota y sobre sus protagonistas: porque es imposible aspirar a un futuro propio si se olvida la historia y a sus víctimas y porque ningún ser humano que haya vivido en la ciudad que amamos merece abocarse a la tremenda tumba de ese ladrón que es el tiempo. Memoria más pausada cuando Harmonia del Parnás interpretó la música barroca que escucharon y compusieron quienes vivieron en aquella época; y más intensa, cuando la banda de Carles Santos interpretó una magnífica versión de la Muixaranga; o cuando las «albades» evocaron la música popular, la de la calle, la de artesanos, obreros y campesinos de aquella villa vella agazapada entre sus murallas; o cuando múltiples discursos aludieron a las heridas que se abrieron entonces y que aún no han cicatrizado, moldeando la personalidad de un pueblo; o cuando el conseller de Universidades Carles Solà proclamó al auditorio, «soy de Xàtiva; soy, efectivamente un socarrat» para aludir después al mito de Basset: «mantener este retrato erguido y que el otro continúe al revés»; o cuando subieron al escenario los representantes de las decenas de poblaciones catalanas y valencianas que como Dénia o Xàtiva fueron también víctimas de esa guerra, pues todo derrotado tiene derecho a reivindicarse, a que se conozca la otra verdad, la de los vencidos.
Fue una jornada lúcida, en la que Dénia enseñó su mejor espejo y mostró que cuando se apela a la cultura y a la historia es posible ofrecer al visitante lo que nos hace distintos y por lo tanto especiales. A mí me hubiera gustado que también hubiese sido una jornada turística: y haberle dicho al foráneo que estaba a mi lado, mira, ésta es mi identidad, mi historia, mi cultura, mi lengua, estos son los sucesos que sufrieron mis antepasados y que aún están vivos, aún están con nosotros en los mismos escenarios compartidos: la calle de la Bretxa por donde penetró el invasor o los restos de la villa vella en el recinto del castillo, donde también yacen desperdigadas las piedras de las catapultas que dispararon los ejércitos de Felipe V o pueden distinguirse las muescas de artillería en la torre del Consell. Porque sólo comprendiendo la historia de los distintos pueblos estos pueden entenderse entre sí: que es a lo que, ya por la tarde, apeló Lluís Llach en su concierto: «dicen de mí que soy nacionalista, pero en el fondo si lo soy es porque creo en el internacionalismo». Una forma diferente de vivir la identidad, la memoria. Para nosotros. Para los otros.
Porque si la mañana fue de la historia y de las matizaciones políticas, de las interpretaciones y de los debates, la tarde fue de la calle. Y fue impresionante. Cuatro mil personas se dieron cita para escuchar a LLach en este inhóspito paraje urbano que es La Vía, al fin recuperado para un propósito mejor. Allí, Llach cantó las canciones que forman parte de un imaginario popular, que son parte de una cultura viva que se ha ido trasmitiendo de generación en generación y que tuvo su éxtasis en la interpretación de Campanades a Mort: sobre las voces de la Agrupación Musical Dianense, Llach proclamó entonces que «los asesinos no tendrán reposo». Era otra forma de decir que ningún asesinado en ninguna parte del mundo será condenado al olvido.

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