Hugo Martínez Abarca
Blog III República 20 de Octubre de 2007“El pasado 14 de abril inauguramos la tumba de mi abuelo, republicano fusilado junto a otros casi 400 compañeros. Están divididos en dos fosas: en una los que aceptaron confesión antes de que los asesinasen, en otra los “irredentos”; no sé en cuál está mi abuelo y me da igual.” Esto lo escribió Arturo en un comentario en este blog hace pocos días. Fosas como la de su abuelo las hubo en todos los pueblos que fueron cayendo en manos nacionales desde 1937. La crueldad con la que asesinaron a diestro y siniestro (a siniestro, en general) en todos los lugares en los que iban venciendo era sistemática y programada desde las instituciones de la España victoriosa.
La Iglesia era una parte de la guerra. Ni el Vaticano ni la mayoría de los obispos ocultaron nunca su preferencia por los golpistas. Muchos de ellos empuñaron armas, delataron a inocentes que eran para ellos culpables de ser republicanos, ateos o insuficientemente clericales. La Iglesia tomó posición y los curas eran los profesionales, la cara visible de la Iglesia.
Los sublevados hicieron del genocidio una característica de su dominio: el asesinato era parte del nuevo tipo de gobierno. No hubo en su bando crímenes ocasionales cometidos por incontrolados, sino que los crímenes se organizaban desde el poder como estrategia para fortalecer los cimientos de su victoria (Franco expresó reiteradamente que prefería una guerra larga que acabara definitivamente con los rojos que una victoria rápida y menos sangrienta pero que no librara a España del virus democrático). Pero la atrocidad esencial de un bando no debe evitar que veamos las atrocidades concretas que se produjeron en el interior del otro, por mucho que no vinieran dictadas por las instituciones republicanas. Se pueden encontrar dos salvajadas cometidas en territorio republicano durante la Guerra Civil, las dos sobradamente recordadas y convenientemente exageradas.
La más conocida es la matanza de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. Aunque el episodio no está definitivamente aclarado (hay un estupendo libro al respecto de Ian Gibson), podemos saber algunas cosas: que en Madrid tenían pánico tras conocer la matanza que Yagüe había perpetrado en Badajoz, que parecía inminente la entrada de los franquistas en Madrid y que había un vacío de poder porque se acababa de marchar el Gobierno a Valencia. Ante la posible llegada de los franquistas a Madrid, se decidió trasladar a los presos de la cárcel Modelo de Madrid a Valencia, pero 2.000 de ellos nunca llegaron porque fueron asesinados. Estas víctimas fueron honradas desde el principio, aunque espero que alguno de ellos hubiera preferido que no fueran asesinos, falangistas y ultras quienes se empeñaran en hacer suya su memoria.
El otro caso vergonzoso es la matanza de sacerdotes. La Iglesia fue efectivamente parte de un bando. Tuvieron una actitud vergonzosa y criminal durante la guerra y después, con el régimen de Franco. Para quienes somos ateos, un cura no es demasiado diferente de un abogado: son dos profesiones y matar a un cura no es peor que matar a un abogado. Pero lo que ocurre es que en algunas zonas republicanas no se atacó a los curas concretos que estaban colaborando con el asesinato sistemáticos de inocentes, sino que se aplicó la presunción de culpabilidad a quien se hubiera puesto una sotana alguna vez y esa culpabilidad fue castigada con la muerte. Casos como los vascos, algunos asturianos o algún cura izquierdista convenientemente asesinado por los franquistas (y nunca beatificados, claro) muestran que la generalización, con ser comprensible, era injusta. Desde la lejanía temporal y, sobre todo, en circunstancias que afortunadamente nada tienen que ver con la Guerra, es muy fácil dar lecciones, pero como no tengo más tiempo ni circunstancias que los míos, veo con espanto los crímenes que se cometieron en el interior del bando republicano, del bando democrático, del bando legítimo. Ni un ápice de simetría ni equidistancia, pero tampoco de complacencia acrítica.
Reconozco el derecho de la Iglesia a honrar a sus asesinados: llevan setenta años haciéndolo (pues los curas antifranquistas no son considerados por ellos como sus asesinados) fuera y dentro de España con pleno apoyo institucional. Eso sí, resulta repugnante que honren a esos muertos sin haber hecho el más mínimo ademán de pedir perdón por las complicidades y los crímenes cometidos desde 1936 en adelante. Se sienten plenamente orgullosos de su complicidad con el golpismo, con el fascismo y con la dictadura; y con los crímenes perpetrados.
La institución que bendijo el fusilamiento del abuelo de Arturo y que señaló quién debía estar en la fosa común de los malos y quién en la de los menos malos por haberse confesado no merece ningún respeto cuando recuerda a los suyos y obstaculiza que otros, sus víctimas, homenajeen a los muertos asesinados durante cuarenta años de nacional-catolicismo.