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Jorge M. Reverte
La Nueva España 11 de Agosto de 2007
Este
excelente libro era necesario. Nos referimos a «La batalla del oriente de
Asturias», de Luis Aurelio González Prieto, un libro de historia de próxima
publicación. Un libro necesario por varias razones. Y la primera de ellas es de
justicia: la batalla del oriente de Asturias ha quedado en la historia de la
guerra como un hecho de trascendencia limitada, pese a la importancia que tuvo
en realidad. La resistencia de las tropas leales a la República en Asturias se
convirtió en inútil debido a los fallos generalizados de la estrategia
republicana y, sobre todo, por la auténtica traición de los nacionalistas
vascos a la causa que defendían las tropas del Norte.
La historiografía franquista no fue piadosa con las tropas asturianas. Tampoco
la historiografía nacionalista vasca. Desde luego, por lo que se refiere a las
acciones de la retaguardia. Pero su reconocimiento franquista de que la lucha en
Asturias fue difícil, tremendamente dura, tiende más a exaltar los méritos
propios que las capacidades ajenas. Los audaces asaltos de las brigadas navarras
a las posiciones defendidas por socialistas, anarquistas y comunistas asturianos
están, en sus relatos, repletos de detalles de coraje y sacrificio, lo que no
deja de contener elementos reales, pero olvida que esos asaltos iban precedidos
siempre de una superioridad en armamento, en artillería y en aviación que
dejaba las posiciones defensivas machacadas y repletas de sangre antes de que
los asaltantes se echaran a tomar las trincheras.
La campaña del oriente de Asturias, como ya digo, comienza con una traición,
que es su prólogo. La entrega de los batallones nacionalistas vascos a las
tropas italianas en Santoña. Cuarenta mil combatientes republicanos causaron
baja en la defensa del Norte cuando se consumó la traición. Muchos vascos, es
de decencia recordarlo, de filiación comunista, socialista y anarquista,
permanecieron fieles a la República, pero el grueso del contingente que tuvo
que encarar la resistencia era asturiano.
La defensa del frente oriental estaba condicionada por un hecho: la precariedad
del armamento y la escasez de suministros. No había fusiles para todos los
combatientes, no había apenas artillería, no había aviones. Ningún avión.
El optimismo con que el general franquista afrontaba la ofensiva estaba
justificado. Sus tropas estaban bien dotadas del armamento más moderno de la época.
Buena artillería, sobre todo la aportada por la Legión Cóndor alemana; buenos
aviones de caza y bombardeo, de las últimas generaciones producidas por las
factorías de Italia y Alemania. Y, por supuesto, una tropa aguerrida, sedienta
de victorias después de su arrollador paso por las tierras de Santander.
Sin embargo, el optimismo de los franquistas se vio pronto defraudado por los
hechos. Durante semanas sus tropas repletas de optimismo se toparon con una
resistencia feroz, apoyada en la abrupta geografía de la sierra de Cuera, pero,
sobre todo, en la firmeza de los combatientes republicanos, que se negaban a
ceder terreno pese a los salvajes bombardeos a que eran sometidas sus
posiciones. Cuando un combatiente caía había otro detrás que recogía su
fusil y ponía su pecho ante las balas y la metralla.
Fueron semanas de una épica extraordinaria. Con un resultado final que estaba
cantado, pero que no fue del todo inútil para la causa republicana. Esa
resistencia alargó la posibilidad de la resistencia general del Ejército
popular y se pudo aprovechar para reorganizar y rearmar al Ejército del Centro.
La resistencia asturiana dio un plazo de varias semanas a Rojo para montar su
ofensiva sobre Teruel, lo que impidió la nueva ofensiva de Franco contra
Madrid. Durante varios meses la guerra estuvo sin decidir, porque Asturias
colaboró de una forma fundamental en que la estrategia republicana de resistir
hasta que se desatara la guerra europea estuviera muy cerca de obtener un
resultado positivo.
A Asturias la dejaron sola los nacionalistas vascos y le dio la puntilla la
actitud entreguista de los gobiernos conservadores ingleses, que mantuvieron con
celo la política de no intervención favorecedora en exclusiva de las políticas
alemana e italiana en España.
No fue una resistencia estéril. Por lo menos, no fue una resistencia más estéril
que la de la República en su conjunto. Después de la derrota, muchos de los
hombres que habían defendido el Mazuco continuaron la lucha en el Ebro o en
Cataluña.
En este libro se cuenta aquello con una erudición y una capacidad de análisis
notables. Bienvenido.
Jorge M. Reverte es escritor, novelista y periodista. Entre sus libros de
historia destacan «La batalla del Ebro», «La batalla de Madrid» y «La caída
de Cataluña». Dirigió el programa de TVE «El laberinto español». En la
actualidad está preparando un libro sobre las huelgas de 1962 en Asturias.