Poner (los crímenes) en su contexto
Higinio Polo
Enfrentados
a la evidencia de que el mundo empieza a descrubrir sus mentiras, los
responsables del gobierno norteamericano intentan desviar la atención hacia el
pozo sin fondo de la gigantesca burocracia estadounidense, vistiéndose con los
harapos de una supuesta incompetencia de sus servicios secretos para justificar
la gran mentira servida al mundo de las armas de destrucción masiva, armas que
supuestamente imponían la guerra, una sucia y cruel guerra contra el pueblo
iraquí. Cada nueva declaración surgida desde la Casa Blanca, el Pentágono o
la Secretaría de Estado, muestra que la desfachatez y el cinismo se han
convertido en una segunda piel para los principales miembros del actual gobierno
norteamericano, que no dudan en añadir mentiras sobre mentiras. Tal vez por
eso, Condoleezza Rice, consejera de Seguridad Nacional del presidente
norteamericano, ha salido al paso de las comprometedoras afirmaciones de David
Kay -el agente de la CIA que ha estado dirigiendo durante meses el equipo de
1.400 inspectores que buscan en Iraq las llamadas armas de destrucción masiva,
sin que hayan encontrado nada-diciendo que, después de todo, Sadam Hussein era
"una amenaza" a la que debía hacerse frente.
No fue esa la excusa para iniciar la guerra, y Condoleezza Rice lo sabe. Pero,
enfrentada a la evidencia de las mentiras, no ha encontrado mejor excusa que
afirmar que el espionaje tiene limitaciones y que su actuación antes de la
guerra se debe "poner en su contexto". La Consejera de Seguridad
Nacional no decía nada nuevo y evitaba pronunciarse sobre las mentiras lanzadas
por su gobierno. Buscando desesperadamente argumentos para justificar a
posteriori la guerra, Rice arguyó que el ex presidente iraquí, Sadam Hussein,
había atacado a dos vecinos, que consintió la presencia de terroristas en
Iraq, y que, además, financiaba a otros terroristas en el exterior. La agresión
y la guerra estaban, pues, justificadas.
Sin embargo, para desventura de la inquietante Condoleezza Rice -cuya mirada
advierte sin lugar a dudas que el poder norteamericano no se detiene ante nada,
como demostró tras apoyar en su día la dictadura de Sadam Hussein y la represión
interna-, la Consejera de Seguridad Nacional no advirtió que todavía deben
demostrarse las acusaciones de colaboración de Iraq con el terrorismo, y que
sus propias palabras podrían aplicarse, más aún que a Sadam Hussein, a su
propio país.
Es cierto que Iraq atacó Irán -con la plena connivencia de Washington, por
otro lado- y después Kuwait, pero, ¿acaso ignora Rice cuántos países ha
atacado e invadido Estados Unidos, solamente en la última década? ¿Desconoce
que su gobierno amenaza a algunos de sus vecinos del continente americano, como
Cuba, Venezuela y Colombia, además de a otros países en el resto de
continentes del planeta? ¿No tiene constancia Rice de la presencia de
terroristas en su propio país, cuando durante décadas Washington ha estado
entrenando escudrones de la muerte en la siniestra Escuela de las Américas, y
sus militares siguen utilizando mercenarios y entrenando matarifes dispuestos a
actuar en cualquier lugar? ¿ No recuerda ya los campos de mercenarios abiertos
en Hungría, poco antes del inicio de la invasión de Iraq? ¿Acaso puede
afirmar la consejera de Seguridad Nacional que desconoce la presencia de
terroristas en los Estados Unidos? ¿Precisa acaso que le faciliten nombres de
notorios terroristas que han actuado en diferentes países, como en Cuba, y cuya
acogida en Estados Unidos es del conocimiento público? ¿No le han llegado
noticias de la existencia de organizaciones de mercenarios en su país, que son
contratadas regularmente por el Pentágono y por el Departamento de Estado? ¿Desconoce
también que una empresa de mercenarios sudafricana está realizando trabajos de
protección -¿protegen esos mercenarios a los militares norteamericanos?- y
otros encargos inconfesables y secretos en Iraq?
Condoleezza Rice debería contestar a esas preguntas, y debería explicar de dónde
salía la seguridad de su gobierno lanzando afirmaciones falsas que el mundo
sigue recordando. El 7 de marzo de 2003, por ejemplo, Bush se dirigió por
televisión a la población norteamericana. Con alarmante seriedad, dijo:
"Si las armas de destrucción masiva llegaran a manos de terroristas podrían
ser utilizadas aquí, en nuestro país, y creo que mi misión más importante es
evitarlo." "Iraq no se ha desarmado, ése es un hecho que nadie puede
negar." La propia Condoleezza Rice afirmó una semana después, el 14 de
marzo, que "ha llegado el momento de la verdad". En realidad, el mundo
vivía el tiempo de las mentiras. En vísperas de la invasión de Iraq, el 19 de
marzo de 2003, Bush lanzaba, desde su despacho en la Casa Blanca, un solemne
mensaje a su país y al mundo anunciando la guerra, proclamando: "Todos
comprobarán la decencia de espíritu del Ejército de los Estados Unidos."
Hoy, cuando hasta organizaciones norteamericanas coinciden en calificar como un
exceso de Bush su pretensión de que la invasión de Iraq fue una
"intervención humanitaria", el movimiento por la paz y las
organizaciones e instituciones internacionales deben seguir presionando a sus
gobiernos y a Washington para exigir que Estados Unidos se retire inmediatamente
de Iraq, pague reparaciones de guerra como consecuencia de una invasión
injustificada e ilegal, y que sus dirigentes comparezcan ante el Tribunal Penal
Internacional para responder de la acusación de crímenes de guerra, de la
violación de la legislación internacional y de mentir ante los más altos
organismos internacionales, como el Consejo de Seguridad de la ONU.
Por difícil que pueda parecer, no debe permitirse que los gobernantes
norteamericanos sigan ignorando las acusaciones. Porque Washington pretende
acallar el clamor mundial ante el engaño, ante las mentiras, enterrando en los
callejones burocráticos y en los filantrópicos ordenadores de sus servicios
secretos la responsabilidad de sus gobernantes: es grotesco que Bush diga ahora
que él también quiere conocer la verdad. De manera que ahora no le extrañará
a Rice que la opinión pública mundial ponga también "en su
contexto" la criminal acción del ejército norteamericano, que, entre
otras cosas ha causado decenas de miles de muertos y la práctica destrucción
de un país.
"Todos comprobarán la decencia de espíritu del Ejército de los Estados
Unidos", dijo Bush, y, ahora, en Iraq, están verificando sus palabras: los
civiles son ametrallados en los controles de carreteras, los ciudadanos ven,
impotentes, a soldados que revientan a patadas las puertas de sus casas, las
poblaciones iraquíes son bombardeadas, las operaciones de limpieza
indiscriminadas para acabar con la resistencia causan la destrucción por
doquier, los derechos humanos son ignorados y el futuro de las mujeres es
hipotecado con la imposición de la sharia.
La comisión de crímenes de guerra, el engaño premeditado del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, a través de las afirmaciones falsas de su
secretario de Estado Colin Powell, el bombardeo de poblaciones civiles,
expresamente prohibido por las Convenciones de Ginebra, el asesinato de decenas
de miles de personas, la falta de cumplimiento por parte de Estados Unidos de
sus obligaciones como potencia ocupante, cuyos soldados no garantizan la
seguridad de la población, y su despreocupación ante el hecho de que los iraquíes
no tengan acceso a alimentos suficientes, todo eso, forma parte del contexto, y
Condoleezza Rice lo sabe. El mundo debe poner los crímenes en su contexto.