La saria llega con los blindados estadounidenses

Higinio Polo


Mientras el gobierno de Washington oculta a su propia población los costes humanos y económicos de la ocupación militar de Irak, la situación en Oriente Medio empeora. Según las propias cifras que manejan los medios gubernamentales, los gastos que para los Estados Unidos supone la ocupación de Irak alcanzan ya una cifra de 210 millones de dólares diarios. No hay duda de que, para el presidente Bush, es la pesada carga del hombre blanco. Lejos de haber resuelto los problemas de los ciudadanos iraquíes, la guerra y la ocupación han hecho más difícil su vida diaria, hasta el punto de que, sólo en Bagdad, mueren casi mil personas cada mes como consecuencia del clima de violencia que las tropas estadounidenses contribuyeron a desatar. Desde hace nueve meses, Irak padece una sangrienta ocupación, con enormes costes sociales, aunque la respuesta popular a las tropas invasoras ha forzado a Washington a cambiar sus planes iniciales.

No es casualidad que el gobierno de EEUU haya pedido formalmente a las Naciones Unidas que participen en el proceso que debe culminar, según los planes de Bush, con la transferencia del poder a un nuevo gobierno en junio de 2004: es una consecuencia de la quiebra de los planes trazados en los meses anteriores a la guerra. Ahora, la definición de los plazos, impuestos por el gobernador Bremer al Consejo colaboracionista iraquí, y el cambio de estrategia, no son ajenos a las dificultades para controlar el país y a los costes económicos, junto con las bajas constantes que la resistencia causa a los ocupantes. Así, según los nuevos planes del gobierno norteamericano, las elecciones quedarían relegadas a finales de 2005, casi dos años después de la invasión del país. En la práctica, y a la vista de la evolución política y militar en Afganistán, Washington pretende la consolidación de un poder iraquí dependiente, sin necesidad de realizar una convocatoria de elecciones democráticas, a imagen y semejanza del proceso impulsado en Kabul con la convocatoria de la Loya Jirga, una asamblea de notables que ha devuelto al país a los viejos esquemas medievales.

Según los informes que barajan los organismos de la ONU, nueve meses después del inicio de la guerra casi el 80 por ciento de los ciudadanos iraquíes tiene problemas de acceso a una alimentación suficiente, y la mayoría de la población está sumergida en una pobreza extrema que la ocupación militar no ha hecho sino agravar. Pese a las promesas de Wolfowitz, de Rumsfeld, del administrador colonial Bremer, e incluso del propio presidente Bush sobre la reconstrucción del país, ésta ni tan siquiera se ha iniciado.

A las dificultades cotidianas, al persistente acoso de la resistencia a las tropas ocupantes, se une ahora la insatisfacción de los sectores religiosos chiítas, que exigen elecciones directas para elegir un nuevo gobierno, pretensión que choca con las previsiones de Washington, que prefiere un proceso controlado por notables y caciques locales como una forma de dar a luz un nuevo gobierno, formalmente soberano, que en la práctica convertiría a Irak en un Estado cliente de Washington. En el nuevo plan, el gobierno Bush quiere pasar de un gobierno títere a un gobierno colaboracionista, que se haga cargo de la pesada losa de pacificar el país y que permita el retorno de las tropas norteamericanas, reduciendo así la pesada carga económica y la constante repatriación de cadáveres hacia los aeropuertos de Estados Unidos.

El intento de internacionalizar el conflicto, implicando a la ONU y a nuevos países, como una forma de reducir los costes que para Washington está teniendo la ocupación, ilustra el giro de la política norteamericana, que se ha visto abocada al fracaso, pese a los importantes medios militares con los que cuenta en Irak. La división religiosa entre diferentes sectores sociales del país, el estímulo de los enfrentamientos e incluso el recurso al terrorismo por parte de mercenarios contratados y dirigidos por Washington, puede llevar al país ante el fantasma de la guerra civil, hipótesis que no sería vista con malos ojos por parte de algunos de los sectores más militaristas de la administración norteamericana: el estallido de un conflicto abierto entre la población dejaría en un segundo plano la realidad de la ocupación militar del país, abriendo así la vía para la definitiva internacionalización del conflicto.

Al mismo tiempo, el nuevo escenario y las complejas negociaciones y presiones a las que el gobernador Bremer debe hacer frente, implican que éste debe realizar concesiones a los sectores religiosos chiítas, manteniendo las promesas a los cómplices tradicionales de Washington, como Barzani y Talabani, al tiempo que se intenta desviar el conflicto político hacia el enfrentamiento religioso. Así, el fantasma de la aplicación de la saria en Irak empieza a abrirse paso. La noticia apenas ha tenido eco en la prensa occidental, pero hace apenas unos días el gobierno títere impuesto en Irak decidió cambiar las leyes relacionadas con la familia, sustituyendo la legislación anterior por la aplicación de la ley islámica, la saria. De esa forma se anularía el código civil y se implantaría la ley islámica. La iniciativa, propuesta por los sectores chiítas del Consejo colaboracionista, tendrá consecuencias irreversibles: si hasta ahora, y pese a las limitaciones impuestas por la tradición islámica, las mujeres iraquíes disponían de derechos en el terreno de las herencias, de la guarda de los hijos, del divorcio y del matrimonio y otras cuestiones, la aplicación de la ley islámica cambiaría radicalmente su situación legal.

Así, el código civil sustituido por la ley islámica supondría un enorme retroceso desde una sociedad laica hacia otra en la que la religión gobernaría importantes aspectos de la vida pública y privada, y abriría el camino para que los sectores más rigoristas especulasen con una teocracia similar a la impuesta por la revolución islamista de Jomeini en Irán, pese a todas las diferencias entre los dos países. La saria modelaría una sociedad en la que los hombres podrán tener cuatro esposas, y en la que la voz de la mitad de la población se verá reducida al silencio. No es de extrañar que ya se hayan levantado protestas, dentro de la propia sociedad iraquí, acusando a los norteamericanos de ser cómplices de un intento de reducir a las mujeres a la condición en la que estaban en la Edad Media.

Desenmascaradas las mentiras de Washington, el mundo ha podido comprobar que asistió a un engaño gigantesco. Tras las palabras del jefe de los inspectores de la ONU, Hans Blix, impugnando la versión norteamericana, llegan ahora las del propio jefe de los 1.400 investigadores estadounidenses enviados a Irak, David Kay: al presentar su dimisión, ha reconocido que no han encontrado prueba alguna de la existencia de las armas de destrucción masiva y que, además, cree que no existieron nunca. Tampoco, nueve meses después, se han presentado las pruebas que Colin Powell aseguró poseer, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, sobre la complicidad entre Bagdad y Al-Qaeda. Pese a ello, acumulando mentiras sobre mentiras, Bush no descarta lanzarse a nuevas aventuras, aunque en su propio gobierno se imponga la prudencia, a la vista de las dificultades iraquíes.

Mientras tanto, la dura represión sobre el terreno continúa. Los soldados estadounidenses no se detienen ante ningún obstáculo. "Esta barrera está aquí para su protección: no se acerque ni intente cruzarla, o dispararemos" Esa frase, escrita exclusivamente en inglés, ilustra las alambradas que rodean algunas localidades iraquíes. Expresa la abyecta brutalidad con que Estados Unidos actúa en Irak. Son las viejas palabras coloniales, la expresión de la fuerza y la imposición desvergonzada del odio. También, muestran la dimensión del fracaso de la política belicista de Bush. Mientras lanzaban las promesas falsarias sobre Oriente Medio, anunciando la llegada de la libertad, el final del conflicto palestino, la pacificación de la zona, en realidad, los blindados de Washington estaban alimentando la serpiente terrorista de Ariel Sharon e imponiendo nuevos velos sobre las mujeres iraquíes. Todas las mentiras se vuelven ahora contra los Estados Unidos.

Washington promete la libertad pero envía los blindados, ofrece la prosperidad pero impone la miseria, garantiza elecciones democráticas pero negocia con notables la imposición de un Parlamento falsario, se compromete con los derechos humanos pero pisotea la dignidad de un pueblo, garantiza la paz pero esparce la violencia, ampara la democracia pero trae la saria. La saria, que llega ahora con los blindados estadounidenses.

  Página de inicio