La conjura humanitaria

Higinio Polo
Febrero del 2004.

 

Persuadido por una profunda fe en el porvenir de los Estados Unidos de América, el presidente del gobierno español habló claro hace unos días en Washington, ante el Congreso y el Senado norteamericanos: no hay que ceder ante el terrorismo, afirmó. En Irak, "hicimos lo que teníamos que hacer", aseguró también José María Aznar, ante un escogido auditorio en el que apenas se contaban unas decenas de congresistas, y funcionarios, familiares y hasta turistas recogidos a lazo entre los visitantes del Congreso. No importaba demasiado: la escena se proyectaba al mundo y la conjura humanitaria decidida por los guerreros de Bush, y representada en las islas Azores por el propio presidente de EEUU y por Blair y Aznar hace poco más de un año, era enjuiciada por el presidente español diciendo justo lo que querían oir sus anfitriones: la guerra de Irak era necesaria para salvar al mundo de un peligroso tirano, y Bush debía persistir en su firmeza en la lucha contra el terrorismo.

No se escuchó ni una sola palabra de Aznar sobre las armas de destrucción masiva, ni sobre el sufrimiento del pueblo iraquí, ni sobre la deliberada destrucción de un país, ni sobre las ignominiosas matanzas realizadas por los soldados norteamericanos, ni sobre los infames bombardeos lanzados sobre la población civil. Allí, en el Congreso de los Estados Unidos de América, no se habían congregado para eso. Los congresistas reunidos, acompañados por Dick Cheney y Colin Powell, que escuchaban a Aznar, sabían que las más eficaces armas de destrucción masiva fueron las sanciones contra Irak propuestas por Estados Unidos en la ONU, que, con posterioridad, nunca aceptaron anular, pese a los intentos de Francia, de Rusia y de China. Esas sanciones, hay que recordarlo, causaron, en una década siniestra, más de un millón de muertos entre los ciudadanos iraquíes, según coinciden en evaluar todas las agencias y organismos humanitarios. Pero, para Aznar, los gestos humanitarios los había realizado Washington, aunque, mientras hablaba, sabía que, pese a la brutal represión ordenada por el dictador iraquí contra la oposición, y pese a sus agresiones militares, no había sido Sadam Hussin el principal jinete del apocalipsis: estaba en Washington. Lo fue, primero, Clinton; y, después, Bush.

A su vuelta de los Estados Unidos, el presidente del gobierno español, mostrando un cinismo escalofriante, continuó defendiendo la ocupación imperialista, repitiendo impertérrito las mentiras de ayer, al igual que los más significados miembros de su gobierno. A la vista del escandaloso fraude de las armas de destrucción masiva, alguno de sus críticos más compasivos ha argumentado que tal vez el gobierno español decidió intervenir en la guerra de Irak fiándose de las afirmaciones de Bush, aceptando como verdad las mentiras de Washington, igual que después decidió enviar tropas para colaborar en la ocupación del país. Sin embargo, y ateniéndonos a sus propias palabras, asegurando a los ciudadanos españoles que le constaba la existencia de esas armas ("Les estoy diciendo la verdad. El régimen iraquí tiene esas armas", declaró en televisión, ante millones de espectadores), nadie puede creerle. Al parecer, tampoco les importa: siguiendo su ejemplo, el candidato del Partido Popular, Mariano Rajoy, mantenía que la guerra de Irak es un asunto del pasado, y Rodrigo Rato, ministro español de Economía y Finanzas tenía la desfachatez de afirmar que había que pedir cuentas a la ONU, reclamando que la organización examinase por qué supuso que existían esas armas en Irak, algo que la ONU jamás aseguró. Mintiendo desvergonzadamente, Rodrigo Rato mantenía que el gobierno español decidió apoyar la guerra contra Irak "en función de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU", como si el mundo ignorara que nunca el Consejo de Seguridad aprobó una resolución para invadir Irak y que, al contrario, fue la resistencia al chantaje, a las mentiras y a la presión norteamericana sobre los países representados en el Consejo de Seguridad, lo que llevó a Bush a organizar la puesta en escena de la reunión de las islas Azores con Blair y Aznar para iniciar la guerra. Una guerra calificada de ilegal por las propias Naciones Unidas.

Escuchando sus palabras, podría tildarse a los gobernantes españoles de necios, pero son algo peor que eso. En sentido estricto, el necio es la persona ignorante de lo que debe saber, aquel que lleva a cabo accciones con ignorancia o imprudencia. Pero estos cómplices de los criminales de guerra que componen el gobierno norteamericano sabían perfectamente lo que hacían, aunque, para ellos, ningún ciudadano puede pretender que exista relación alguna entre lo que afirmaron los inspectores de las Naciones Unidas y lo que presentan ahora, falsariamente, como una inevitable y forzosa decisión de intervenir en Irak para salvar al mundo de un tirano.

Tampoco habló Aznar en Washington de lo que ocurre en Irak bajo la ocupación. Las tropas estadounidenses están utilizando métodos que ya probaron en anteriores guerras y ocupaciones militares, están recurriendo a su experiencia de la muerte en Vietnam y a sus guiones de contrainsurgencia elaborados en la Escuela de las Américas: entre ellos, el recurso a los secuestros, que explica la frecuente aparición de cadáveres abandonados en las cunetas de las carreteras, convenientemente presentados después como actos protagonizados por la delincuencia común. Pero las mentiras de Washington son difíciles de creer: no deja de ser revelador que en un país ocupado, con decenas de miles de soldados norteamericanos y británicos por todos los rincones del país, los portavoces del Pentágono recurran a la ficción de presentar a delincuentes como responsables de los constantes asesinatos y de los cadáveres que aparecen por todos los rincones del país, en escenas de espanto que recuerdan al destino de los desaparecidos bajo las sanguinarias dictaduras latinoamericanas que fueron apoyadas por Washington.

Pese a los aplausos recibidos en el Congreso norteamericano, Aznar sabe que esa conjura humanitaria con la que se presenta Bush ante el mundo está mostrando el rostro endurecido de unos gobernantes que merecen ser juzgados ante la Corte Penal Internacional por la comisión de crímenes de guerra. Casi un año después del inicio de la guerra y de la ocupación de Irak, los asesinatos se han convertido en algo cotidiano -solamente en Bagdad, algunas fuentes hablan de más de cuarenta muertos diarios-, y los centenares de violaciones de mujeres cometidas por las tropas norteamericanas (denunciadas por la resistencia y por diferentes organismos) son una muestra del verdadero proceder de los ocupantes; a ello, se añade el atropello de la vida de las comunidades civiles, las decenas de miles de prisioneros recluidos en campos de concentración, las torturas en los centros de detención, el apresamiento de niños, el secuestro y desaparición de personas que supuestamente tienen que ver con la resistencia a la ocupación, la penuria, las enfermedades y la falta de agua, y la mentira sistemática y la desinformación a la población mundial. Según indican fuentes periodísticas independientes, decenas de miles de iraquíes han sido detenidos desde el inicio de la ocupación, y puestos en libertad posteriormente: el recurso a las detenciones arbitrarias se ha convertido en una forma más de aterrorizar a la población civil.

Un año después de las grandes manifestaciones por la paz, y en vísperas electorales, los ciudadanos españoles deben preguntarse si, al igual que se exigió en 1990 que Irak se retirara de Kuwait, no hay ahora que exigirle a Estados Unidos que se retire inmediatamente de Irak, que pague reparaciones de guerra, que responda por sus mentiras. Ante la evidencia de que Estados Unidos sigue precisando más soldados para mantener una sanguinaria ocupación, los ciudadanos españoles deben preguntarse también por las decisiones que deberá tomar su nuevo gobierno: ahora que Polonia retrocede, Washington presiona a Corea del Sur, fuerza a España, chantajea a sus aliados de la OTAN, para que colaboren en la ocupación iraquí. Porque si Washington debe dar cuenta de sus actos, también deben hacerlo sus cómplices, esos pobres gobernantes españoles, mentirosos y necios, que, embarcados en una conjura humanitaria, han quedado convertidos en cómplices de los criminales de guerra.


 
Página de inicio