Ese repugnante ejército de ocupación
Higinio Polo
4 de abril de 2004
La revelación de las torturas infligidas por militares norteamericanos a prisioneros de la resistencia iraquí ha horrorizado al mundo, aunque apenas se han mostrado unas pocas escenas de la cárcel bagdadí de Abu Ghraib: las imágenes más espantosas no han sido publicadas por los grandes medios de comunicación, ni mostradas por las grandes cadenas de televisión. Ya conocíamos la actuación de los hombres de Bush: Amnistía Internacional había denunciado que, a lo largo del año transcurrido de ocupación militar norteamericana, "las fuerzas de la coalición han sido responsables de graves violaciones de derechos humanos. Han empleado medios letales excesivos o innecesarios, que han provocado la muerte de civiles. Han recluido a miles de personas sin cargos y en condiciones muy duras. Han torturado y maltratado a los detenidos, y en algunos casos les han provocado la muerte". Esos hipócritas medios de prensa norteamericanos, y el propio gobierno de Bush, que ahora simulan sorprenderse y horrorizarse por esas noticias y esas imágenes que les muestran el carácter de la sucia guerra que han impuesto al pueblo iraquí, conocían las denuncias realizadas por las agencias humanitarias. De hecho, Amnistía Internacional había entregado sus informes tanto a las Naciones Unidas como al gobierno norteamericano.
Pero las fotografías mostradas por la la cadena de televisión CBS no son las únicas que ponen al descubierto el horror. He podido ver otras, en Internet, probablemente realizadas por los propios militares norteamericanos, en la borrachera de su poder, en la convicción de su impunidad. Estoy seguro de que esos militares las hicieron como si fueran una distracción, como si no estuvieran jugando con la vida de seres humanos. Esas fotografías son las que estaban en poder de la CBS, y que el Pentágono intentó ocultar. Todas las imágenes muestran la ferocidad de la máquina de guerra norteamericana, y, por si alguien necesitaba más pruebas, son la comprobación definitiva de la inhumana política de Washington, que busca humillar y aterrorizar a la resistencia iraquí.
No sé cuál de las imágenes es peor. La que muestra a la general Janice Karpinski, sonriente, con un cigarrillo entre los labios, mientras apunta con sus manos (era una broma, dirán ahora) a los testículos de los prisioneros iraquíes, desnudos, a los que han puesto asfixiantes capuchas negras. O esas imágenes en las que los torturadores norteamericanos posan sonrientes, con el dedo pulgar señalando hacia arriba, como si celebraran una victoria, y no estuvieran degradando a seres humanos indefensos. O esas que muestran amasijos formados con los cuerpos desnudos de los prisioneros, unos encima de otros. O las terribles escenas de unos iraquíes caminando, completamente desnudos, por la calle de una ciudad, mirando amedrentados a sus vigilantes, ante el atento examen de los soldados norteamericanos, armados hasta los dientes. O esas otras, en las que se ven a soldados, casi siempre en grupos de tres, violando a una mujer. Hay varias fotografías que lo documentan. En ellas, tres miserables alimañas, tres militares, a veces con los rostros tiznados, están forzando sexualmente a una mujer, o le arrancan las ropas, antes de violarla. Es insoportable esa imagen, en la que uno de los soldados -otra vez son tres- sujeta la cabeza de una mujer, que llora desesperada, mientras otro le pone su sexo en la boca.
Esos pulcros generales del Pentágono no podrán decir ahora que sus muchachos están luchando por la libertad. Porque esos sicarios, esos bravos soldados norteamericanos, son los tipos que iban a llevar la libertad a Iraq: los mercenarios que vemos torturando a los detenidos, asesinando a sangre fría a miembros de la resistencia o a simples ciudadanos, los repugnantes verdugos que ríen mientras violan, los matarifes que contemplan satisfechos los cuerpos tumefactos, envueltos en plástico, de los prisioneros iraquíes. Ahora, en un rasgo más de cinismo, los responsables del Pentágono, y el propio Bush, dicen que no podemos juzgar a todos los militares norteamericanos por lo que han hecho unos pocos, pero es precisamente al revés. El general Mark Kimmit, uno de los más altos jefes militares norteamericanos en Irak, pretende que esas imágenes del infierno son apenas una excepción, pero el mundo sabe que, una vez más, mienten.
No, no es nuevo lo que han hecho. Ni su comportamiento es una excepción. Los militares de Washington hicieron lo mismo en Vietnam, donde llegaron al extremo de planificar la tortura y ofrecer gratificaciones a los verdugos por liquidar más guerrilleros en menos tiempo, en una espantosa competición de la muerte. ¿Creen los generales del Pentágono que el mundo ha olvidado las siniestras jaulas del tigre, donde encerraban a los prisioneros de la guerrilla comunista? ¿Creen que se ha olvidado el hedor a muerte que asoló el sudeste asiático al paso de sus soldados? No sólo mataron. Llenaron de burdeles pueda parte de los países del sur de Asia. Abusaron de niñas indefensas, marcaron de por vida dos generaciones, en Vietnam y en Thailandia, en Camboya y en Filipinas, en Laos y en Indonesia. ¿Acaso creen que ya no se les recuerda en Pattaya o en Bangkok, en Manila o en Saigón, en Yakarta y hasta en Sidney, donde también crearon un imperio de burdeles para que descansaran sus muchachos, sus delicados asesinos? ¿Acaso creen que se han olvidado los inhumanos bombardeos sobre Iraq que causaron miles de muertos? ¿Que ya nadie recuerda el uranio empobrecido con que aterrorizaron a la población iraquí, llenando de tumores, de cáncer, de leucemia, de malformaciones, la frágil vida de los niños iraquíes? ¿Creen ahora que desconocemos la existencia de ese campo de concentración en Guantánamo, que avergüenza al género humano?
Lo mismo hicieron sus asesores en América Latina, enseñando a los siniestros militares golpistas latinoamericanos las técnicas de contrainsurgencia y de tortura, la forma de realizar asesinatos en poco tiempo, de forma limpia. En la Escuela de las Américas entrenaron con celo a sucesivas hornadas de torturadores, de verdugos, de violadores, de asesinos. La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), en Buenos Aires, por ejemplo, donde centenares de personas fueron torturadas y asesinadas por los matarifes del ejército argentino, tenía también sus instructores formados por los norteamericanos: eran hijos de los manuales con que Washington aleccionó a los infames militares que reprimieron a sus propios pueblos. No, las torturas de Iraq no son una excepción: hace mucho tiempo que Estados Unidos estudió la forma más eficaz, más científica, de torturar a los detenidos para despojarles de su dignidad, para arrancarles confesiones, para aterrorizar a sus enemigos.
Ahora, el mundo sabe que, a los bombardeos contra la población civil, a la violación de las Convenciones de Ginebra, al sitio medieval a Faluya, a la infiltración de comandos de mercenarios asesinos para ejecutar a miembros de la resistencia, al recurso al terrorismo, a la colocación de bombas en ciudades iraquíes provocando matanzas -para achacarlas después a la resistencia-, al ametrallamiento de coches civiles en las carreteras, a la utilización de francotiradores asesinos, a todo ese inventario del horror, las tropas de ocupación norteamericanas añaden el vergonzoso e inhumano recurso a la tortura. Mírenlos. Los militares estadounidenses son esos destacamentos de asesinos que asolan Iraq. Ese repugnante ejército de ocupación.