Higinio Polo
29 de marzo 2004.
Ninguna de las razones que Bush adujo para iniciar la guerra en Irak eran ciertas, y el mundo lo sabe. Las armas de destrucción masiva no eran más que un señuelo propagandístico, adornado después con la promesa de acabar con un tirano, Sadam Husein; como si la historia del último medio siglo no evidenciara lo contrario: el apoyo sistemático de los Estados Unidos a todo tipo de regímenes dictatoriales, utilizados como peones de brega en su lucha contra los movimientos populares en todo el planeta y en su enfrentamiento con la Unión Soviética.
Sin embargo, un año después del inicio de la guerra de Irak, esa 'América' soberbia de Rumsfeld se está tornando más comedida. El presidente norteamericano, que ya presentó a su país un nuevo programa de acción, para el que necesita más recursos, teme las consecuencias de la retirada de tropas españolas de Irak, pese a su escasa importancia militar. Esa solicitud de recursos económicos a la comunidad internacional -¡el imperio estadounidense poniendo la mano para recibir ayudas! ¿qué clase de poder imperial es ese que no puede ni pagar sus aventuras exteriores?-, y la evidencia de que su pregonado dominio militar no es tan poderoso como para doblegar al planeta, son rasgos de los que el mundo está tomado nota. La oposición a la guerra, dirigida por los movimientos populares en cuatro continentes, y compartida incluso por los gobiernos de Francia y Alemania, ha encendido las alarmas en los laboratorios belicistas de Washington, preocupados porque, en el enfrentamiento entre el capitalismo norteamericano y europeo, el eje central París-Berlín se haya consolidado e influya en el gran juego de potencias, mientras Moscú y Pekín, debilitado uno, fortaleciéndose a pasos de gigante el otro, siguen definiendo sus propios intereses, en el inicio de un larvado enfrentamiento entre Washington y Londres por un lado y París y Berlín por otro, que, si bien no ha roto todas las viejas complicidades, ha puesto de manifiesto la voluntad del eje central europeo de configurarse como un rival económico y político de los Estados Unidos. Las negociaciones de la fracasada cumbre de Cancún de la OMC revelaron, por un lado, la convergencia de intereses inmediatos entre la Unión Europea y los Estados Unidos en su común propósito de expoliar al resto del planeta, pero, por otro, la divergencia entre sus propios intereses estratégicos, que se expresa en las disputas por espacios comerciales y en su actitud ante el proteccionismo y la apertura de mercados, en los que ambos bloques económicos tienen diferencias sustanciales y objetivos no coincidentes.
Ese discurso del miedo que utiliza el gobierno norteamericano necesita, además, la consolidación de un estado de alarma permanente, y la aparición -autónoma o inducida: ambas pueden servir- de amenazas terroristas que agrupen a la población de EEUU bajo las burdas emociones de los patriotas de la mentira y del poder estadounidense. Y, aunque las condiciones del mundo hayan cambiado, las respuestas a los desafíos del poder imperial siguen un esquema semejante al del pasado. Washington ha desarrollado una eficaz fábrica de mentiras que tiene un patrón de comportamiento similar en la creación de crisis: primero, utiliza la presión diplomática y las declaraciones de destacados miembros del gobierno norteamericano -ayer, Irak o Corea; hoy, Venezuela o Cuba, tal vez Irán-; después, esas manifestaciones son jaleadas y amplificadas por los poderosos instrumentos de desinformación norteamericanos, de tal forma que el mundo asiste atónito al nacimiento de una nueva crisis. Sería abusivo afirmar que todos los conflictos son debidos a la política exterior norteamericana: sin duda, existen factores locales, enfrentamientos nacionales, intereses de otras potencias menores que también actúan en los escenarios internacionales, pero la acción de Washington es determinante para fijar la agenda de la atención informativa internacional y para forzar el trabajo de los organismos de las Naciones Unidas. Y las mentiras que ha escuchado el mundo son abundantes.
Estados Unidos ha hecho uso de la mentira de una forma constante a lo largo del siglo XX. Solamente en las dos últimas décadas, Washington ha alarmado a su población con diferentes amenazas, todas ellas falsas: en 1981, afirmaron que Libia estaba a punto de atacar a Estados Unidos. Dos años después, justificaron la invasión de un pequeño país caribeño como Granada con la falsedad de que la Unión Soviética iba a construir allí instalaciones militares desde donde poder bombardear Estados Unidos. Reagan llegó al extremo de activar todas las alarmas de seguridad por la supuesta amenaza que representaba el gobierno sandinista de Nicaragua, ¡el segundo país más pobre de América, que cuenta con apenas cinco millones de habitantes!
Alarmando a su población y al mundo -con la amenaza soviética, el peligro amarillo representado por la China comunista, las inexistentes armas de destrucción masiva que poseía Iraq, el peligro nuclear norcoreano, o la amenaza terrorista en el mundo, por no hablar de las falsedades sobre la limpieza étnica en la antigua Yugoslavia, la fabricación de pretextos como el del golfo de Tonkín para atacar a Vietnam, y tantas otras mentiras- Estados Unidos persigue la creación de un estado de guerra permamente que le asegure la consolidación de su poder y su dominio sobre grandes territorios del planeta. Sus mentiras están al servicio de un poder criminal, que no duda en saquear los recursos de otros, en condenar a la pobreza a buena parte de la población del planeta, y en recurrir a la guerra si es necesario. Ese es el más peligroso terrorismo que enfrenta hoy el mundo: porque el peor terrorismo es la guerra.
La mentira y la desinformación forman parte del corazón de ese poder que está desafiando al mundo. Porque, pese al falsario orgullo del gobierno estadounidense y de los intelectuales a su servicio ante la existencia en su país de lo que llaman una prensa libre, el pueblo de EEUU es uno de los peor informados del planeta. Apenas conocen lo que interesa al poder. Los ciudadanos norteamericanos nunca supieron, por ejemplo, mientras eran alarmados con los peligros de la supuestas armas de destrucción masiva iraquíes, que, en esos mismos días en que preparaban la guerra contra Irak, en la lejana provincia de Kon Tum, en Vietnam, se habían encontrado 38 cajas, de casi doscientos kilogramos cada una, del gas CS, utilizado por la aviación de EEUU para contaminar el agua potable que abastecía a la población vietnamita: todavía hoy, miles de personas siguen sufriendo las consecuencias de aquel acto criminal. La evidencia empírica de que es su propio país quien más ha utilizado armamento químico, es algo desconocido por la población.
Ahora, el gobierno Bush pide soldados y dinero para continuar la ocupación de Irak, y para consolidar el gobierno títere que pretender nombrar en junio. Es probable que quieran seguir el ejemplo de Israel, que ocupa los territorios palestinos sin tener que responder de las obligaciones de una potencia ocupante: la imprescindible ayuda a los palestinos sojuzgados corre a cargo de los fondos internacionales de la ONU, de la Unión Europea y otros países europeos, y de las agencias humanitarias. Por eso, el cambio electoral en España, y el posible efecto contagioso de la retirada militar española sobre otras tropas estacionadas en Irak -no hay que olvidar las dificultades del gobierno polaco- preocupa en Washington.
Estados Unidos venció militarmente en Irak, ante un pobre ejército que había sido casi desarmado, pero Washington ha sido derrotado políticamente, pese a las apariencias: la humillación de pedir a la ONU y a sus aliados, ayuda para la ocupación de Irak, es una derrota política para Bush, aunque los usos diplomáticos mantengan las apariencias. Dicen los árabes que aquellos que mienten lanzan silbidos de serpiente. Ahora, los soberbios gobernantes estadounidenses quieren ser escuchados, y piden ayuda, pero el mundo apenas oye silbidos de serpiente.