Parece que, mientras se actúe en nombre de la "guerra al terrorismo" los dirigentes
quedan
a salvo de las críticas de los periodistas
El imperativo
de callarse
Robert
Fisk 13-04-2004
The Independent - La Vanguardia
A callar.
Ésa es la nueva línea en política exterior de nuestros superiores. Cuando
el senador Edward Kennedy apodó a Iraq el "Vietnam de George Bush",
el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, le dijo que fuese
"un poco más comedido y cauteloso" en sus comentarios. Recuerdo
que, cuando Estados Unidos dio comienzo a los bombardeos de Afganistán, el
portavoz de la Casa Blanca afirmó que algunos periodistas estaban
"formulando preguntas que el pueblo estadounidense no quería que se
plantearan". Y a principios de los ochenta, cuando me hallaba informando
en un tren militar con destino a Teherán sobre los soldados iraníes que
sacaban de los pulmones el gas mostaza de Saddam a base de toser sangre y
mucosidades, un funcionario del Foreign Office le comunicó a mi entonces
editor de "The Times" que mis despachos no eran "nada útiles".
Dicho de otro modo: deje de criticar a nuestro aliado Saddam.
De modo que esa política debe de estar en uso desde hace ya bastante tiempo.
Cuando las autoridades de la ocupación ocultaron deliberadamente los ataques
contra tropas estadounidenses después del comienzo de la ocupación de Iraq,
el año pasado, a los periodistas que investigaron esa violencia se les dijo
que no estaban cubriendo la imagen general, que sólo pequeñas áreas de Iraq
estaban descontentas. Y el año pasado se oyeron chascar muchas lenguas cuando
unos cuantos decidimos examinar con detenimiento las leyes de prensa del procónsul
estadounidense Paul Bremer. Todo un equipo de abogados de la Autoridad
Provisional de la Coalición (APC) fue enviado para ver cómo se podían
legalizar el cierre y la censura de publicaciones iraquíes que
"incitaban a la violencia". Además, cada vez que planteábamos
preguntas al respecto, el portavoz de la APC ?y también el actual lord de su
séquito, Dan Senor? anunciaba: "No toleraremos la instigación a la
violencia".
Así pues, cuando el propio Bremer cerró la semana pasada el pequeño
semanario de Moqtada Al Sadr ?con una circulación más o menos equivalente a
una cuarta parte de cualquier publicación local? e instigó esa misma
violencia que supuestamente deseaba evitar, ¿qué anunció el alto
comisionado estadounidense? "No lo vamos a tolerar". Uno de los
mayores pecados del periódico fue haber criticado a Paul Bremer por llevar a
Iraq por "la senda de Saddam", un artículo que Paul Bremer condenó
con minuciosos detalles mediante una carta firmada ?en un árabe execrable? al
editor de esa bellaca publicación.
Bien, estoy totalmente en contra de la instigación a la violencia. Igual que
estoy en contra de la instigación a la guerra mediante la utilización de
afirmaciones fraudulentas sobre armas de destrucción masiva y vínculos
secretos con Al Qaeda. Igual que estoy en contra de la utilización del Ejército
de Saddam contra ciudades iraquíes, así como de la utilización del Ejército
estadounidense contra ciudades iraquíes. Y es que no debemos olvidar que
algunos de los peligrosos milicianos de Moqtada Al Sadr combatieron contra
Saddam en la sublevación de 1991, esa que nosotros respaldamos y a la que
luego traicionamos. Saddam, claro está, sabía cómo enfrentarse a la
resistencia. "No toleraremos...", les dijo a sus comandantes. Y
todos sabemos qué significaba eso. No, los estadounidenses no son el Ejército
de Saddam. Sin embargo, es probable que el sitio de Falluja otorgue a la
ciudad una categoría heroica entre las futuras generaciones de iraquíes suníes,
igual que Basora ?asediada por las hordas de Saddam en 1991? la ostenta en la
actualidad entre los iraquíes chiitas.
Aun así, debemos callar. Recuerdo que el otoño pasado el conciliábulo de
neoconservadores de derechas que instaron a la Administración Bush a lanzar
esta guerra se ocultó de pronto. Un columnista del "New York Times"
exigió saber qué era eso del supuesto lobby neoconservador que había tras
Bush y Cheney, los supuestos antiguos partidarios "likudistas" de
Israel. Uno de ellos, Richard Perle, participó conmigo en un programa de
radio hace unas cuantas semanas e insistió en que las cosas estaban mejorando
en Iraq, que íbamos camino de una estupenda pequeña democracia en
Mesopotamia.
En cuanto insinué que aquello era un caso contundente de autoengaño, Perle
repuso que Fisk "siempre ha apoyado la permanencia del régimen baasista".
Mensaje recibido. Cualquiera que condene ese sangriento desastre era
secretamente un "baasista", un adorador del dictador y de sus
torturadores. Hasta en eso han caído ya los halcones de Washington. Por
supuesto, el principio del "a callar" es válido en ambas
direcciones. El 16 de marzo del 2003, cuando el mundo estaba obsesionado con
la guerra que estallaría en Iraq tres días después, tuvo lugar una tragedia
en otro campo de batalla a 800 kilómetros al oeste de Bagdad. Ese día, un
soldado israelí y su comandante arrollaron con una excavadora Caterpillar de
nueve toneladas a una joven activista pacifista estadounidense que se llamaba
Rachel Corrie. Iba desarmada y se la distinguía con toda claridad por la
chaqueta fluorescente mientras intentaba proteger un hogar palestino que los
israelíes pretendían echar abajo. La Caterpillar formaba parte de la ayuda
regular que Estados Unidos envía a Israel. Israel eximió a su Ejército de
toda responsabilidad por la muerte de Rachel ?grabada en vídeo por sus
horrorizados amigos? y la Administración Bush guardó un silencio cobarde.
Elizabeth, la doliente madre de Rachel, ha sido la viva imagen de la dignidad.
Escribió que los ciudadanos estadounidenses "deberían preguntarse cómo
es posible que una ciudadana desarmada de Estados Unidos pueda ser asesinada
impunemente por un soldado de una nación aliada que recibe una ingente
cantidad de ayuda estadounidense... Cuando tres estadounidenses resultaron
muertos, presuntamente a manos de palestinos, en una explosión que tuvo lugar
el 15 de octubre de 2003 ... el FBI acudió a investigar sus muertes en menos
de 24 horas. Después de todo un año, ni el FBI ni ningún equipo enviado por
Estados Unidos ha hecho nada por investigar la muerte de una estadounidense
asesinada a manos de los israelíes". Bueno, la respuesta es que Bush y
su Administración saben cómo callarse cuando les viene bien. Eso es lo que
intentó hacer Condoleezza Rice en un principio, al ser llamada a declarar en
las vistas por el 11-S. Y, gracias a la sumisión ciega de muchos miembros de
los cuerpos de prensa de la Casa Blanca y el Pentágono, la Administración lo
está teniendo fácil. Por ejemplo, ¿por qué no se preguntó en rueda de
prensa por Rachel Corrie? Parece ser que mientras se diga "guerra al
terrorismo", queda uno a salvo de toda crítica.
Ni un solo periodista estadounidense ha investigado la relación entre las
"reglas de combate" del Ejército israelí ?entregadas tan
alegremente a las fuerzas de Estados Unidos por orden de Sharon? y el
comportamiento de los militares estadounidenses en Iraq. La destrucción de
casas de "sospechosos", la detención sistemática de miles de iraquíes
sin ningún juicio, el acordonamiento de aldeas "hostiles" con
alambre de espino, el bombardeo de áreas civiles con helicópteros de combate
Apache y tanques en busca de "terroristas", todo ello forma parte
del vocabulario militar israelí.
En las ciudades sitiadas, cuando empezaba a sufrir bajas o el número de
civiles muertos empezaba a ser demasiado vergonzoso, el Ejército israelí
llamaba a una "suspensión unilateral de las operaciones ofensivas".
Lo hicieron once veces después de asediar Beirut en 1982. Y ayer el Ejército
estadounidense declaró una "suspensión unilateral de las operaciones
ofensivas" alrededor de Falluja.
Ni una palabra sobre este misterioso paralelismo por parte de los reporteros
estadounidenses, ninguna pregunta sobre esa utilización aún más misteriosa
de un lenguaje idéntico. Y en los próximos días descubriremos ?a lo mejor?
cuántos de los 300 muertos estimados en Falluja eran combatientes suníes y
cuántos eran mujeres y niños. Seguir las reglas de Israel conducirá a los
estadounidenses al mismo desastre que les han supuesto esas reglas a los
israelíes. Pero supongo que nos callaremos.
Sospecho que, al final, los iraquíes tendrán una influencia mayor en las
elecciones presidenciales de Estados Unidos que los votantes estadounidenses.
Ellos decidirán si el presidente Bush gana o pierde. Lo mismo podría
sucederle al señor Blair. Qué curioso que un pueblo tan lejano, de tan sólo
26 millones, pueda cambiar nuestra historia política. En cuanto a nosotros,
me parece que se esperará que estemos callados.