Afganistán: ¿libertad entre las ruinas? 

Higinio Polo  3 de Mayo 2004

El Viejo Topo A finales de marzo de 2003, Mirwais Sadiq era asesinado en Herat. Mirwais Sadiq, ministro del gabinete de Hamid Karzai e hijo de uno de los señores de la guerra, Ismail Jan, que ya había combatido contra los soldados soviéticos en los años ochenta, era el tercer ministro asesinado desde que los norteamericanos invadieron el país a finales de 2001. Al parecer, el representante de Hamid Karzai en Herat, Zahir Nayebzada, estaba detrás del asesinato: los enfrentamientos posteriores entre los soldados del presidente impuesto Karzai y las fuerzas de Ismail Jan, fuerte sobre todo entre los tayikos, pusieron en evidencia la división de facto del país en feudos casi medievales, en territorios dominados por los señores de la guerra. Los combates de los días siguientes causaron decenas de muertos. Veinticinco años atrás, allí, en la región de Herat, se había iniciado uno de los focos de la revuelta islamista. 

Sin embargo, pese a sobresaltos como ese, y pese a la relevancia adquirida por Afganistán tras el inicio de la primera guerra preventiva de George W. Bush, el país parece haber pasado a un segundo plano, como Yugoslavia. Olvidados los días de los bombardeos norteamericanos, e instalado en Kabul un régimen dictatorial cliente de Washington, los grandes medios de comunicación mundiales apenas se hacen ya eco de Afganistán, a no ser para dar cuenta de los supuestos avances en la democratización del país, sabiendo que la historia reciente es el resultado de una gran mentira. Los intentos, hace veinticinco años, de crear las estructuras de un país más justo fueron respondidos, desde su inicio, con el terrorismo y la guerra, y sus instigadores fueron Washington, los viejos señores feudales afganos, los siniestros señores de la guerra, los servicios secretos paquistaníes, y una cohorte de gobiernos, como Arabia, que colaboraron en la financiación del terror. --------------------------------------------------------------------------------

 A lo largo de los ochenta años anteriores a la descolonización, el imperio británico había librado tres guerras con los afganos, que culminarían con la independencia del país en 1919, y, siete años después, con el establecimiento de una monarquía. Tras la segunda guerra mundial, el rey Zahir mantuvo buenas relaciones con la URSS, que firmó acuerdos diplomáticos y suministró ayuda económica y técnica a Afganistán. En 1973, Mohammed Daud, sobrino de Zahir, derroca al rey y se proclama la república, sin que la Unión Soviética tenga ninguna implicación en los cambios. La esperanza con que los comunistas (el PDPA, Partido Democrático Popular de Afganistán) reciben la república, se ve defraudada enseguida: Daud inicia una política pronorteamericana, gobierna como un dictador y persigue a la oposición comunista e islamista, represión que afectará duramente al PDPA. Cinco años después, en abril de 1978, cae Daud. 

El asesinato de Mir Akbar Jaybar, uno de los principales dirigentes comunistas desata una ola de protestas que Daud no conseguirá detener. Las manifestaciones en las ciudades, los incidentes con las fuerzas policiales de Daud, la indignación causada por la represión y por los asesinatos llevados a cabo por el régimen, alimentan una revuelta popular que recibe el apoyo de algunos sectores del ejército, donde los comunistas habían conseguido una influencia notable, y del propio PDPA, partido que dirige las protestas contra la dictadura de Maud. 

La versión de la caída de Daud, servida por la propaganda norteamericana, es singular: según Washington, la URSS había decidido intervenir en la política interna afgana, y para ello colabora en la creación de un estado de tensión. De esa forma, y para crear un detonante que estimule la movilización popular, el propio PDPA ¡hace asesinar a uno de sus principales dirigentes, obteniendo así un magnífico pretexto para organizar las protestas! Esa versión norteamericana, todavía esgrimida hoy en círculos políticos derechistas y en medios académicos mal informados, no resiste el menor análisis: los comunistas habían denunciado el asesinato de su dirigente, Mir Akbar Jaybar, como un acto represivo más de Daud, e incluso sospechaban de la implicación de agentes norteamericanos en la preparación del asesinato. No en vano, Daud contaba con la ayuda de la CIA, y no escaseaban precisamente los motivos para combatir la dictadura. 

La fuerza de los comunistas es determinante en la revolución (calificada de golpe de Estado por Washington), y un Consejo revolucionario civil, presidido por Mohammed Taraki, dirigente del PDPA, empieza a gobernar el país, que poco después pasa a denominarse República Democrática de Afganistán. El Consejo revolucionario enfrenta la nueva situación no sin problemas y divisiones: el propio PDPA está constituido por dos corrientes, Jalq (Pueblo) y Parcham (Bandera), que mantienen diferencias sobre el proceso de cambio, a pesar de los esfuerzos que habían desarrollado en los años anteriores los comunistas iraníes, el Tudeh, para acabar con las divisiones internas en el partido afgano. Al mismo tiempo, los diferentes grupos que componen la población -esencialmente: pastunes, mayoritarios, de confesión sunnita; junto a tayikos, uzbekos, y hazaras, la minoría chiíta- y que forman un complejo mosaico social, reciben de manera diversa la política del gobierno comunista: la premura por impulsar las transformaciones socialistas crea incomprensiones y convoca enemigos. 

De hecho, el nuevo gobierno revolucionario de Kabul apenas podrá respirar: desde abril de 1978, cuando se hace cargo del país e inicia una política de reformas progresistas, orientada al establecimiento del socialismo, es combatido sin piedad. La política del gobierno comunista está centrada inicialmente en una reforma agraria -con el propósito de acabar con las viejas estructuras feudales y con la miseria del campesinado-, en una campaña alfabetizadora y de impulso de la educación (más de las tres cuartas partes de los afganos eran analfabetos), y en cambios jurídicos para terminar con la marginación de las mujeres, en una sociedad que había condenado a la mitad de la población a un vergonzoso papel subalterno. En ninguna otra época de la historia del país tendrán las mujeres afganas una presencia pública tan importante -a todos los niveles, desde la universidad hasta la administración- y gozarán de tanta libertad personal como en los años de gobierno comunista. Al mismo tiempo, el nuevo gobierno estrecha lazos con Moscú, con la firma de un tratado de amistad. No obstante, algunos de los cambios impulsados, no exentos de errores de apreciación y de ritmo, levantan oposición, como el empeño de instaurar una educación laica en un país musulmán, o la insistencia en la emancipación de la mujer, así como la defensa del ateísmo comunista, iniciativas todas ellas que chocaron con la mentalidad tradicional de una sociedad religiosa agraria, y que serían recibidas con recelo por una parte de la población, influida por el clero más tradicional. De inmediato, los cambios socialistas fueron denunciados por los islamistas ante la población como la muestra del ateísmo y odio al Islam del gobierno comunista.

 En ese mismo año, 1978, se inicia la guerra civil. El gobierno revolucionario apenas ha podido gobernar tres meses en paz, y ya tiene que enfrentar una guerra. La rebelión es impulsada por los sectores más reaccionarios del país, una coalición de propietarios de tierras, islamistas, monárquicos y el clero musulmán. Desde ese momento, durante casi un cuarto de siglo, el país padecerá la guerra, hasta la caída de los talibán. En una primera etapa, la guerra enfrenta a esos sectores islamistas tradicionales con el gobierno comunista; después, la guerra se internacionaliza, con la llegada de las tropas soviéticas, y con la ayuda de Estados Unidos y Paquistán, entre otros, a los rebeldes islamistas. La Unión Soviética se retira del país en 1989, pero la presión contra el gobierno comunista de Kabul continúa, hasta su caída en 1992: es el momento del triunfo de los señores de la guerra, aquellos islamistas que se habían rebelado tempranamente en 1978. Después, los caudillos se enfrentarán: en Kabul, se combaten entre sí los antiguos aliados Masud y Hekmatyar, ambos financiados por Washington. La ciudad quedará destruida por completo. Después, tras el triunfo de los talibán -surgidos de las oscuras madrasas paquistaníes y crecidos gracias a las redes del ISI, los servicios secretos de Paquistán- la guerra continuará. Finalmente, con el pretexto de los atentados de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos invade el país. Y la guerra continúa. Hasta hoy. 

La llegada de las tropas soviéticas a Afganistán se produce en diciembre de 1979, respondiendo a la petición de ayuda formulada por el gobierno de Kabul, en función del tratado de amistad y cooperación que se había firmado meses atrás. La situación de división en el PDPA es preocupante: Taraki había sido desplazado por Amin, y éste, que será asesinado, por Babrak Karmal. Los soviéticos llegan para colaborar en la lucha contra la insurgencia islamista que ha sido estimulada por los viejos poderes tradicionales del país, por Washington y Paquistán, y por países musulmanes como Arabia. También, para asegurar las fronteras soviéticas de Asia central del contagio islamista, y para aumentar la esfera de influencia de Moscú. La versión tradicional, difundida por la propaganda norteamericana, presentó los hechos como una invasión soviética en su plan para extender el comunismo por el mundo, la persistente amenaza soviética, manteniendo oficialmente que la ayuda norteamericana a los muyahidin se inició a mediados de 1980, seis meses después de la llegada de los soldados soviéticos. Era mentira.

En enero de 1998, Zbigniew Brzezinski, que fue consejero de Seguridad Nacional con el presidente Carter, reconoció al semanario francés Le Nouvel Observateur que, el 3 de julio de 1979, Carter había dado instrucciones precisas para que se facilitase ayuda logística y se proporcionase armamento a los muyahidin que luchaban contra el gobierno prosoviético de Kabul. Según Brzezinski, que contaba con un enorme poder como consejero de Seguridad Nacional, sabían que esa ayuda iba a provocar el envío de soldados por Moscú, para defender a un gobierno aliado. Brzezinski alardeaba en la entrevista de haber organizado así la llamada "trampa afgana", es decir, la organización del reclutamiento de decenas de miles de islamistas en numerosos países musulmanes y la planificación logística de la revuelta de los señores de la guerra, para provocar y arrastrar a Moscú, forzándole a intervenir en Afganistán. Brzezinski declaraba que le dijo al presidente Carter: "Ahora le hemos regalado a Moscú su propia guerra de Vietnam". Las consecuencias posteriores de la creación de aquella siniestra serpiente terrorista de los muyahidin no se contaban entre las preocupaciones de Washington. No terminó ahí la operación: el presidente Reagan, que sustituyó en Washington a Carter, financiará la creación de la red terrorista de Al Qaeda, y miles de millones de dólares, junto con moderno armamento, fluirán hacia los servicios secretos paquistaníes y los muyahidin afganos.

 Paralelamente, los muyahidin hacen un llamamiento a la yihad contra los soldados soviéticos y, desde numerosos países, decenas de miles de voluntarios, reclutados en madrasas, en mezquitas, en barrios miserables y centros coránicos, son trasladados a Afganistán, y pagados por Washington y por los países árabes del petróleo. Sabemos ahora, por ejemplo, que, solamente de Arabia Saudí, fueron enviados quince mil fanáticos combatientes: el rey Fahd enviaba también dinero y, obsequioso, mandaba cada año un barco cargado con dulces dátiles para los muyahidin. Desde Paquistán, se organiza el apoyo logístico, con la supervisión de los servicios secretos paquistaníes y de la CIA norteamericana. Estados Unidos proporciona a los rebeldes islamistas misiles tierra-aire Stinger, que causarán serios daños a los aviones y helicópteros soviéticos. Vincent Cannistraro, jefe de operaciones antiterroristas de la CIA con Reagan, admitió que suministraron unos mil misiles antiaéreos a los muyahidin, que lograron derribar doscientos aviones soviéticos. Grupos de operaciones especiales, asesinos profesionales, como los hombres de la Delta Force norteamericana y de las SAS británicas, entrenan a los muyahidin. Son eficaces y carecen de escrúpulos: matan sin pestañear. 

A lo largo de los primeros años ochenta, el gobierno de Karmal apenas podrá dedicar sus esfuerzos a otra cosa que no sea la guerra contra los siniestros "combatientes de la libertad", como denominó a los muyahidin el presidente norteamericano Reagan. Recurriendo a acciones terroristas, a una política de tierra quemada contra los afganos que apoyaban al gobierno de Kabul, llegando al extremo de pasar a cuchillo a pueblos enteros, degollando a mujeres y niños, o vaciando los ojos de quienes consideraban enemigos y paseando después cubos llenos de ojos humanos por zonas rurales, para aterrorizar a quienes se les oponían. Fanáticos guerreros como Masud o como Abdul Haq (protegido de Robert McFarland, consejero de Seguridad Nacional con Ronald Reagan) queman pueblos, vuelan puentes e infraestructuras, destruyen centrales eléctricas, ponen bombas en los aeropuertos. Entre esos muyahidin hay un árabe llamado Osama Ben Laden, colaborador de la CIA y hombre especialmente frío y sanguinario. Aquellos combatientes islamistas, con licencia para matar y con la bendición de Washington, son asesinos sin escrúpulos, aventureros que afilan sus dientes mientras esperan entrar a las poblaciones para violar a las mujeres, endurecidos religiosos que no dudan en degollar a niños o ancianos. 

Mohammed Najibulá, que sustituye a Karmal como principal dirigente comunista en 1985, intenta una política conciliadora, con concesiones políticas a los islamistas, reconociendo la importancia de la religión en el país, y llega a celebrar negociaciones en Ginebra con los dirigentes rebeldes. Najibulá decreta también una amnistía, impulsa la reforma de la constitución y abre el gobierno a la participación de otros sectores políticos. En abril de 1988, el gobierno de Kabul y los tres países más implicados en el conflicto, la Unión Soviética, Estados Unidos y Paquistán, firman un acuerdo para dejar de suministrar armamento a ambos bandos, y, un mes después, la URSS inicia la retirada de sus soldados. 

En febrero de 1989, no queda ni un solo soldado soviético en Afganistán, y el gobierno de Kabul, dirigido ahora por Najibulá, intenta resistir a la presión de los muyahidin dirigidos por los señores de la guerra, haciendo concesiones a la oposición más moderada y llegando incluso a cambiar la denominación del partido gobernante y a moderar su ideología, en un gesto que se revelará un error político y una concesión inútil. 

En ese momento, la revuelta islamista alentada por Estados Unidos ha causado ya centenares de miles de muertos. Pero Washington no se da por satisfecho: si antes perseguía el debilitamiento de la Unión Soviética y su retirada del país, ahora busca el derrocamiento del gobierno afgano. Así, la CIA y el ISI organizan en Paquistán, en la ciudad de Rawalpindi, una asamblea de todas las organizaciones de muyahidin: de allí surge un gobierno provisional, que estará desde el principio dividido por diferencias políticas y religiosas, pero también por intereses en el gran negocio de la droga, del contrabando y de las millonarias subvenciones norteamericanas. Esas divisiones de los señores de la guerra, que causarán la destrucción del país, llegan hasta hoy, y los recientes enfrentamientos armados de Herat, en marzo de 2003, son un ejemplo elocuente.

 Mientras tanto, la escena internacional había cambiado radicalmente: a finales de 1991, desaparece la Unión Soviética, y el nuevo régimen de Yeltsin será quién dé el golpe de gracia al gobierno de Kabul, dejando de cumplir los compromisos comerciales a los que se había comprometido Moscú y cerrando incluso el envío de petróleo, imprescindible para mantener la operatividad del ejército afgano. Yeltsin, en su papel de hombre de Washington, cumplirá a la perfección los deseos norteamericanos, a veces sin que se lo exijan. Al mismo tiempo, el general Dostum traiciona al gobierno de Kabul y se pasa a las filas islamistas. El fin se acerca. Distintas fuentes estiman que Najibulá disponía de unos cuarenta mil hombres para defender el país de la acometida de los muyahidin afganos, complementados éstos con los miles de mercenarios islamistas apoyados y financiados por Washington y Karachi. En los últimos meses de esa primera fase de la guerra, decenas de miles de refugiados huyen hacia Paquistán, temerosos del nuevo poder muyahidin, aunque la corriente ya se había iniciado tras la partida de los soldados soviéticos: muchos afganos temían por su futuro. El gobierno de Najibulá, que había conseguido resistir el desafío rebelde, apenas podrá aguantar cuatro meses más después de la liquidación de la URSS. Es un servicio más de Yeltsin a Washington. 

En abril de 1992, los señores de la guerra entran finalmente en Kabul, y Najibulá, pese a que se acoge a la protección de las Naciones Unidas, refugiándose en su sede en la capital, es detenido y ahorcado en público por los muyahidin: la ferocidad de los protegidos de Washington se ponía de manifiesto desde el primer momento. Estados Unidos celebra con alborozo la caída de Kabul y se abstiene de condenar el asesinato del presidente Najibulá, mientras que la Comunidad Europea saluda la creación de un gobierno provisional dirigido por Sibghatullah Mojaddedi, haciendo votos para que sea elegido libremente un nuevo gobierno: cuando se pronuncian, esas palabras son ya papel mojado, y Bruselas y Washington lo saben. Los muyahidin, los "luchadores de la libertad", muestran su rostro: tras entrar en Kabul empiezan a quemar en grandes hogueras televisores y radios que incautan en las casas, prohiben la televisión y el fútbol, obligan a las mujeres a llevar el burqa, persiguen con saña a los comunistas, y la mujer afgana, que había conquistado su derecho al voto y conseguido que el velo fuese voluntario, retrocede a una edad media de bandidos y ladrones. Gulbuddin Hekmatyar, uno de los dirigentes muyahidin más vinculados a la CIA, es uno de los artífices de ese rigorismo criminal. Porque, pese a lo que se cree, la feroz política contra las mujeres afganas no se inicia con los talibán, sino con los muyahidin protegidos por Washington. 

Los acuerdos de paz firmados en Islamabad, Paquistán, contemplaban la creación de un nuevo ejército para todo el país, en el que se integraron las fuerzas de los señores de la guerra y algunos sectores del antiguo ejército de Najibulá, incluido el KHAD, los servicios secretos de seguridad. Los señores de la guerra que pasan a controlar el país son: el nuevo presidente, Burhanuddin Rabbani, que había sido nombrado en junio de 1992; el comandante Ahmad Massud (que sería asesinado unos días antes del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, en septiembre de 2001), ambos con arraigo sobre todo entre los tayikos; Alí Mazarí, que dirige a los muyahidin chiítas; los grupos comandados por el traidor general Rashid Dostum, con influencia entre los uzbekos; y Gulbuddin Hekmatyar, un islamista agente de la CIA, apoyado por Paquistán ( y que posteriormente se alejará de sus mentores, por lo que la CIA intentará asesinarlo). La lucha entre ellos se inicia desde el primer momento y las consecuencias de la "batalla de Kabul" serán la práctica destrucción de la ciudad y la continuación de la matanza. A esas alturas, es una evidencia que los muyahidin carecían de un programa político y que apenas estaban unidos por los sucios dólares norteamericanos, por la ambición y por el negocio de la guerra. Las luchas intestinas serán constantes: aparece entonces, en el oeste del país, un territorio controlado por Ismail Jan, uno de los protagonistas de los recientes enfrentamientos en Herat. La ONU intenta mediar en la nueva fase de la guerra, y llega a presentar un plan, que parecía ser aceptado por todos. En ese momento, en 1994, aparecen los talibán. 

La acción de los servicios secretos paquistaníes, el ISI -que había sido instruido por la CIA, con la ayuda de los servicios secretos franceses-, que apoyará el fortalecimiento del ejército de los estudiantes coránicos, los talibán, se realiza, al menos, con la benevolencia de Washington, y ello hace posible un nuevo régimen en Afganistán. No hay que olvidar que el ISI llegó a especular con la creación de un califato islámico en Paquistán. A mediados de 1994, los talibán se habían convertido en un ejército, como consecuencia de los cambios en la política paquistaní y del hartazgo de la población afgana con los muyahidin y sus señores de la guerra. 

Su avance es rápido: en noviembre de 1995, toman Kandahar y, después, en febrero de 1996, Kabul. Se establece así un régimen talibán más siniestro si cabe que el de los señores de la guerra: su rigorismo se expresó en la prohibición de la música y de la televisión, y la radio oficial pasó a denominarse La voz de la sharia. Las mujeres fueron enterradas en vida: son excluidas de las escuelas, los hospitales, obligadas a no trabajar, y forzadas a envolverse en un sudario, el burqa. Las organizaciones clandestinas de mujeres afganas afirman que la única diferencia entre los señores de la guerra y los talibán es la forma de la barba. Sin embargo, la llegada de los talibán no termina con la guerra: Rabbani y otros jefes muyahidin se refugian en el norte del país. Washington se ha desentendido, en parte, de Afganistán: está desarrollando un enorme esfuerzo por ocupar el vacío estratégico dejado por la Unión Soviética y está tomando posiciones en Europa oriental, en el Cáucaso, y en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central. Pero no abandona totalmente: el embajador estadounidense en Paquistán, Munjo, ha entablado en relaciones con los talibán, y, tras la toma de Kabul, la secretaria para Asia central del Departamento de Estado saluda los cambios como "un positivo avance", haciendo abstracción del establecimiento de un siniestro régimen teocrático que, entre otras cosas, entierra a las mujeres en vida. 

Al mismo tiempo, las grandes compañías interesadas por el control de los recursos energéticos de Asia central mueven sus fichas. Empresas norteamericanas, como Unocal (Union Oil Company of California) y Halliburton (empresa que había sido presidida por el actual vicepresidente norteamericano, Cheney) trabajan para conseguir la construcción de un gasoducto desde los yacimientos de Dauletabad hasta el océano Índico, pasando por Afganistán y Paquistán. No sorprende, así, que, en abril de 1998, el embajador norteamericano ante la ONU, Bill Richardson, llegue al Kabul talibán con una misión secreta, probablemente para conseguir la entrega de Ben Laden, que escapa ahora al control de sus antiguos aliados, y para allanar los obstáculos de la construcción del gasoducto. 

En ese momento, el diseño estratégico de Washington considera aceptable dejar el país en manos de los talibán, mientras éstos aseguren la pacificación del territorio y acepten facilitar el trabajo de las grandes corporaciones energéticas norteamericanas. Estados Unidos sacrifica así, en el altar del petróleo, a decenas de miles de mujeres afganas. Después, cuando sus relaciones con los talibán se deterioren, su hipocresía llegará tan lejos que utilizará la terrible situación de las mujeres en Afganistán como una de las justificaciones de su intervención militar. 

Las relaciones de Washington con los talibán se deterioran en agosto de 1998, cuando Washington bombardea supuestas bases terroristas de Al-Qaeda en Afganistán. En respuesta a los atentados contra sus embajadas de Kenia y Tanzania, Washington busca eliminar a Ben Laden, instalado en Afganistán, y el presidente norteamericano Clinton ordena explícitamente su asesinato. Poco después, el régimen talibán enfrenta una seria crisis con el Irán de los ayatolás. Al mismo tiempo, el viejo compromiso norteamericano con los señores de la guerra derrotados explica la emisión de propaganda contraria al régimen del mulá Omar desde el vecino Paquistán, país que reconocía al régimen talibán. A finales de 1998, casi todo el país está en manos de los talibán, cuyo gobierno es reconocido apenas por Arabia y Paquistán, mientras que el presidido por Rabbani mantiene el reconocimiento de la ONU. 

En octubre de 1999, Washington consigue que el Consejo de Seguridad de la ONU exija al gobierno talibán la entrega de Ben Laden y, ante la negativa de Kabul, arranca la imposición de sanciones internacionales. El régimen del mulá Omar que, mientras tanto, se ha convertido en el productor del ochenta por ciento del opio del mundo, inicia contactos con Europa para romper su aislamiento, que parecen dar algún resultado, aunque el rechazo internacional por la destrucción de los Budas de Bamiyán les crea nuevas dificultades. En mayo de 2001, los talibán pretenden cerrar las sedes de la ONU en algunas ciudades afganas, y detienen a varios cooperadores occidentales bajo la acusación de propagar el cristianismo. Poco después, el mundo asiste atónito a la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York.

Aún inmersos en la sorpresa, Washington exige de nuevo a Kabul la entrega de Ben Laden, mientras prepara la invasión del país, y, más secretamente, la guerra contra Iraq, pese a que era evidente la falta de relación y sintonía de Sadam Hussein con el millonario terrorista. El gobierno talibán pide a Ben Laden que abandone Afganistán, mientras los dirigentes religiosos afganos y paquistaníes hacen un llamamiento a la yihad. Los frenéticos preparativos de guerra se acompañan de presiones diplomáticas: Arabia, forzada por Washington, rompe relaciones con Kabul, y Paquistán, aunque las mantiene, acepta poner su espacio aéreo a disposición del ejército norteamericano. La OTAN apoya la acción estadounidense, y Putin, el presidente ruso, acepta también la iniciativa norteamericana. La torpeza de Washington es tal que, inicialmente, Bush califica el ataque de "cruzada", y bautiza la invasión como Justicia Infinita, que posteriormente cambiarán por Libertad duradera. 

Aprovechando la emoción mundial del 11 de septiembre, el aparato propagandístico norteamericano prepara al mundo para la invasión: si bien era conocido por los organismos humanitarios y por la propia ONU que los talibán, como antes los señores de la guerra, se habían aprovechado del mercado del opio, convirtiendo a Afganistán en el primer productor del mundo de heroína, sin que eso preocupase especialmente a Washington, ahora, con los preparativos de la invasión, sirven al mundo constantes noticias sobre las rutas del opio. En realidad, en 1996, los talibán habían prohibido el hachís, pero no el opio, y, aunque el mulá Omar prohibirá su cultivo en el verano de 2000, no desarrollarán un especial celo para hacerlo efectivo. También el FBI colabora en el esfuerzo de guerra: en octubre, sin ofrecer prueba alguna, filtra a la prensa mundial que científicos de la antigua Unión Soviética trabajan para los terroristas: afirman que para Iraq, Irán, e incluso para Al-Qaeda. Era otra mentira más. 

El 24 de septiembre, Washington empieza a desplegar tropas en el norte de Afganistán, en el territorio dominado por la Alianza del Norte, denominación que agrupaba a los antiguos señores de la guerra. Importantes destacamentos norteamericanos se instalan en Uzbekistán, antigua república soviética, convertida en una dictadura gobernada con mano de hierro, para preparar el ataque. Colin Powell, el secretario de Estado, acostumbrado a la mentira, asegura que Estados Unidos no persigue el derrocamiento del régimen talibán. A finales de septiembre, Washington ya ha infiltrado a grupos de asesinos, los comandos especiales Delta Force, en el interior de Afganistán. 

A principios de octubre de 2001, los combates ya se han iniciado, mientras Estados Unidos bombardea el país, haciendo caso omiso de las peticiones de la ONU para que suspendan los bombardeos conta la población civil: el 20 de octubre, un misil destruye un asilo de ancianos, causando la muerte de más de cien personas, y, tres días después, un bombardeo mata a 93 campesinos en la aldea de Shokar, cercana a Kandahar. Igualmente, numerosas víctimas civiles son asesinadas en los bombardeos sobre Herat, Kabul o Kandahar. La delegación de la ONU en Paquistán denuncia la destrucción de un hospital al norte de Herat y el bombardeo de una mezquita en Shader Quala, que causan numerosas víctimas, y el edificio de la Cruz Roja en Kabul es también bombardeado y destruido por completo. Desde Ginebra, el Comité Internacional de la Cruz Roja califica los ataques contra sus edificios como violaciones de la ley humanitaria. El propio Pentágono se ve obligado a reconocer que tres misiles "perdidos" habían causado muertos entre la población civil, y no puede negar las evidencias de la utilización de bombas de racimo. Otra vez, las fuerzas de choque son los muyahidin de la Alianza del Norte, de quienes se ha distanciado Gulbuddin Hikmatyar, que ya ha perdido el favor de la CIA y asiste desde Teherán a los acontecimientos. 

Amparados en la conmoción de los atentados de Nueva York, Estados Unidos consigue una resolución en el Consejo de Seguridad por la que autoriza la creación de un gobierno provisional en Afganistán. Putin, subsidiario de Washington, envía carros de combate para ayudar a las tropas de la Alianza Norte, las mismas que habían combatido a los soldados de Moscú en los años de la Unión Soviética. El 10 de noviembre, Bush interviene por primera vez ante la Asamblea General de la ONU y anuncia que EEUU no sólo busca la destrucción de Al Qaeda y el régimen talibán, sino que su acción se proyectará al futuro. Es una amenaza en toda regla. Para guardar las apariencias, se compromete públicamente a impulsar un nuevo gobierno "que represente a todo el pueblo afgano". Será otra más de sus mentiras. Mientras, los muyahidin avanzan hacia la capital dejando un reguero de muerte, rapiña y destrucción: saquean hasta los cadáveres. El propio Bush, informado de la situación, hace un llamamiento público proclamando su esperanza de que los muyahidin se comporten "respetuosamente". El 13 de noviembre, los muyahidin toman Kabul, y el 7 de diciembre, Kandahar. Hamid Karzai, un terrateniente que mantenía excelentes relaciones con los talibán, que llegaron a proponerlo como embajador en la ONU, es el nuevo dictador que Washington ha preparado para Afganistán. 

Karzai y sus cómplices crean una Guardia Nacional Afgana, con unos doscientos mil soldados, orientada a controlar todo el territorio. Se vende al mundo el inicio de una etapa esperanzadora, y los medios occidentales difunden los cambios: a finales de 2001, la radio vuelve a emitir música y se reinician las emisiones de televisión, y la propaganda norteamericana afirma que las mujeres volverán a participar en las emisiones. Era un feroz sarcasmo: dos décadas de guerra, centenares de miles de muertos, para conseguir, tantos años después, ¡lo que ya poseían las mujeres con el denostado régimen comunista! Con Washington controlando los menores movimientos, desde inicios de 2002, se instalan en Afganistán entre cinco mil y seis mil militares de una misión internacional dirigida por Londres, cuya función debía terminar a mediados del mismo año, con el país pacificado. Ahora, más de dos años después de la caída de los talibán, con el poder ejercido por el títere Karzai, y, en la sombra, por los Estados Unidos, la situación de las mujeres no es mucho mejor, la libertad es una quimera, la reconstrucción del país apenas se ha iniciado y la producción de opio, el gran negocio de la droga, se ha multiplicado. A diferencia del poema de Browning, no había amor entre las ruinas. Washington había prometido libertad. Apenas deja ruinas y mentiras. 

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