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 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

 

 

 

¿Quién manda a callar a Bush?

 

 

Pedro Díaz Arcia

 

Por Esto!  10 de Diciembre de 2007

 “Si no hacemos la guerra, corremos el riesgo de fracasar”.
George W. Bush

Antes de recuperarnos del impacto producido por el desmentido de los servicios de inteligencia estadounidenses a las posiciones apocalípticas de Bush respecto a Irán, nos sorprende el resultado del Instituto de Investigación de Primates en Kioto, Japón, que descubrió que jóvenes chimpancés vencieron repetidamente a adultos humanos en pruebas de memoria a corto plazo.

La validación la pueden hacer con un simple test en la Casa Blanca, sólo necesitan colocar frente al Ejecutivo norteamericano un ábaco y, ponerlo a sumar.

Si les falta el tablero, lo pueden pedir prestado a los rusos, que en eso tienen bastante experiencia.

Autoridades iraníes pidieron disculpas a Bush por el error en cuanto a las actividades nucleares de la nación persa. En tono socarrón, el Presidente dijo a los periodistas: “Pueden escribir en sus libretas que me he burlado”.

Es más factible que Juan Carlos I, rey de España, presente disculpas a Chávez por el incidente de la Cumbre Iberoamericana.

En una ocasión, hace meses, al referirse a sus constantes disparates, el mandatario norteamericano dijo, precisamente a un grupo de periodistas: “Yo mantengo todas las declaraciones equivocadas que hice”.

Por las pistas de Internet revolotea, sin posarse, la “metedura de pata” de Bush. Al respecto, Moscú manifestó que el último informe de la inteligencia norteamericana, refuerza su oposición a los planes de Estados Unidos de aprobar en el Consejo de Seguridad de la ONU una resolución con nuevas sanciones al régimen de Teherán; el embajador chino ante Naciones Unidas, sugirió que el informe impedirá aprobar nuevas sanciones y Ahmadinejad dijo que Irán “no se moverá ni un ápice de su derecho al desarrollo nuclear” civil; mientras, el inquilino de la Casa Blanca está como pez en tarima: los ojos abiertos, pero sin ver.

Sin embargo, David Miliband, jefe del Foreign Office, sacó la cara por la Casa Blanca y declaró, con total impudicia, que “Irán sigue desafiando” a la comunidad internacional.

¿No se disculparán los reyes de la “fiel Albión”, por la inmundicia de su Cancillería?

Por si faltara algo para desbordar la copa, el Ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, acusó el miércoles al Gobierno de Bush de no respetar los compromisos alcanzados con su país sobre el polémico plan estadounidense de instalar un escudo antimisiles en Polonia y República Checa y que representa una amenaza para Rusia.

Según el canciller, las partes habían acordado, de palabra, inspecciones regulares de las instalaciones por parte de militares rusos; pero este vital aspecto es desconocido por la propuesta escrita de Washington.

Ajeno a que el juego se encuentra 12 a cero en su contra, en la novena entrada, Bush no descarta una III Guerra Mundial y, por ese motivo, presiona “esperanzado” para que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe nuevas sanciones contra Irán, con el fin de que el país persa renuncie a continuar obteniendo uranio enriquecido.

Teherán, para poner las últimas banderillas al miura, aseguró que su gobierno está listo para negociar la supervisión de su programa nuclear sobre bases honestas y cooperativas, pero insistió en que no renunciará a esa opción. Es más, anunció un plan para construir 50,000 centrifugadoras para el enriquecimiento de uranio.

Razones o sinrazones no le faltan a Bush, para mantener por encima de la opinión mundial, la opción de la guerra.

El Ejecutivo estadounidense dijo, en una ocasión, una de las pocas frases coherentes que he leído del inculto mandatario y que incita al espanto: “Personas que son realmente muy extrañas pueden asumir posiciones clave y provocar un terrible impacto en la Historia”.

Bush, aunque aprenda a manejar el ábaco, será incapaz de saber que la deuda de su país crece cada día en 1,400 millones de dólares; es una persona “muy extraña”, el jefe de la mayor potencia militar del mundo y quiere y puede provocar un terrible impacto en la Historia.

Por mi parte: “¡Lo he dicho todo y salvado mi alma!”, como escribiera un célebre filósofo revolucionario del siglo XIX.

 

 

 

 

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