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presencia. Juan Carlos «El Rey» |
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PakistánIgnacio Ramonet
La "guerra contra el terrorismo internacional" posterior a los
atentados del 11 de septiembre ha provocado ondas de
inestabilidad en el Próximo y Medio Oriente que no dejan de
convulsionar a nuevos países. Cronológicamente, el último es
Pakistán.
Cincuenta meses después de la toma de Bagdad, el panorama
geopolítico regional resulta desolador. Al atolladero militar
se suma una catarata de desastres diplomáticos. Pero el riesgo
terrorista no se ha reducido, contrariamente al objetivo
declarado de Washington. Ningún conflicto se ha resuelto: ni
el de Israel-Palestina, ni el del Líbano, ni el de Somalia. En
Irak, pese a la presencia de unos 165.000 militares
estadounidenses, las perspectivas parecen siempre igualmente
inciertas. La vida cotidiana sigue siendo un infierno para los
civiles. Se suceden los atentados mortales. Por añadidura, ha
surgido una nueva tensión en la frontera entre Turquía y el
Kurdistán iraquí, donde podrían enfrentarse dos aliados de
Estados Unidos.
Otra paradoja es que las intervenciones estadounidenses han
surtido el efecto de liberar a Irán -"el peor enemigo de
Estados Unidos"- de dos grandes adversarios: el régimen
baasista de Irak, y el de los talibanes en Afganistán. Pocas
veces un rival aportó tantos beneficios a su principal
enemigo... Lo cual ha permitido a Teherán concentrarse en su
programa nuclear, suscitando los peores miedos. Estados Unidos
e Israel amenazan ahora con bombardear las instalaciones
atómicas iraníes. Lo que sumaría caos al gran caos regional, y
acarrearía alzas de precios del petróleo insoportables para
muchas economías.
En Afganistán las fuerzas de la OTAN
están a la defensiva. Estados Unidos tiene destinados allí a
más de quince mil efectivos, y reclama a sus aliados el envío
de tropas suplementarias. Como los talibanes han retomado la
iniciativa, se multiplican los atentados suicidas, y se inc
reme ntan el cultivo de la adormidera y la exportación de
opio. La reconstrucción se demora y las instituciones
"democráticas" se debilitan. Controladas por "señores de la
guerra", las provincias se distancian cada vez más del
Gobierno de Kabul. "Si nos vamos, Hamid Karzai [presidente de
Afganistán] no aguanta ni diez días", admite un diplomático
occidental
[ 1 ]
.
En este contexto político tan inestable,
uno de los apoyos más sólidos del presidente George W. Bush en
la región acaba de fallar en Pakistán. La proclamación del
estado de sitio en Islamabad el pasado 3 de noviembre por el
general Pervez Musharraf es en efecto una grave admisión de su
debilidad, y ha desatado la alerta roja en Washington.
A finales de 2001, bajo la amenaza de
ver a su país vitrificado por un ataque nuclear masivo, según
él mismo refirió, Estados Unidos incorporó apresuradamente al
general Musharraf, ya responsable de un golpe de Estado en
1999, a la guerra contra el régimen de los talibanes y contra
las bases afganas de Al Qaeda. El Gobierno de Bush simulaba no
percibir la contradicción implícita en el hecho de aliarse con
un dictador para "instaurar la democracia" en Afganistán.
Esta alianza otorgaba a Musharraf un
certificado de respetabilidad internacional, como asimismo
11.000 millones de dólares para equipar mejor su ejército y
sus fuerzas de represión. Con 167 millones de habitantes,
Pakistán es el único Estado musulmán que posee un arma atómica
y puede lanzarla a 2.500 kilómetros gracias a misiles de largo
alcance. Estos datos le dan una importancia estratégica tanto
mayor cuanto que está situado dentro del "foco perturbador"
del mundo y en el linde con las crisis afgana, iraní y de
Oriente Próximo.
El terror en Washington y otras
cancillerías es que los islamistas pakistaníes, aliados con
los talibanes, terminen por tomar las riendas del Estado y se
apoderen del arma atómica. Detestado por el poder judicial, el
general Musharraf acaba de silenciar a los principales medios
de comunicación y se ha enfrentado con los principales
partidos de oposición, el de Nawaz Sharif y el de Benazir
Bhutto. Su impopularidad hace de él, pese a las apariencias,
el eslabón débil del sistema político. De manera que el
objetivo de la diplomacia de Estados Unidos es sustituirlo, a
corto o medio plazo. No por la señora Bhutto ni por Sharif,
quienes en el mejor de los casos servirán para operar un
cambio "democrático", sino por otro hombre fuerte, tal vez el
general Ashfaq Kyani. A quien los estadounidenses manejan a su
antojo.
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