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Es
mejor ser consecuentes
Jorge
Gómez Barata
Argenpress
20 de
Noviembre de 2007
Las grandes
conmociones sociales europeas iniciadas por la Revolución Francesa,
seguidas por las revoluciones de 1848 en varios países, las luchas de
independencia en Iberoamerica, las guerras napoleónicas y la
descolonización, fueron arietes que liquidaron el feudalismo.
Se trató de una limpieza de los establos de Augias, mediante la cual la
burguesía y el naciente proletariado europeo suprimieron la costra de
mugre de diez siglos de dominación feudal. La realeza, el estamento
social más retrógrado que ha conocido la historia humana, fue apartada
del poder. Lo que sobrevivió, entre ellos los imperios austro-húngaro,
ruso y otomano fueron suprimidos por las divisiones norteamericanas
enviadas por Woodrow Wilson durante la primera Guerra Mundial para poner
orden en Europa.
Luchando por mantener sus privilegios y su estilo de vida parasitario e inútil,
la nobleza llevó el despotismo y la represión a niveles de un macabro
virtuosismo. Durante siglos, los príncipes y los monarcas, obstaculizaban
la formación de los estados nacionales, impidieron el desarrollo de los
mercados y de los intercambios comerciales. Ninguna elite dominante se
defendió con tanta rudeza y tesón como la nobleza aliada al clero.
No obstante, por diversas razones, entre ellas por el poder y la solvencia
que le otorgaba el saqueo de enormes imperios coloniales, reductos de la
nobleza, convertidas en anacrónicas rémoras feudales, sobrevivieron en
varios países europeos.
En España, en una excepcional coyuntura histórica, el fascismo cerró
filas junto a Franco y los conservadores españoles para derrotar a la República
y, tras 40 años de feroz dictadura, en una increíble paradoja, junto con
la democracia se restableció la monarquía.
Los países iberoamericanos, los sitios donde más duramente se peleó
contra el despotismo de los monarcas ibéricos, asumieron respetuosos la
voluntad de los españoles, alternaron con sus reyes y aceptaron el
extemporáneo protocolo monárquico.
De ese modo, nada menos que México, donde la realeza europea fundó un
imperio y se peleó por la independencia con excepcional rudeza, al
convocar la Primera Cumbre Iberoamericana, una reunión de presidentes,
republicanos, se tuvo la delicadeza de invitar al rey de España.
Aquellos polvos trajeron otros lodos. Al hacer una lectura errónea de las
consideraciones de que era objeto, el rey no sólo tomaba la palabra para
saludos protocolares, sino que pontificaba acerca de como debían o no
hacerse las cosas y conducirse los procesos políticos y en la más
reciente de las citas, inapropiadamente se inmiscuyó en una discusión
entre gobernantes, foro en el que no es competente y ordenó silencio al
presidente de Venezuela como quien regaña a un escolar. .
En honor a la verdad, hasta ahora, el rey se había comportado como un
caballero, aunque chapado a la antigua, correcto y como tal haría muy
bien en tomar la iniciativa para desmontar un entuerto lamentable.
Es falso que las monarquías sean parte de la herencia cultural, que deba
formar parte del presente. Con ese criterio habría que honrar a los
cesares romanos y a los emperadores manchú, a los emires turcos y a
nuestros oligarcas, descartados por los mecanismos de autodefensa mediante
los cuales la cultura se preserva.
De todas maneras, si españoles, belgas y británicos quieren conservar
tales practicas, merecen respeto, mas no hay porque acatar semejantes
anacronismo.
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