|
Alameda, 5. 2º
Izda. Madrid 28014 Teléfono: 91 420 13
88 Fax: 91 420 20 04
|
presencia. Juan Carlos «El Rey» |
|
En Lisboa, a espaldas de los
pueblos, resurrección
de la Constitución Europea
Bernard Cassen *
Le Monde Diplomatique 17 de Diciembre de 2007
No debe ser sometido a la aprobación de los pueblos, a los cuales nunca se les habrá dicho saber tan abiertamente su condición de intrusos y de indeseables en la construcción europea. Al optar por ratificar en el parlamento un texto prácticamente idéntico al que fuera rechazado por referéndum en 2005, Nicolas Sarkozy acrecienta la fractura entre los ciudadanos y el aparato institucional de la Unión Europea, que produce políticas neoliberales que los gobiernos imputan felizmente a una "Europa" cuya legitimidad se ve así minada.
La firma del Tratado de Lisboa, el 13 de diciembre de
2007, por los gobiernos de los veintisiete Estados miembros de la
Unión Europea, pone punto final al período de
"reflexión", así llamado por eufemismo, que siguió al rechazo del
Tratado Constitucional Europeo (TCE) por los
referéndums francés y holandés de la primavera de 2005. Este tratado,
al mismo tiempo que reorganiza las superestructuras institucionales de
la Unión, afianza su naturaleza profundamente
neoliberal y, como una cosa sin duda explica la otra, fue calibrado
para precaverse, según la jerga de Bruselas, contra
cualquier "accidente" de ratificación. Traducción: no
debe ser sometido a la aprobación de los pueblos, a los cuales nunca
se les habrá hecho saber tan abiertamente su condición de intrusos y
de indeseables en la construcción europea.
El nuevo texto, denominado por antífrasis "tratado simplificado"
o "mini tratado" por Nicolas Sarkozy durante
su campaña presidencial, y ahora titulado "Tratado de
Funcionamiento de la Unión Europea" (TFUE) tiene no
menos de 256 páginas que incluyen cerca de 300 modificaciones al
Tratado constitutivo de la Comunidad Europea (Roma, 1957)
y unas sesenta modificaciones al Tratado sobre la
Unión Europea (Maastricht, 1992), doce protocolos y decenas
de declaraciones. En la larga historia de la diplomacia, se ha
visto más "simplificado" y más "mini"...
El carácter casi ilegible de este documento para el común de los
mortales (y, puede imaginarse, para la gran mayoría de sus
representantes) no debe ocultar lo esencial: se trata pura y
simplemente, salvo por algunas disposiciones, de repetir el contenido
del TCE. Por eso, el simple paralelismo de la formas
habría exigido que fuera sometido a los mismos procedimientos de
ratificación. Pero no. El argumento esgrimido por Sarkozy,
durante y después de su campaña, para justificar el rechazo a una
nueva consulta popular es de una enternecedora mala fe: el TCE era una
Constitución, para la cual se imponía un referéndum; ¡el TFUE no es
una constitución, una simple ratificación parlamentaria será
suficiente! Ahora bien, el TCE no era en absoluto una "Constitución"
europea en el sentido jurídico del término; se trataba de un tratado
como los anteriores, como lo afirmó públicamente Jean-Luc Dehaene, ex
primer ministro belga y vicepresidente de la Convención para el Futuro
de Europa, que fue quien redactó la primera versión.
La referencia constitucional era de naturaleza simbólica,
especialmente con el objetivo de "sacralizar" las
políticas europeas vigentes, casi todas de esencia neoliberal, que
figuraban en la parte III del TCE. Es cierto que esta
parte III despareció en cuanto tal, pero su sustancia sigue intacta
porque figura en los dos tratados (de Roma y de Maastricht),
a los cuales el TFUE sólo aporta algunas
modificaciones; y sobre todo, porque esas políticas ya se aplican de
forma cotidiana. Último argumento desarrollado por el
Presidente de la República: las modificaciones introducidas
provocaron consenso. Si tal es el caso, se presenta una ocasión
privilegiada para verificarlo, consultando a los electores. Los temas
consensuales son tan escasos en Francia.
Se habrá adivinado que Sarkozy no cree una sola
palabra de estos camelos. En sus declaraciones a puertas cerradas
durante su reciente visita al Parlamento Europeo, en
Estrasburgo, dio a conocer el fondo de su pensamiento:
"No habrá tratado si se hace un referéndum en Francia, que sería
seguramente seguido de un referéndum en Reino Unido"
(1). Con una circunstancia agravante: "Lo mismo [un voto
negativo, como el voto francés de 2005] se produciría en todos los
Estados miembros si se organizara un referéndum". Así,
por lo menos las cosas están claras, lo que confirma, sin por eso
conmoverse, un cronista del semanario L'Express,
ardiente partidario del nuevo tratado: "La prueba es que
la Unión Europea sólo avanza sin el consentimiento popular. (.) La
Unión le teme a sus pueblos, hasta el punto de que en Lisboa fue
necesario abandonar los 'signos ostensibles', bandera e himno, para
dar extrañas garantías a la opinión" (2). Está todo
dicho.
Un vivero de futuros ministros de "apertura"
Si la construcción europea sólo puede "avanzar" a espaldas de
los pueblos, cuando no en contra de ellos, son sus fundamentos
democráticos -constantemente invocados en todos los tratados- los que
resultan cuestionados. Y no se trata de una cuestión subalterna. Es
una de esas cuestiones en las cuales la forma no sólo prima por sobre
el fondo, sino que constituye en sí misma el fondo; en este caso, la
primacía de la soberanía popular. En este sentido, debería
inquietar fuertemente al conjunto de los responsables políticos e,
incluso más allá, al conjunto de las estructuras de representación de
la sociedad.
Todas las fuerzas y prácticamente todos los dirigentes políticos que
habían preconizado el rechazo al TCE en 2005 están
evidentemente unidos en la demanda de un referéndum para ratificar el
TFUE. La dirección del Partido Socialista
(PS), ávida de tomarse una revancha por ese "no"
donde se vio desaprobada por una parte de sus dirigentes y por la
mayoría de sus electores, ha tomado otra decisión: su mayoría llama a
los representantes electos a votar "sí" al texto que
se presentará en la Asamblea Nacional y en el Senado,
en lugar de luchar por la realización de un referéndum. Cayó así en el
olvido el compromiso incluido en su programa en ese sentido, ¡y
también en la propuesta 98 de la campaña presidencial de
Ségolène Royal! Es demasiado buena la oportunidad de hacer
entrar por la ventana parlamentaria un texto que fue expulsado por la
gran puerta del veredicto popular. Patrick Bloche,
diputado de París, lo dice claramente: "Esta
vez tengo ganas de que el PS piense algo sobre Europa, aun a riesgo de
pensar lo mismo que Sarkozy" (3).
Más arriba hemos visto lo que realmente piensa Sarkozy,
quien así dispone de un vivero ampliado de futuros ministros
de "apertura" que comparten con él el temor -justificado- del
sufragio de los ciudadanos. Por lo menos se pronunció claramente antes
de ser elegido para la presidencia, diciendo que no habría referéndum.
Para la dirección del PS, que había tomado una
posición contraria, "Europa" ¡bien vale renegar de sus promesas! Cabe
interrogarse sobre ese encarnizamiento de un partido a favor de una
forma de construcción europea que quiso desde el primer día ser una
máquina de liberalizar (4), y que luego retomó por su cuenta los
criterios de la globalización neoliberal, especialmente en lo que se
refiere a las relaciones con los países del Sur (5). La elección -con
el patrocinio de Sarkozy- de Dominique Strauss-Khan
para la dirección general del Fondo Monetario Internacional
(FMI), después de la de Pascal Lamy a la
cabeza de la Organización Mundial del Comercio (OMC),
tiene el valor de un test. En lugar de interrogarse sobre el buen
fundamento de esas nominaciones para organizaciones multilaterales
cuyas siglas y políticas son denostadas por la casi totalidad de los
movimientos sociales del planeta, los dirigentes del PS
expresaron su orgullo al ver reconocidas las "competencias"
de dos miembros eminentes de su partido.
Al practicar una fuga hacia delante, consistente en reclamar siempre
"más Europa" (este es el sentido de su compromiso con el "sí") -cuando
"más" de esta Europa significa indefectiblemente más
liberalizaciones, privatizaciones y cuestionamientos a los servicios
públicos-, la mayoría de los dirigentes de la izquierda gubernamental
se prohíben deliberadamente a sí mismos cualquier veleidad de
transformación social y de redistribución de la riqueza aquí y ahora.
Resulta patético verlos correr tras una "Europa social"
que, como un espejismo, cada día desaparece ante ellos.
Titulado con mucho atino "La educación europea",
el artículo de un auténtico liberal de derecha, Claude Imbert,
editorialista de Le Point, lo señala claramente:
"La promesa, machacada por nuestros socialistas, de una 'Europa
social' a la francesa es una fantasía más. Entre nuestros asociados,
nadie la quiere. ¡Ni los conservadores ni los socialistas!" (6).
El mismo Imbert había escrito antes que el
antiliberalismo es "un eslogan por excelencia antieuropeo: en
efecto, la Europa comunitaria es liberal; sus reglas son liberales"
(7).
Resulta audaz calificar como "socialistas" a los
socialdemócratas del Partido Socialista Europeo (PSE)
que, en el Parlamento Europeo, hacen generalmente
causa común con sus "adversarios" del Partido Popular Europeo
(PPE) cuando se trata de liberalizar y de acercarse a Estados
Unidos (8). Si esta Europa es efectivamente, y por naturaleza,
liberal, y si cierra sus instituciones para seguir siéndolo, la
pregunta, que durante mucho tiempo fue tabú, es la de saber cómo
liberarse de ese yugo.
-----------------
* Bernard Cassen.
Director de Le Monde Diplomatique S.A.
Traducción: Lucía Vera
------------------
Notas:
1 Mencionadas en el sitio del diario conservador británico The Daily
Telegraph, y retomadas en el sitio del semanario francés Marianne el
15-11-07 (www.marianne2.fr).
2 Christian Makarian, "Adieu utopie", L'Express, París, 25-10-07.
3 Libération, París, 29-10-07.
4 Véase François Denord, "Dès 1958, la 'réforme' par l'Europe", Le
Monde diplomatique, París, noviembre de 2007; y Anne-Cécile Robert,
"La gauche dans son labyrinthe", Le Monde diplomatique, París, mayo de
2005.
5 Véase Raoul-Marc Jennar, "Acuerdos leoninos impuestos a África", Le
Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero de 2005.
6 Le Point, París, 28-6-07.
7 Le Point, 8-6-06.
8 En su reciente y estimulante obra, Quelle Europe après le non?,
Raoul-Marc Jennar menciona el significativo caso de la diputada
europea socialdemócrata alemana Erika Mann, extremadamente influyente
dentro del PSE, y que preside la Transatlantic Policy Network. Esta
usina de pensamiento agrupa a mucha multinacionales europeas y
estadounidenses, y preconiza una unión cada vez más estrecha con
Estados Unidos. Lógicamente, Mann es miembro del grupo Kangourou, un
foro de parlamentarios partidarios del librecambio y de la libre
circulación de los capitales.
|