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El
juez de la horca
José Antonio Martín Pallín*
| El
Periódico 30
de Diciembre de 2006
La vida y los tiempos del mítico juez Roy Bean transcurrieron en las lindes del río Pecos donde, según algunos, terminaba la civilización. El impacto que tuvo este personaje en la historia y desarrollo de la justicia en Estados Unidos debió de ser muy intenso. El cine lo ha considerado uno de los personajes más emblemáticos del género western. En 1940, el maestro William
Wyler se acercó a su leyenda de juez expeditivo que solucionaba los
conflictos con la soga. Su figura mereció una nueva versión
cinematográfica en 1972 con el título original de The life and times
of judge Roy Bean. La manía española de cambiar el nombre de las
películas la convirtió en un título premonitorio: El juez de la
horca. El ejemplar ciudadano, que en la versión de Wyler,
titulada El Forastero, encarnaba Gary Cooper, consigue
liberarse del fatal e inevitable veredicto, lo que le convierte en el
paladín de los granjeros que soportaban la quema de sus cosechas por los
prepotentes ganaderos de Tejas. |
CABA |
AÑOS MÁS TARDE,la humanidad se ha visto afectada por un ataque de arrogancia del gobernador de Tejas, hoy presidente Bush y comandante en jefe de una guerra de invasión que declaró prematuramente acabada. De forma bienintencionada, los estados trataron de establecer reglas para encauzar la mayor negación del derecho que es la guerra. Seamos realistas y admitamos con resignación que hubo, hay y habrá conflictos armados entre naciones. Seguramente es mejor intentar introducir cuñas de racionalidad en la irracionalidad de todo conflicto bélico.
Los juicios de Núremberg constituyen un antes y un después en el derecho de la guerra. Ya el 29 de julio de 1899 (La Haya) se regularon por convenio las "leyes y costumbres de la guerra terrestre". Con modestia y realismo, los estados contratantes admiten que solo tratan de disminuir los males de la guerra. Los prisioneros deberían ser tratados con humanidad. Fieles a los ideales del pasado, se declara que las rendiciones convenidas entre las partes contratantes deberán ceñirse a las reglas del honor militar, que se suponen superiores a las de los ciudadanos no beligerantes.
Según la más generalizada opinión de los expertos en tradiciones, el
respeto a las reglas del honor militar exigiría que, en caso de condena a
muerte, esta se ejecutase por un pelotón de fusilamiento que
representaría la encarnación del fuego cruzado anteriormente entre
vencedores y vencidos.
En Núremberg no solo se condenó el horror del nazismo. Los vencedores quisieron marcar a los responsables alemanes como hombres indignos del honor de ser pasados por las armas ante un pelotón marcialmente formado y presto a cumplir al unísono la orden de fuego. El mariscal Goering, que no tuvo inconveniente en participar en el diseño de la llamada solución final del caso judío, no pudo soportar tanta ignominia, y se resistió a ser colgado de la soga fatídica. Prefirió ingerir una cápsula de cianuro. Es posible que en el momento de tomar su decisión pensase más en sí mismo que en las víctimas que había originado su demencial política.
Después de los años vuelve el forastero adonde solía. Al frente de una
Administración, al margen y por encima de la sociedad de naciones, invade
Irak y después de un desastre anunciado consigue detener al jefe del
Estado enemigo. Sucede que la sociedad de la imagen juega malas pasadas a
estos impetuosos y desenfadados gobernantes y muestra descarnadamente la
escasa heroicidad de estas hazañas bélicas. La imagen patética de Sadam
Husein saliendo de un agujero recuerda a otras similares de
combatientes japoneses que, pasados más de 30 años del final de la
guerra, sur- gían como fantasmas con el rostro cubierto de vello,
todavía con el miedo en los ojos. Ese personaje, dictador de un Estado
invadido y derrotado, es tratado como un animal. Capturado y sometido a la
visión atónita de personas normales que no podíamos dar crédito a ese
reconocimiento zoológico que practicaron, sin pudor, médicos que
seguramente buscaban la cápsula de cianuro que le podía haber sobrado a Goering.
RESPECTO DEL juicio y sus ceremonias, ya se ha dicho bastante. Al parecer,
no ha sido un modelo de garantías. Sin embargo, no se discute que, en su
mandato, se cometieron actos que merecen el calificativo de crímenes
contra la humanidad.
Que nadie se engañe. Esta ejecución no se acuerda para restaurar la
justicia en Irak: es una exigencia de la potencia ocupante, que sabe, a
estas alturas, que Husein no es el problema. Es un acto para
consumo interno de la política estadounidense y una posible baza para
futuras contiendas electorales. El mensaje es inequívoco: la guerra
tenía su justificación, derrocar a un tirano y colgarlo como un vulgar
cuatrero del oeste americano.
Seguramente no veremos la ejecución (gracias por el detalle), pero no
podemos acallar el grito que surge ante tanta hipocresía. Si los
dirigentes de EEUU creen que la horca va a dar más seguridad a sus
conciudadanos, que sean consecuentes. Trasladen la siniestra trampilla a
las orillas del Pecos e inviten a sus habitantes a la ceremonia. Seguro
que hay algún juez, como Roy Bean, dispuesto a legalizar tan
ejemplar acto de justicia.
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*Magistrado emérito del Tribunal Supremo.