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Destrucción creativa
Arturo Ferrín
4
de Noviembre de 2006
No
me ha pasado desapercibida la
publicación del informe realizado por Nicholas Stern para el premier
británico Tony Blair, al mismo tiempo de la campaña ecológica con la que Al
Gore -ex vicepresidente demócrata de EEUU con Clinton- irrumpe en los medios de
comunicación. Ambas noticias llaman la atención sobre las consecuencias del
cambio climático que sufre el planeta.
Ahora,
cuando estos mensajeros del Poder mundial anuncian su apuesta por una revolución
que mitigue el deterioro del medio ambiente, a un lógico optimismo no se le
ocultan otras inquietudes, aún a riesgo de ser declarado antiecologista y
depredador.
El
primer avance conocido del informe británico sostiene que la humanidad debería
invertir el uno por ciento de su PIB anual durante los próximos años si no
quiere comprometer gravemente su futuro, pues la recesión económica que
provocará el deterioro climático puede ser de proporciones gigantescas. La
economía capitalista ha sostenido su crecimiento durante el último siglo
mediante la inversión en industrias dependientes de energías derivadas
del petróleo, causantes del problema de medio ambiente que los señores Stern y
Gore proponen corregir.
El
austriaco Joseph Alois Schumpeter (1.883-1950), profesor de la Universidad de
Harvard y estudioso del proceso de evolución del capitalismo, determinó su
característica esencial con el concepto de “Destrucción Creadora“. Según
éste, el impulso fundamental que pone y mantiene en movimiento la máquina
capitalista es la inversión industrial que deriva de la innovación. En búsqueda
de una ventaja competitiva, el empresario innovador pone en práctica la
organización de nuevas funciones de producción, es decir distintas
combinaciones de factores, métodos de producción, nuevos mercados o fuentes de
aprovisionamiento y transporte que ocasionan la decadencia de las combinaciones
anteriores. El mercado impone la sustitución de lo viejo por lo nuevo en un
proceso de innovación al que toda empresa tiene que adaptarse para sobrevivir.
Y esto sucede de la manera discontinua en que surgen las innovaciones; “a
saltos” que originan los ciclos económicos.
De
acuerdo con esto, actualmente nos encontramos en fase de auge del ciclo
desarrollado por la revolución tecnológica de la información y las
telecomunicaciones que permitió iniciar la expansión de la zona privilegiada
de la economía mundial a finales del siglo XX. Pero una vez saturados los
mercados, la inversión se resentirá y será preciso estimularla con nuevos
alicientes para la expansión del capital acumulado. Además, la teoría del
ciclo “político” recomienda medidas expansivas, previas a las elecciones,
que promuevan la inversión, el empleo y -ad mayorem Dei gloriae- el optimismo
ciudadano en materia ecológica.
Bienvenidas
sean las intenciones de saneamiento medioambiental patrocinadas desde el corazón
del Imperio (aunque me inclinen a pronosticar la “descolocación” de algún
alto cargo de ONG), si bien me permito apuntar brevemente inquietudes que me
asaltan. Las energías renovables pueden satisfacer sólo en parte las
necesidades de ése crecimiento voraz y desigual, pues la dotación natural de
muchos territorios las hacen inalcanzables. Si como se sugiere, los avances en
el dominio de la energía nuclear permiten desactivar viejas reticencias
relativas a su funcionamiento y acerca de los residuos radioactivos, cabe
preguntar quién dispondrá de la llave de sus procesos y cementerios. En este
tránsito de destrucción de la “vieja” a la “nueva” estructura
industrial, necesariamente resultarán perdedores quienes no posean la tecnología
de vanguardia y los capitales para implantarlo.
Limpio el aire, congelados finalmente los glaciares, ¿se habrán saciado?