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Irak, crónica de un fracaso anunciado

Ignacio Álvarez-Ossorio,

El Correo Digital 15 de Noviembre de 2006

La primera víctima política de la debacle electoral republicana ha sido el secretario de Estado Donald Rumsfeld, considerado el arquitecto de la invasión estadounidense de Irak. Probablemente no sea el último, porque ya hay quienes consideran irremediable que, tarde o temprano, le llegue el turno también al vicepresidente Dick Cheney y al embajador ante las Naciones Unidas, John Bolton, ambos conocidos ‘halcones’ con estrechos vínculos con el declinante neoconservadurismo. Todo parece indicar que el electorado se ha rebelado contra la desastrosa gestión de la posguerra iraquí, hastiado de mensajes triunfalistas (Bush no ha dejado de repetir en la campaña que «nuestro objetivo en Irak sigue siendo claro e inalterable: la victoria») cuando la realidad sobre el terreno muestra que no hay demasiadas razones que inviten al optimismo.

Según un reciente informe de la Johns Hopkings Bloomberg School of Public Health, el número de víctimas iraquíes desde marzo de 2003 podría superar las 650.000 víctimas (a razón de 143.000 por año). Del lado estadounidense las cifras no son tan alarmantes, pero muestran también un lento e incansable goteo de bajas cada vez más difícil de digerir. El mes de octubre, con 105 víctimas, fue uno de los más sangrientos desde el inicio de la ocupación. Habría que remontarse dos años y medio atrás -abril de 2004- para encontrar un mes tan calamitoso. Más de 2.850 militares americanos han muerto desde el inicio de la ocupación, mientras otros 46.000 han sido heridos de diversa gravedad.

Haciéndose eco del creciente malestar, un reciente editorial de ‘The New York Times’ señalaba: «No importa lo que el presidente Bush diga, la cuestión no es si América puede ganar en Irak. La única cuestión es si EE UU puede salir sin dejar detrás una guerra civil interminable que siembre más caos y sufrimiento en Oriente Medio y que, además, extienda el terrorismo por todo el mundo ( ). El presidente debería dejar claro, de una vez por todas, que Estados Unidos no mantendrá en Irak bases militares permanentes. El pueblo iraquí y árabe necesita una clara señal de que las tropas no se quedarán para velar un proyecto imperial americano en la zona».

La situación en Irak está lejos de normalizarse y, según todo parece indicar, EE UU está más cerca de la derrota que de la victoria, puesto que su proyecto de democratización del país y, por ende, del resto del mundo árabe, obra de un malabar efecto dominó, es ahora mucho menos factible que en el pasado. Es más, los contratiempos no dejan de multiplicarse con el consiguiente quebradero de cabeza para la Casa Blanca. Un informe secreto de los servicios de inteligencia norteamericanos -’Tendencias del terrorismo global: implicaciones para EE UU’- que recoge las opiniones de 16 agencias gubernamentales y del que tan sólo se han filtrado algunos pasajes, señala que la ocupación de Irak ha incrementado la amenaza terrorista a escala mundial. Dicho informe considera que, aunque se han logrado éxitos relativos como el desmantelamiento del liderazgo de Al-Qaeda, lo cierto es que el terrorismo de corte ‘yihadista’ es ahora mucho más peligroso, puesto que su mensaje ha calado entre miles de futuribles ‘mártires’ a través de las más de 5.000 webs ‘yihadistas’ actualmente en funcionamiento.

No ha sido éste el único ‘daño colateral’ de la invasión iraquí. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) tres millones de iraquíes, más de un 10% de la población, se han visto obligados a abandonar sus hogares como consecuencia de los enfrentamientos y del proceso de limpieza étnica iniciado en varias regiones. Más de la mitad de ellos, sobre todo los que disponían de mayores recursos, han emigrado a los países vecinos, especialmente a Siria y Jordania donde se han establecido millón y medio de refugiados. En total se estima que más de 800.000 iraquíes han llegado recientemente a Siria -lo que les convierte en un 5% de la población siria-, hecho que ha agudizado la, ya de por sí precaria, situación económica de un país que no parece levantar cabeza tras los últimos varapalos sufridos (al cierre del oleoducto iraquí en 2003 se sumó la salida de Líbano en 2005).

Lo más significativo es que, según ACNUR, cada mes están llegando a Siria 40.000 nuevos iraquíes. Buena parte de ellos son miembros de la minoritaria comunidad cristiana de Irak (que representaba el 3% de la población). Tan sólo en 2006, más de 35.000 cristianos (un 5% del total) han abandonado el país debido tanto a las difíciles condiciones de vida de la posguerra como a la intensificación de la violencia confesional.

Así las cosas, todo es susceptible de empeorar aún más. Un reciente reportaje aparecido en el diario ‘The Guardian’ ha sacado a la luz lo que era un secreto a voces: Washington contempla, entre otras opciones, la partición del país. A pesar de todos los riesgos que conlleva, ésta podría ser una de las salidas posibles en el caso de una eventual retirada de las tropas estadounidenses en el corto plazo (los demócratas ya han planteado que ésta debería iniciarse a lo más tardar en seis meses). La Constitución, aprobada hace un año, establece un marco federal y, el pasado 11 de octubre, los partidos chiíes, que dominan el Parlamento, dieron su apoyo a una ley que permite la formación de regiones federales, pese a la tajante oposición suní, que advirtió de que un paso de esta envergadura acelerará el desmembramiento de Irak.

La violencia interconfesional, otro de los grandes problemas del país, está allanando el camino a la división, aunque la creación de tres Estados -uno kurdo en el norte, uno suní en el centro y otro chií en el sur- sin duda exacerbaría la situación, multiplicando las operaciones de limpieza étnica e intensificando la guerra civil en la que ya se encuentra inmerso el país árabe. No sólo eso: introduciría un nuevo elemento de tensión en una de las zonas geopolíticas más sensibles de todo el mundo, siendo probable que el conflicto iraquí contaminase también a sus más inmediatos vecinos, en especial a Turquía e Irán, países con importantes minorías kurdas.

Pese a que Bush no parece dispuesto a modificar su estrategia de la noche a la mañana, cada vez parece más claro que, como resaltara Patrick Seale, uno de los analistas anglosajones que mejor conoce el Oriente Medio, «la elección para EE UU y Reino Unido no es ya quedarse o marcharse. Es una opción entre una salida honorable o una poco honrosa retirada bajo fuego enemigo, como ocurriera en Vietnam».

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