
La
responsabilidad fiscal de la monarquía
Santiago González
Mundo Obrero Octubre 2004
La
Constitución regula entre los artículos 56 al 65 la Monarquía y los actos
del Rey que estarán siempre refrendados por el Presidente de Gobierno y, en
su caso, por los Ministros competentes, siendo ése o éstos sus responsables
dado su refrendo. Además, se estipula que vía Presupuestos del Estado se
entregará al Rey una cantidad global para el sostenimiento de la Familia y
Casa que podrá distribuir libremente.
Efectivamente, el Rey recibe vía presupuestos una cantidad que anualmente se
concreta, se eleva (un 4, por ciento, hasta alcanzar los 7,224 milones de
euros en el año 2004) y aprueba en Las Cortes. El Sr. De Borbón reparte esa
cantidad entre los miembros de la Casa Real (¿a título de renta o donaciones
inter vivos?) siendo para terceros, como los inspectores fiscales, de difícil
concreción individual. No aparece en los Presupuestos el número de personas
‘reales’ y otros funcionarios que dependen de esos ingresos, pero sabemos
que muchos de ellos trabajando en la Casa Real dependen de otras partidas y
ministerios por lo que el gasto de la Casa Real es mayor a su Presupuesto.
Los ‘haberes’ y otras rentas del Sr. Borbón y de sus familiares están
sujetos al impuesto sobre la renta de las personas físicas y aunque cada año
le toque una cantidad de los presupuestos como si fuera una lotería es un
contribuyente más. ¿Uno más? Es una lotería que sea rey y que le toque
anualmente un premio pero por lo visto, la casualidad llena la geografía como
que en la República de Siria -que no monarquía-, el hijo del anterior
presidente, Assad, sea el actual Presidente y sin haber hecho elecciones. Su
declaración fiscal contemplaría la hipotética cantidad que se autodesigne
derivado del Presupuesto General del Estado, como renta monetaria y (¿también?)
en especie, más los ingresos netos de intereses y dividendos o los alquileres
de su patrimonio mobiliario o del inmobiliario, rentas empresariales y agrícolas,
etc., producidos, si los hubiera, en ese año. Para ser equitativo, también
podría realizar las minoraciones de un posible plan de pensiones y las
deducciones a que tuviera derecho por la adquisición de vivienda propia.
Ausencia de transparencia
Pero, la realidad es que es inverosímil que en esas declaraciones de la renta
los Sr. Borbones incluyan como ingresos los percibidos en especie o improbable
el uso de esas deducciones que permite el impuesto porque, por ejemplo el último
arreglo de Miravent -Mallorca- ha costado 400.000 euros a costa voluntaria de
la Comunidad de les Illes Balears que ha cedido el uso a la Casa Real por 99 años.
También sería sorprendente que se incluyeran como ingresos en especie los
gastos de gasolina y reparaciones del yate regalado por unos mecenas de la
monarquía y que forma parte del Patrimonio Nacional que son abonados por este
organismo.
Con respecto al Impuesto del Patrimonio se podría hacer un tratamiento
similar, aunque existe la dificultad añadida de discernir lo que se le
pudiera atribuir personalmente de lo que pudiese corresponder al puesto que
ocupa en la Jefatura del Estado y de los bienes que durante su largo periplo
principesco y de rey ha recibido. No hay que olvidar que en nuestro país no
está regulada la posesión de bienes donados a Jefes de Estado y de Gobierno
en uso de sus funciones. Además, con sus dineros, que le han llegado vía
Presupuestos, ha podido adquirir bienes físicos o invertir en activos
financieros que, a su vez, le han podido reportar nuevos ingresos y patrimonio
cada año. No está incluido en la relación de altos cargos o representantes
elegidos democráticamente, cuando es un alto cargo, en la obligación de
hacer una relación de bienes año a año. Por lo tanto, dada la inexistencia
de transparencia política y fiscal que existió -sabemos que su padre, Juan
de Borbón confió a Francisco Franco su educación y haberes- y existe
-ejemplo del singularismo de nuestra democracia- sobre la renta y patrimonio
de Juan Carlos de Borbón y, aparentemente, trasladada esa dejadez a su vástago
Felipe de Borbón y consorte Letizia Ortiz, no sabemos (ni siquiera la Comisión
de Secretos Oficiales) y sería problemático para un inspector fiscal hacer
su cometido, qué patrimonio tiene, ni cómo lo ha obtenido, si todo lo que
tiene es suyo o es espúreo a su persona y lo tiene por razón de su cargo (y
entonces formaría parte del Patrimonio Nacional), ni si todos los usufructos
no exentos son registrados en las declaraciones de renta que debiera de hacer.
Embrollo fiscal
Es cierto que los Sres. de Borbón (padre e hijo) aceptan vivir con esas
responsabilidades y dádivas a título de rey o príncipe, sin otra ocupación
conocida, por lo que existe un embrollo fiscal. Pero utilizando los resortes
legales vigentes se puede mejorar la equidad fiscal existente. Sería cuestión
de revisar los cuatro últimos ejercicios tal y como establece la Ley
Tributaria y solventar por medio de las 'paralelas' más ajustadas las
declaraciones fiscales.
Además, y contemporáneamente, no dejar ningún resquicio legal, explicitando
la obligación de declaración y registro de actividades y de bienes y
derechos patrimoniales como alto cargo a todas las personas que pertenezcan a
la Casa Real anualmente y, en una primera ocasión, la demostración de
propiedad, como se hace ante casos dudosos de la procedencia de los bienes.
Por supuesto es preciso regular el objetivo último de las donaciones que
reciban por el desempeño de sus cargos para los miembros de la Casa Real,
Jefe de Gobierno y demás miembros del Gobierno.
Por fin, desde el punto de vista democrático es una exigencia que todos los
gastos públicos fueran correctamente imputados a cada programa, incluyendo
los de la Casa Real y los que correspondan a los ingresos reales fueran
transparentes, públicos y especificados individualmente para cada persona
real y funcionario a su servicio modificando, si es preciso, la Constitución
o desarrollando una ley orgánica. Todo esto, la exigencia de una mayor
transparencia fiscal y política, preservando la intimidad a la que todos
tienen derecho, sin menoscabo de entender la obsolescencia de una figura del
medioevo que tiene su impronta turística, la asunción reprochable de los
miembros de una familia de mantener una entelequia mediática lucrativa y su
irracionalidad fiscal y social gravosa. Y el interés de unos y la debilidad
de otros en que perviva.