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  No consiento que se hable mal de Franco en mi presencia. Juan  Carlos «El Rey»

La hora de la República

Rafael Cid

 

El Vaivén  blog 4 de Octubre de 2005

Lo podría decir yo, que siento en republicano a fuer de libertario. Pero son ellos mismos, los monárquicos del 18 de julio, quienes lo anuncian. “Cambio de régimen”, ha dicho Aznar. “Reforma del modelo de Estado”, denuncia Rajoy. Toda la derecha -y por derecha a estos efectos incluyo no sólo al PP sino también a mucho socialista tardofranquista (¡hay que ver cómo se ponen los padres de la Constitución!)- tiene el mismo vicio: piensa que la Carta Marga del 78 es el Nom Plus Ultra, el fin de la historia. Para ellos, la ley de leyes es como el Antiguo Testamento para los fundamentalistas del Arca. Todo lo que no esté sometido a su fuero es una transgresión intolerable que conduce directamente al abismo.

Y en el fondo tienen su parte de razón. Lo que ocurre es que confunden sus propios miedos con los riesgos de los demás. Son marxianos que creen eso de que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, sólo que al revés.

Sienten en peligro sus privilegios, la hornacina de arrogancia en que estuvieron levitando durante casi tres décadas y su hasta ahora inmaculada auctoritas (saber socialmente reconocido) desde el ejercicio inmoderado de la potestas (poder socialmente reconocido). Son protagonistas en peligro de extinción que se revuelven al olfatear el fatal ocaso.
Lógicamente, porque el Estatut ahora, como antes el denostado Plan Ibarretxe, supone la secesión de la transición y certifica la muerte del consenso, entendido como acuerdo entre elites (todo para el pueblo pero sin el pueblo).

El reconocimiento del derecho de autodeterminación (un desideratum hasta ayer, según los guardianes de las esencias patrias), la atribución de nación de naciones y la bilateralidad (cosoberanía), como principios rectores del texto aprobado por el 80 por ciento del Parlamento Catalán son todo un aviso de republicanismo. Un cambio de régimen, una reforma del modelo de Estado, en suma, una declaración de “principio federativo” incompatible con el sistema monárquico legado por el dictador Francisco Franco.

Además, la República venidera puede cobrar intereses de demora. Porque la transacción de la transición buscó atajos antidemocráticos para entronizar la monarquía en el barbecho de una memoria histórica sistemáticamente negada. ¡Ay, aquel radiante porvenir que prefiguraba el público “darse la paz” en tandem ético-político de Carrillo y Fraga en el Club Siglo XXI! Ya no valen trucos ni oximoros (“Juan Carlos, un rey para los republicamos". Phiippe Nourry, 1986), ni tremendismos (“¿Se da cuenta el PSOE del lío en que nos está metiendo Zapatero?”, El Mundo, septiembre 2005).

La República llama a la puerta del siglo XXI. Aunque es cierto que fiel a su juramento, el Rey ha recordado en el sitio preciso, la Academia General Militar de Zaragoza, la “indisoluble unidad de la Nación Española”, que es a la vez parte del enunciado del artículo 2º de la Constitución y del penúltimo párrafo del Testamento Político de Franco (“mantened la unidad de las tierras de España”).

Posiblemente un bucle melancólico afín al que hace ahora exactamente 30 años llevara a Juan Carlos a secundar a Franco en el balcón del Palacio de Oriente frente a las protestas de medio mundo por los fusilamientos de septiembre del 75.

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