UN DÍA de noviembre de
1975 dieron una semana de vacaciones: había muerto el señor que mandaba en
este país. Con diez años, el féretro de aquel personaje expuesto ante las cámaras
de televisión se coló en la sala. Por primera vez me pregunté cómo serían
los demás gobernantes o tal vez aquel señor, imaginé por un instante,
mandaba en todo el mundo. Ese magnífico mundo, con todas sus capitales, montañas
y océanos que acariciaba en el atlas. Quiero decir que poca nostalgia puedo
sentir, por edad, del período comprendido entre 1931 y 1936, la II República
española.
Sin embargo, siento admiración por los principios que la inspiraron:
confianza en la democracia, auténtica valoración de la educación y la
cultura como instrumentos de progreso de las personas y de la sociedad y
reconocimiento del voto a las mujeres, la mitad de la población. Me despierta
simpatía su anhelo de una educación laica, o neutra, para los
institucionistas, algunos de ellos creyentes.
Edward Malefakis afirmó esta semana en León que la II República también
cometió errores -entre ellos, dijo, «la estupidez de dejar quemar las
iglesias sin hacer nada» o enviar a la legión extranjera con Franco al
frente, que nunca antes se había utilizado contra españoles, a reprimir la
revolución del 34 en Asturias- pero en conjunto fue «un régimen noble», el
mejor en 141 años desde la época de Carlos III. «La democracia actual es
descendiente directa de la II República», aseguró el historiador rodeado de
la estupenda biblioteca legada por leoneses que también confiaron en la
educación como medio de progreso.
De no haber sido porque el 18 de julio de 1936, unos militares se sublevaron
contra el régimen democrático, la República habría cumplido al menos parte
de su ideal. Fueron sólo cinco años, de mucha conflictividad social, tanta
como la que hubo en Francia. La república francesa, sobrevivió. Queridas
lectoras y lectores: Lo que no se nombra no existe. Y han sido demasiados años
sin existencia para demasiadas personas.
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