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Ecologismo republicano
Lorenzo Cordero *
La contaminación del medio ambiente político es tan grande que esta democracia es irrespirable.
A Plácido Menéndez Arango
El culto al oso es una iniciativa tomada hace tres años por un grupo de republicanos asturianos --inteligentemente outsiders -- quienes tras la lectura de las memorias que dejó escritas don Nicolás Estévanez Murphy y teniendo en cuenta la clásica definición científica de esa subdisciplina zoológica, que es la ecología, pretenden introducir un factor irónico en el discurso histórico del republicanismo español, partiendo de las supuestas relaciones que esa especie animal --al menos, uno de sus individuos-- mantuvo con el aparato orgánico de la mitología monárquica asturiana.
La fiesta anual del oso de Llueves (Cangas de Onís), es una invitación a reflexionar sobre nuestra peculiar historia de Asturias, y una reacción contra el actual medio ambiente ideológico, que ha favorecido ese fenómeno político que induce a la clase media española a confundir la democracia con la monarquía. Precisamente, dos conceptos ideológicos absolutamente antagónicos. Digo que induce a la clase media porque --mientras no se demuestre lo contrario-- es la clase social más permeable a las corrientes ideologizadoras que han frustrado, en este país, la legítima recuperación de los derechos morales que le fueron arrebatados en la II República, tras el famoso pronunciamiento militar del 18 de julio de 1936, que --como se sabe-- posteriormente degeneró en una cruel guerra civil. Una guerra que, ahora, se la quieren adjudicar a "todos los españoles" de aquella época, señalándolos como culpables de la misma para, entre otras cosas, justificar esa cínica tesis revisionista que patrocinan los actuales herederos ideológicos de quienes fueron los auténticos culpables de aquel desastre nacional.
LA DEMOCRACIA, como moral del ciudadano, sólo es compatible con la República; puesto que ambas cualidades --ser demócrata o ser republicano-- constituyen un estado del alma. Pero ni la una ni la otra implican la necesidad de ser militantes de un partido determinado. Es verdad que tampoco la monarquía exige la previa militancia partidista. Pero la diferencia que hay entre un régimen republicano y otro monárquico está en que para ser lo primero es indispensable ser, al mismo tiempo, demócrata; mientras que para ser un monárquico cabal no hace falta se demócrata, sino que más bien debe ocurrir todo lo contrario.
Con la monarquía, la contaminación del medio ambiente político es de tal magnitud que esta democracia es prácticamente irrespirable... Pero el problema, que amenaza la estabilidad ecológica de la monarquía no lo generan los republicanos outsiders --como, por ejemplo, los irónicos republicanos del oso de peluche en Llueves-- sino los propios ideólogos que la patrocinan con esa peculiar argumentación sintética que hacen de la misma --insistentemente-- cuando dicen que "España es una monarquía republicana". O su variante: "España es una República coronada". Estas necedades políticas sólo sirven para contaminar ideológicamente a la democracia, haciéndola insoportable incluso acústicamente... Para hacernos una idea de hasta dónde alcanzan los niveles de la contaminación ecológica del sistema democrático vigente, fijémonos en quiénes son principalmente los autores de esas definiciones sintéticas de la monarquía: son personajes que provienen de la izquierda, y en entre todos, constituyen una casta muy numerosa de neoposibilidades capaces de hacer creer que el régimen monárquico es compatible con la democracia; los cuales, alcanzan el éxtasis de su cínica actitud cuando, tras declararse republicanos profundos, se dedican en cuerpo y alma a adular al monarca. Han conseguido con sus tremendas contradicciones lo que algunos republicanos del exilio temían: que la monarquía española dependa sobre todo de los republicanos neoposibilistas del interior.
EN ESTE MALambiente político, los republicanos outsiders --como los que celebran la leyenda del oso que mató ( en defensa propia...?) al legendario rey Favila-- aportan una pequeña dosis de aire limpio en medio de este desastre ecológico-político que impidió, hace treinta años, que con la restauración de la democracia, fuera reconocida también la legitimidad histórica de la Segunda República.
No ocurrió ni lo uno --la restauración democrática-- ni lo otro --la legitimación de la república--; simplemente, se provocó el apocalipsis del republicanismo liberal. Quizá ocurrió así para que la monarquía triunfara como una metáfora de la democracia, y de paso, para evitar el darle la razón a don Manuel Azaña, quien les recomendaba a los españoles que participaran en la vida política apelando constantemente a la república.
La ironía del oso de Llueves es precisamente eso: una apelación a la República, hecha por aquellos que están fuera del juego constitucional .
*Periodista