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Segunda República versus transición

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES


«¡República española, régimen nacional, nación, ser de la civilización española, civilización española, tabla a la que uno está adherido para salvarse en la vida humana, para salvarse en el paso por la tierra donde uno ha nacido, afán de que vuelva a surcar el cielo la historia de un rayo de la civilización española, pasión de mi alma que no me da vergüenza confesar ante vosotros!» (Azaña en 1933).

«Como todos los eslóganes políticos, la palabra "cambio" concentró muchas emociones en la misma medida en que sus contenidos sociales y culturales se diluían propagandísticamente en el ruido mediático de todos los días. Pero el deseo de un cambio en la sociedad española se definía, a pesar de eso, con la nitidez apreciable que contrastaba su inmediato pasado y los significados más banales de la permanente confrontación social que encerraba: el autoritarismo político, el carácter primitivo de las relaciones sociales, la mediocridad intelectual y una relativa pobreza económica» (Eduardo Subirats).

«El republicanismo es aquella concepción de la vida política que preconiza un orden democrático dependiente de la vigencia de la responsabilidad pública de la ciudadanía». Por tanto, la virtud cívica se convierte en la piedra angular del orden republicano» (Salvador Giner).

Frente a frente, aquella República que fracasó y la modélica transición de donde venimos. Frente a frente, el único Estado no lampedusiano de la España contemporánea y la II Restauración, bipartidismo incluido. Frente a frente, aquella apuesta en la que se implicó la generación de intelectuales más brillante que ha tenido España y la generación sesentayochista que renunció a los ideales que más había enarbolado en su momento. Frente a frente, el Estado que quiso representar a la España real, según la famosa dicotomía orteguiana, y aquel otro que decidió sepultar en el olvido la memoria del exilio y de la represión de una dictadura de cuatro décadas, porque se «amnistió» a la España más heterodoxa. Y, ¡ay!, resulta que si miramos los étimos «amnistía» y «amnesia» comparten la misma raíz. ¡Qué cosas!

Lo que se dirime aquí no es la nostalgia por un Estado que se proclamó hace 75 años, sino su legado. Es poner frente a frente lo que fue la II República y lo que viene siendo la transición desde la muerte del dictador. Se insiste mucho, en este setenta y cinco aniversario, en el fracaso de la II República, innegable, porque perdió la guerra frente a los que se sublevaron contra ella. Se insiste en los errores que se cometieron en aquellos años, que los hubo. ¿Y? Hasta se pone de relieve que la Constitución republicana es mucho peor que la del 78. Esto se hace con un bagaje argumental más bien escaso. Acaso no sea posible otra cosa.

Entonces, hay que mirar la República del 31 como la historia de un fracaso. Por ende, debemos sentirnos felices y dichosos, pues ahora tenemos la mejor Constitución de nuestra historia. Incluso, en el más favorable de los discursos, como es el caso de las declaraciones de Zapatero, o del manifiesto encabezado por doña Almudena Grandes, aquello estuvo muy bien, fue muy bonito, pero ello no debe movernos -¡vade retro!- a reivindicar aquí y ahora un Estado republicano. No, señor. Se trataría de una especie de ofrenda póstuma o de una visita a un asilo virtual.

Aquella República fracasó. La transición fue excelente. Aquella República fue sectaria y no consiguió pactar un proyecto de Estado. Esta transición, que parece perenne, cosa contradictoria en sus propios términos, es un racimo inmenso de logros.

De acuerdo, situémonos en este presente que vivimos, con una clase política acomodada, con la sospecha de la corrupción generalizada que no cesa, con una ausencia de un proyecto que vertebre territorialmente este país. Con un sistema educativo que nos pone en el furgón de cola de Europa. Con una izquierda lastimosamente desorientada que es incapaz de poner sobre el tapete una idea de España que difiera del concepto más rancio, de la charanga y pandereta, según plasmó Machado en un inolvidable poema. Con una cultura que está muy lejos de la excelencia.

Situémonos en nuestro presente más actual. Y preguntémonos por la talla de quienes dirigen, en todos los órdenes, la vida pública. Instalados en este presente, preguntemos a la juventud actual, ésa que saca las banderas tricolores a la calle, lo que piensa de sus predecesores, de las generaciones de los abuelitos y de los papás. ¿Alguien barrunta que se sienten orgullosos de ellos?

En contra de lo que pudiera parecer, no se dirime aquí en abstracto la República frente a la Monarquía, sino el Estado del 14 de abril frente a lo que fue y sigue siendo la transición. Incurramos en lo obvio. Hoy existe un bienestar que está a años luz de lo que era la sociedad española en los años treinta. Hoy, aunque algunos catastrofistas tocan las trompetas apocalípticas un día sí y otro también, no hay peligro de una guerra fratricida. Esto es básico e incontestable. Al lado de esto, pongamos alguna obviedad más. La República no trajo la miseria. Ya existía cuando se proclamó. Y en cuanto a la guerra civil, el contexto, nacional e internacional, era muy otro. Última obviedad al respecto. Bueno es que haya capacidad de acuerdo y que la crispación no presida la vida pública. Sobre esto último, una pregunta ingenua. ¿Acaso en la España de los años treinta los únicos sectarios, los únicos reticentes a los grandes acuerdos eran los republicanos? ¿Había un republicanismo extremista y una derecha dialogante y liberal? ¿Sería ecuánime defender esto?

Y por último, ¿por qué ese miedo a todo lo que sea recordar aquello? El prelado Blázquez, «nuestro Blázquez», que abogaba por el diálogo en el País Vasco, se muestra consternado por los elogios de Zapatero a la II República. Se diría que es la época que no quiere ni debe ser recordada.
Siguiendo con el presente más inmediato, se habla, ahora que parece iniciado un proceso de fin del terrorismo en el País Vasco, de que es de justicia un respeto al entorno de las víctimas de la violencia etarra. Tal planteamiento hay que suscribirlo al cien por ciento. Sin embargo, no se habló de las víctimas del franquismo de esta guisa en los inicios de la transición, sino de la necesidad de un perdón basado en el olvido. Se podrá argüir que también hubo víctimas -y muchas- de gentes de la derecha durante la guerra civil. Es totalmente cierto. La diferencia estriba en que mientras se airearon las atrocidades de un bando durante cuarenta años, se silenciaron las perpetradas por el otro. La llegada de la transición no equilibró tal cosa. Se impuso el silencio.

Y en este presente inmediato a nadie se le ocurre definir como rencor el hecho de que el entorno de las víctimas del terrorismo abogue por la dignidad que se merecen los suyos. Sin embargo, mentar las represiones del franquismo equivale para muchos a rencor y resentimiento, cuando no a nostalgias terriblemente trasnochadas.
Así las cosas, los problemas que plantea el recuerdo de la II República son fundamentalmente dos. Primero, que coadyuva a poner de relieve que la transición no fue tan idílica. Segundo, que supone reparar en lo mucho que hemos perdido por el hecho de que a aquel Estado no lo dejaron ni siquiera iniciar su andadura, pues en el mejor de los casos sólo llegó a gatear. Concédase al menos que los republicanos no fueron los únicos responsables de aquel fracaso, pues hubo quienes pusieron todos los medios a su alcance para que no cristalizase el proyecto de aquel que fue, insisto, el único Estado no lampedusiano de la España contemporánea. Y esto último lo dignifica.
Digamos, en fin, que los principales artífices de aquel Estado no tenían entre sus afanes y desvelos planes urbanísticos, recalificaciones y profesionalización de la política. Podrían haber hecho suya la confidencia que le manifestó Renan a Strauss en 1870: «En tiempos como los nuestros, para tener la conciencia tranquila, uno debe poder decirse que no ha rehuido sistemáticamente la vida pública y que tampoco la ha buscado».

Al legado del 14 de abril del 31 hay que desearle con todas nuestras fuerzas algo muy conocido: ¡Salud y República!

Sea.


1. Ernest Renan. «Cartas a Strauss». Alianza. Madrid, 1987. Página 104.

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*Fuente : La Nueva España, 14 de abril de 2006
 

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