Qué República
Hugo Martínez Abarca
Blog III República 23 de Abril de 2008
Dos objeciones muy interesantes se plantearon ayer a mi propuesta de que la III República sea el núcleo programático y propagandístico de la izquierda alternativa (o sea: de IU). Desde una de ellas se ve la apuesta republicana como algo socio-económicamente neutro: se viene a resumir en el siguiente comentario “la cuestión de “la III” es otra seña de identidad que debemos exteriorizar, pero creo que lo que nos tendría que identificar ante el votante como una opción diferente del resto es una propuesta económico-social propia“; la segunda pone de manifiesto la posible ausencia de radicalidad de una propuesta como la republicana si no se explica convenientemente: “el discurso republicano, si llega a entrar a debate en la sociedad, pude ser facilmente asumido por el psoe y el pp“. Ambas críticas llevan razón, si no se explica qué República se está defendiendo.
Si alguna ventaja tiene la monarquía es que es evidente su carácter contrario a la democracia. Parece una obviedad que más temprano que tarde habrá que cambiar de régimen para democratizar esto que tenemos: hasta a los monárquicos les avergüenza ser tales y se definen como juancarlistas. Lo que no es un debate que a muchos parezca demasiado evidente es el de qué tipo de democracia cumple la mínima dosis de poder en manos del pueblo aceptable. Una dosis, desde luego, muy superior a la actual. Por eso, la pedagogía que debe hacer quien haga de la III República la bandera política a la que engancharse se debe centrar en vincular íntimamente la aspiración republicana con la transformación del modelo de democracia meramente representativa hacia formas de democracia directa, o democracia radical (el nombre que se promueva, que lo decida el departamento de marketing).
Democracia radical implica dos cosas: que las decisiones sustantivas pasen de estar en manos de representantes a estar en manos del pueblo y que todos los poderes, todos, estén sometidos al control popular. Todos los poderes quiere decir que se deben encontrar instrumentos para que poderes como el judicial, el económico y el mediático estén controlados por el pueblo. En el caso del judicial hay fórmulas perfeccionables pero ensayadas, como el jurado popular: ya hace 25 siglos del uso del azar como instrumento democrático. En el caso mediático sería muy importante la obligatoriedad de la desconcentración de medios: ¿qué tal la prohibición de que una misma empresa pueda controlar a la vez un periódico, televisión y radio? ¿no sería una vía excelente de generar opiniones publicadas más plurales y con menos capacidad de chantaje? ¿no sería una forma de facilitar la aparición de proyectos comunicativos sin necesidad de contar con gigantescas fortunas? En lo económico habría que dotarse de instrumentos para que la sociedad pudiera dirigir lo económico. No es una marcianada extremista: ya en los 80 el alcalde de Londres, Ken Livingstone (Ken el rojo) promovió la producción socialmente útil que suponía una guía para la producción que no estaba en un mercado abstracto, sino en comunidades locales de ciudadanos. Ken Livingstone sigue siendo alcalde de Londres, pese a que la dama de hierro disolvió el ayuntamiento de Londres para anular tan peligrosa democratización; Blair lo restauró pero dejándole mínimas competencias (prácticamente sólo transportes). En todo caso la producción económica, como la dotación de servicios debe ser dirigida por la sociedad y no, como en la actualidad, la sociedad dirigida por quien controla lo económico.
Estas ideas, sólo esbozadas, merecen mucho más análisis de todo tipo: ¿qué instrumental puede utilizar el pueblo para conocer qué quiere hacer? ¿Y para llevarlo a cabo? ¿Cómo difundir una defensa de la desconcentración de medios de comunicación en una sociedad controlada por medios de comunicación concentradísimos? ¿Qué límites y cómo se plantean al pueblo para que los derechos humanos (los civiles, los medioambientales,…) sean una barrera infranqueable? Bueno, ya se dijo que la propuesta republicana debe partir de unas ambiciones pedagógicas máximas. Pero partiendo de estas premisas es difícil pensar que la reivindicación de la III República es una reivindicación políticamente neutra o que se olvida de proponer avances socio-económicos de izquierdas.