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Intervención de Jaume d'Urgell en la rueda
de prensa previa al juicio por cambiar
de la bandera monárquica por la republicana
UCR
18 de Enero de 2008
España no debería preocuparse por el color de las telas que decoran el
exterior de sus edificios públicos, sino por el bienestar y el respeto a
la voluntad de su ciudadanía. Una voluntad culta, libre e informada.
¿Qué es España? ¿Acaso interpreta el fiscal que nuestros legisladores
reducían el honor del país a la dignidad de un trapo?
El 14 de mayo de 2006, al cumplirse un mes
del 75.º aniversario de la proclamación de la Segunda República, durante
el transcurso de la primera de las manifestaciones para protestar contra
la precariedad laboral y para exigir la adopción de políticas que
permitan ejercer de manera efectiva el derecho constitucional de la
clase obrera a una vivienda digna, fui detenido por dos agentes de
policía que vestían de paisano, bajo la acusación de 'injurias a la
bandera'. El motivo: haber escalado la fachada del edificio público que
alberga la sede del Juzgado Central del Contencioso-Administrativo, acto
seguido, arrié la bandera impuesta por Franco a través de las armas
(roja y gualda) y en su lugar, procedí a la restitución de la bandera
legítima de España, adoptada por unas Cortes Constituyentes electas,
legalmente válidas y que nada tenían que ocultar, temer o de qué
avergonzarse (roja, amarilla y morada).
Tras permanecer 27 horas detenido, fui
puesto en libertad provisional con cargos y sometido a un régimen de
restricciones que incluyó la obligación de presentarme cada 15 días en
sede judicial. El atestado policial, además de relatar la restitución de
la tricolor, aparecía ostensiblemente «engordado» con acusaciones
ficticias: como la falsa imputación de haber organizado y dirigido esa
protesta ciudadana, la supuesta destrucción del mobiliario urbano o el
haber proferido insultos a la autoridad; se da la circunstancia de que
muchas de esas imputaciones se corresponden a hechos acaecidos horas
después de producirse la detención, cuando todavía me encontraba bajo
custodia policial, por lo que no pude haberlos cometido, al no poder
encontrarme en dos lugares distintos al mismo tiempo.
Pasada la detención inicial, fui puesto en
libertad provisional con cargos, acusado de sendos delitos de
'desórdenes públicos' e 'injurias a España'; el primero de ellos en base
a la fantástica fabulación de hechos relatada por los policías que
vestían de paisano, adscritos a la Brigada de Información de la Jefatura
Superior de Policía en Madrid; y el segundo, el de las supuestas
'injurias a España', como resultado de la interpretación política que a
título personal hicieron primero el inspector jefe de guardia y
posteriormente el fiscal y el titular del Juzgado número 25 de primera
instancia e instrucción. Según su exclusivo criterio personal, los
colores de un régimen democrático constituyen un ultraje a la dignidad
de España, en contraposición a los colores impuestos por los sediciosos
que se levantaron en armas contra el régimen democrático al que juraron
defender con lealtad. Esta última combinación de colores: roja y
amarilla es la que ha llegado hasta nuestros días, de igual modo que el
escudo franquista permaneció vigente hasta bien entrados los 80. Un
símbolo, inescrutablemente relacionado con otro: el de la monarquía, o
lo que es lo mismo: el mantenimiento hasta nuestros días de un militar
no-electo, vitalicio y hereditario, designado arbitrariamente por uno de
los más execrables genocidas del siglo pasado, en la cúspide de lo que
deberían ser nuestras instituciones públicas, negándonos –siquiera por
obstaculización– nuestro legítimo derecho a elegir periódicamente a
quien deba representarnos, sancionar nuestras leyes, ostentar el mando
supremo de nuestras Fuerzas Armadas, arbitrar y moderar el equilibrio y
separación de poderes, y ejercer la capacidad de veto de acuerdo los
términos previstos en la Constitución que nos demos.
Somos mayores de edad, ciudadanos libres y
por ello, no es preciso permanecer por más tiempo bajo la tutela
amenazante de personajes opacos, de insostenible legitimidad a la luz de
la razón crítica… el conciudadano que resulte electo el próximo 9 de
marzo no debería estar sometido al dictado de seres cuyo pasado esté
vinculado al de regímenes fascistas y totalitarios. Recordemos que esa
fue, precisamente, la razón por la que el pueblo de Grecia optó por
desterrar al cuñado de nuestro autócrata.
Me gustaría mencionar a las dos decenas de
personas que fueron detenidas en las posteriores manifestaciones por la
Vivienda Digna, esos estudiantes y trabajadores, junto a los incontables
heridos por la habitual desproporción en los medios empleados contra
nosotros por nuestra propia policía… ésos, son los héroes que han
actuado de catalizadores de la opinión pública, los verdaderos artífices
de las todavía insuficientes políticas de ayuda a la Vivienda que ha
emprendido el gobierno del Estado.
Un problema como el de la imposibilidad de
acceso a la Vivienda no se resuelve con medidas cosméticas o
electoralismo populista. El dinero público destinado a las ayudas a la
Vivienda estaría mejor empleado si lo destinaran a la Fiscalía
Anticorrupción. En resumen, si el PP o el PSOE poseen verdadero interés
en racionalizar el precio de nuestras casas, harían más con una simple
circular interna que con el propio BOE… en última instancia, como en
todo, solo hace falta voluntad política.
Y no es mezclar las cosas: existe una clara
relación entre la elevada tasa de precariedad laboral, el imparable
aumento de los precios –sobretodo en el sector de la Vivienda– y una
forma de gobierno que no es plenamente representativa. Estamos como
estamos porque no hay separación de poderes, el único poder que cuenta
es el del interesé económico, frente al que los trabajadores
permanecemos indefensos. Estamos como estamos porque no estamos
representados, o al menos no con libertad, no sin límites, ni sin miedo,
ni sin tutores, ni mentiras en las que nadie cree pero que todavía son
ley.
España no debería preocuparse por el color
de las telas que decoran el exterior de sus edificios públicos, sino por
el bienestar y el respeto a la voluntad de su ciudadanía. Una voluntad
culta, libre e informada. ¿Qué es España? ¿Acaso interpreta el fiscal
que nuestros legisladores reducían el honor de nuestro país a la
dignidad de un trapo? La bandera es un símbolo, y su propósito es el de
comunicar… en este caso, lo inaplazable de un cambio: nosotros el pueblo
estamos resueltos a retomar las riendas de nuestro queridísimo país de
países, empezando por la supresión del último reducto del franquismo:
urge despedir al becario del dictador, porque mientras reine este hedor
a olvido, metal y sangre, la casa no será habitable, ni la particular,
ni mucho menos la común, sustraídas ambas de su legítima dueña: la clase
obrera.
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