La República. Cuestión de
principios
Gerardo Lombardero
La Nueva España,
9 de Abril de 2008
Dado que algunos, muchos,
confunden el credo republicano con cuestiones extemporáneas ajenas a dicho
credo, y pensando que lo hacen más por desconocimiento que por mala fe,
convendría una vez más -y aunque sean necesarias mil veces mil, mil veces un
millón- aclarar quiénes, cómo y qué son los republicanos. Pues la
demonización de estos creyentes, puesto que credo tienen, es moneda
corriente, no sólo a nivel coloquial, también a nivel de aquellos que usan a
veces la palabra escrita para desvirtuar los principios republicanos sin
meditar antes sobre el concepto tan digno y hermoso que emana de una
verdadera República.
Como no hace falta repetir en qué consiste una República, matizaré que su
característica esencial radica en que su presidente sea elegido por un
período de tiempo determinado que dispone una Constitución y en que sus
funciones no puedan convertirse en hereditarias. Ya ha salido a la luz la
primera gran diferencia entre Monarquía y República y, aunque no lo siento,
tampoco tengo ganas de evitarlo. La elección del presidente de la República
puede llevarse a cabo por medio del voto directo del pueblo -otra diferencia
a tener en cuenta-, o bien por medio del voto de un colegio restringido,
previamente elegido por el pueblo. Ya que hay cierta tendencia a la
confusión, matizaré que dicho «colegio» no es una escuela secundaria o un
instituto, más bien se trata de un Parlamento constitucional. Y este órgano
-con un conjunto de leyes en la mesa, que llamaremos Constitución,
obviamente- regirá la vida política del Estado republicano.
Hasta aquí, como podrán comprobar, no he hablado ni una sola palabra de
izquierdas ni de derechas, tampoco pienso hablar de bajos o altos, de gordos
o flacos, ni mucho menos de guapos o feos. Con tener el mínimo uso de razón,
la edad necesaria para votar y el deseo de pertenecer a un país donde la
forma de Estado sea una República, éstos serán los únicos requisitos
indispensables para que la cosa funcione. A la República le es indiferente
que usted o yo seamos creyentes o agnósticos, ateos o pasionistas, luteranos
y hasta anarquistas. A la República lo único que le afecta de verdad es que
sus ciudadanos -ya ve que no tendría súbditos- cumplan las leyes vigentes y
acaten la decisión mayoritaria, puesto que, en caso contrario, dispone de
mecanismos legítimos para frenar los excesos que son tan inherentes al
género humano. Excesos que, como cualquiera comprenderá, resultan las más de
las veces perjudiciales a la comunidad, por aquello de que «donde empieza tu
libertad acaba la mía».
Somos conscientes los que deseamos fervorosamente la llegada de la III
República española de que, mientras intentamos despejar el camino que a ella
nos lleva, otros, por el contrario, siembran éste en las noches sin luna de
pedruscos con los que tropezar, y las veredas de los senderos, de sapos y
culebras. Así, al menos, aunque no demos el traspié necesario para caernos
de bruces en el suelo, como poco que nos dé asco recorrer el camino soñado.
Yo siempre he llamado a la I República española «la económica». Una de las
razones está muy clara: costó muy poco esfuerzo conseguirla porque Amadeo I
de Saboya nos dejó la puerta abierta y vacía de guardianes. Pero, como el
dinero fácilmente adquirido, se nos fue rápido y nos dejó un regusto amargo
en la boca. Y también fue muy económica porque incluso la bandera nacional
-es lo que menos importa- siguió siendo de modo provisional la misma que ya
existía, la roja y gualda. Aunque, para matizar, aquellos patriotas
republicanos de entonces amputaron la corona real del óvalo que en medio de
la enseña ostentaba el escudo de España. A falta de bandera definitiva, bien
valía un tijeretazo a la vigente, y asunto arreglado.
De la segunda ocasión que tuvimos no voy a hablar, pues el ánimo se me
enciende, el fervor patriótico niebla mi mente y llego a tener pesadillas.
Hay otros que pueden hacerlo mejor que yo y, de hecho, lo hacen. Sólo diré
que fue un sueño de abril, que nuestro país la acogió con los brazos
abiertos, pero con los bolsillos vacíos y el desánimo en lo más profundo del
alma por el atraso y la ignorancia y el resentimiento que la Monarquía
dejaba tras de sí. Y no hubo sangre, no hubo guerra, ésta vendría después, y
no para auparla, sino para derribarla. Así que yo creo, y cada día estoy más
seguro, pues todas las mañanas antes de salir de mi casa me miro atentamente
en el espejo, que los republicanos somos gente totalmente normal. Lo digo
porque no veo en el azogue que me asome rabo alguno por debajo de la
chaqueta, ni tampoco se atisban por encima de mis calcetines los brillos de
las pezuñas diabólicas con las que quieren pintarnos.