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Razones republicanas

José Antonio Flores Vera

Granada Digital 4 de Octubre de 2007



Tan acostumbrados estamos los republicanos y antimonárquicos al velo de silencio tácito o expreso de los medios de comunicación “oficiales” del régimen democrático, actuando de protectores de la Corona española, que hemos de reconocer que el aluvión de críticas que ha recibido ésta, particularmente, desde el “affaire”, “El Jueves”, nos ha abierto una esperanza sobre el cambio de la forma política del Estado español, pero dicho esto hay que matizar los fines y los medios, que suelen siempre estar muy entrelazados en política desde que así lo escribió Maquiavelo.

A quienes aspiramos a un sistema político lo más igualitario posible, donde no existan privilegios ni favores divinos o humanos, nos parece chirriante la existencia, ya en el siglo XXI, de privilegios propios de periodos medievales, y es por eso por lo que reivindicamos la supresión de instituciones que no están basadas en la razón del Estado moderno y en la electividad. Ahora bien, la solución no radica en un cambio caprichoso ni demagógico. No se trata de cambiar sin más la forma de Estado de Monarquía parlamentaria por la de República parlamentaria, si bien ese cambio ya obedecería a una mínima razón electoral, que cada cuatro años cambiaría la cabeza de la Jefatura del Estado. Por el contrario, se trata de buscar la implantación de un sistema político republicano que obedezca a razones coherentes, basado en la existencia de un Estado culto, justo y socialmente asumible. Y mucho me temo que a ese nuevo Estado no se llega por la vía de la quema de símbolos, ni tampoco a través de la utilización de la República desde voces independentistas o adversas a la nación española. Es probable que se piense que en un momento inicial todo conato adverso a la monarquía pueda ser útil para conseguir el fin a través de los medios más directos, pero está claro que esos símbolos incendiados de ahora también podrían serlo en un hipotético futuro republicano. De hecho, si repasamos la historia nos encontraremos con conatos violentísimos contra el Estado republicano, legalmente constituido el 14 de abril de 1931. Por tanto, se trata de cambiar muchas cosas, siendo una de ellas la mentalidad de nuestra sociedad que parece apostar tan sólo por criterios mercantilistas y donde se hace de la política negocio y rédito.

Se trata en definitiva de una cuestión de valores que a muchos nos ha inspirado lo leído y contado sobre la II República española, que demostró – con sus luces y sus sombras- tener todo un catalogo de hombres y mujeres, curtidos en las ideas antes que en los negocios.

El debate que debe calar en la sociedad a favor de un sistema democrático republicano ha de venir de la mano de razonamientos intelectuales y políticos coherentes sobre la inoperancia de una monarquía, que en absoluto, tal y como dice el monarca español, ha traído la prosperidad a España. Esa pretendida prosperidad no ha podido venir de otra forma que no obedezca al esfuerzo y trabajo diario de cada uno de los españoles. Además, hay que refutar argumentos que están basados más en el interés de la preservación del estatus económico y social de la monarquía que en su estatus político, cuyo partido es poco necesario hoy día. Hay que profundizar con seriedad en el papel de la monarquía española actual, en su utilidad real, sin obviar que los intereses de la familia real pudieran estar más cercanos a su continuidad que a razones de Estado. De hecho, a la luz de la observación podemos fácilmente concluir que la actuación de los miembros de la Casa Real actualmente se basa más en la suntuosidad que en la representación estatal, siendo muchos los episodios conocidos y desconocidos de los miembros de la monarquía que apuntan en esa dirección, tales como la influencia utilizada por Urdangarín para hacer oscuros y boyantes negocios y lo denunciado por algunos periodistas de investigación en cuanto a inquietantes actividades del monarca, tales como el libro de José García Abad, “La soledad del Rey”, contando con administradores tan poco solventes como Colón de Carvajal, o las extrañas relaciones del monarca con tipos que han dado con sus huesos en la cárcel, tales como De la Rosa y Conde. Igualmente chirriante es el oscurantismo existente en torno a las cuentas de la Casa Real, desconociendo los españoles e incluso nuestros representantes políticos el uso dado a la asignación presupuestaria dada que no se agota en esa partida que el próximo año estará cercana a los nueve mil millones de euros, sino en todo el gasto necesario adscrito a los distintos ministerios para mover toda la maquinaría de la institución monárquica, tales como personal administrativo y militar, gasto corriente (vehículos, manutención y un largo etcétera), partida para el sostenimiento de viajes oficiales y no tan oficiales, coste de la construcción y manutención de la casa del príncipe, entre otros muchos, hasta el punto de que, en mi opinión, si se conociera todo el gasto global necesario para atender a los monarcas y su familia (de hecho surgió la noticia a raíz del fallecimiento de la hermana de Leticia, que la fallecida contaba con una asignación mensual, además de un gasto para vestuario y la disposición de un coche y personal de seguridad), cada vez más extensa, se desmontaría el tópico que afirma que la Jefatura de Estado española es más barata que la jefatura de estado republicana de los países de nuestro entorno.

En síntesis, la forma más solvente de iniciar un proceso constituyente hacía la República parlamentaria es argumentar con seriedad y rigor la necesidad de ésta, al tiempo de ir desmontando argumentos tópicos y típicos a favor de la monarquía, sin que sea posible aquí excluir una revisión de la transición y tener siempre en cuenta que existe un lazo aún con el régimen franquista al ser nuestro Jefe de Estado proclamado sucesor por el dictador.

floresvera@yahoo.es


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