IAN
Gibson*
El Periódico 9 de Diciembre de 2007
Hace cuatro años comenté en otro lugar que España daba la impresión
de vivir totalmente de espaldas a Portugal, casi como si no
existiera. Veía, o creía ver, síntomas de tal desentendimiento por
doquier. Me llamaba la atención, por ejemplo, que en los espacios
metereológicos de TVE-1, Portugal solo figurara como un hueco, un
descampado, una especie de tierra de nadie situado al oeste de la
península, a orillas del Atlántico, sin indicación alguna de nombre
de lugar ni del tiempo que hacía o pudiera hacer allí. Portugal
estaba, literalmente, borrado del mapa. Recordé que los espacios
correspondientes de la BBC no obliteraban de manera similar a la
República de Irlanda para atenerse solo al norte de la isla hermana,
incorporada en el Reino Unido, y que ello me parecía un detalle
digno de elogio.
¿No se daban cuenta los de Prado del Rey de que suprimir así a
Portugal era poco menos que un insulto, un ninguneo, aunque no fuera
intencionado? ¿De que muchos portugueses veían sin duda la
televisión española y podían sentirse heridos al constatar que para
ella no existían? ¿De que a numerosos españoles con intereses en
Portugal, turísticos o empresariales o los que fueren, les sería de
utilidad estar al tanto del tiempo previsto allí?
NO HA< HABIDO rectificación. Portugal sigue siendo para TVE-1 una
mancha marrón sin señas de identidad. Y no ocurre solo en la
televisión estatal. Para Cuatro, sin ir más lejos, nuestro vecino es
un trozo de papel de plata arrugado, atravesado, eso sí, por dos
hilillos innominados que resultan ser el Duero y el Tajo. En la
frontera se paran en seco, como si chocasen contra un muro
infranqueable, los símbolos de nubes, soles, relámpagos, lluvia.
Portugal, para el hombre o la mujer del tiempo, ni existe ni tiene
clima. Y eso que está ahí, pegado a nosotros, con sus 10 millones de
habitantes.
¿De dónde procede este no sentir a Portugal como algo cercano? ¿Del
hecho de que para los españoles el portugués hablado es sin duda más
difícil de entender (y de leer) que el español para los lusitanos,
lo cual crea ya de por sí una barrera inicial? ¿De percibir o
sospechar cierta hostilidad latente en muchos portugueses hacia este
país, hostilidad originada siglos atrás con la anexión española de
su territorio entre 1580 y 1640 y la siguiente guerra de
independencia, e incrementada ante el temor de nuevas tentativas
asimiladoras o acaparadoras? Tal vez se trata sobre todo de la
dificultad lingüística. El hecho es, de todas maneras, que se habla
poquísimo de Portugal en los medios de comunicación españoles y que,
para muchísimos ciudadanos, Portugal podría estar todavía en la
luna, o más allá.
¿Y una unión futura de los dos países dentro de la Comunidad
Europea, superados recelos previos? Nada más producirse el cambio
trascendental de 1931, el fervoroso republicano que fue Antonio
Machado --que años atrás había apuntado, en un famoso poema, que
"el Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla"--
aludió con complacencia a la posibilidad, que reconocía lejana, de
tal matrimonio. Hoy es José Saramago --el primer escritor
portugués de todos los tiempos que se ha hecho genuinamente popular
en España-- quien vuelve a levantar la bandera de una futura
República Federal Ibérica. Sus declaraciones al respecto acaban de
recibir el beneplácito de otro premio Nobel cuyo apego a las tierras
de Pirineos abajo es bien conocido. La creación de un Estado ibérico
y federal que integrara Portugal y España, ha manifestado Günter
Grass, es "una propuesta interesante". Y ha añadido: "Un Estado
ibérico también tendría, en Europa y en un contexto federal, un peso
mucho mayor que el de dos estados aislados".
Parece indudable. Se trataría de un Estado de unos 55 millones de
habitantes, ubicado inmejorablemente entre Europa y África,
orientado tanto hacia el Atlántico como al Mediterráneo, y con un
potencial extraordinario. Grass ha admitido que tal vez no
sea realizable el sueño federal iberista, al cual, como es obvio, se
pueden oponer muchos argumentos. También ha dicho que Europa no debe
temer la inmigración, que la mezcolanza es lo bueno, y que es
precisamente la nueva savia, la mezcla de sangres, de culturas, lo
que hace que un país avance. En el caso concreto de la península
Ibérica, ha recordado, con razón, que el mestizaje ha generado
"cosas grandiosas", entre ellas, a su juicio, la novela picaresca.
De todo ello sabe muchísimo el maestro Juan Vernet.
AUNQUE NO se vea nunca la soñada Iberia federal, el acercamiento
ahora en curso de los dos países, propiciado por la compartida
pertenencia a la nueva Europa comunitaria, está ya acarreando
notables beneficios para ambos, proceso que es de suponer
continuará. Mi sueño personal sería que se multiplicasen los
contactos culturales entre ellos, con mucho más énfasis aquí que
antes sobre la enseñanza del idioma vecino. Si en el resto del
Estado apenas se lee nada en catalán, se puede imaginar la situación
con el portugués. Y es de veras una auténtica lástima, teniendo en
casa tanta riqueza.
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*Escritor.