¿La prostitución es un trabajo?
Jordi Pérez Colomé
Desde abril a julio, una Ponencia
sobre ‘la prostitución en nuestro país' de la Comisión Mixta de
los Derechos de la Mujer y de Igualdad de Oportunidades del Congreso
de los Diputados ha escuchado a multitud de expertos en prostitución.
En las próximas semanas publicará sus conclusiones. Jordi Pérez
Colomé plantea en un reportaje las principales opciones sobre la
prostitución, que podrían resumirse en legalización o abolición.
Beatriz me recibe en su piso y me lleva al
salón. Hoy es sábado y no ha tenido ningún cliente. Beatriz es
una negra brasileña que tiene otros dos nombres. Uno es su nombre
real, Juan -Beatriz es travesti-, y el otro es Sara, que utiliza
en su trabajo y con el que se anuncia, como travesti, en El Periódico.
(Beatriz es el único nombre verdadero de los tres que utilizo.)
Beatriz tiene este piso donde vive y trabaja entre semana, y otro que es
su casa y en el que pasa los domingos. Los dos son de alquiler y paga
por ellos más de 1.500 euros. Beatriz convivió con un italiano durante
unos quince años -"casada", dice ella, aunque dos hombres no
pudieran hacerlo entonces- que murió el año pasado de repente. Tenían
su empresa y a ella se dedicaban en cuerpo y alma. Para recuperarse anímica
y económicamente, Beatriz volvió a la prostitución, que ya había
practicado en Brasil cuando se fue de casa y aún era menor de edad.
Beatriz es una piadosa creyente y recuerda cada mes a su marido con una
misa en una iglesia de las Ramblas de Barcelona. Le pregunto cómo va a
tratar con el párroco y a las misas, y me dice que como Juan, vestida
de hombre.
Cuando Beatriz cuenta estas cosas es una persona normal que explica sus
problemas. Pero cuando habla de Sara lo hace con una voz más dulce y
habla de ella en tercera persona: "Sara tiene 27 años, siempre
tiene 27 años" (Juan tiene algunos más). Sara es un personaje
bien definido: "Cuando me pongo la peluca, la minifalda y me
maquillo soy Sara, que es una pobre inmigrante sin papeles e indefensa.
Cuando le abro la puerta a un cliente le doy un besito en la mejilla -el
besito es muy importante-, les gusta mucho encontrarse con una jovencita
humilde y sin recursos". Beatriz ríe a carcajadas mientras me
explica cómo es Sara con los clientes. Para redondear el personaje,
Beatriz se ha inventado a "la gorda", que sería la
propietaria del meublé y explotadora, a la que Sara le daría todo el
dinero que gana. Así saca también alguna propinita: "Toma estos
20 euros para ti, escóndetelos", le dice algún cliente. "Sí,
mi amoorrr", contesta Sara. Beatriz, cuando habla como Sara, acentúa
su ya fuerte tono brasileño y lo saltea con expresiones como
"claro cariño" o "sí mi amor". Compruebo todo esto
cuando le llama un cliente y le dice que ahora no puede hablar porque
"hoy es el cumpleaños de la gorda" y tiene que estar con
ella. Cuelga el teléfono -"adiós, cariño"- y ríe.
Aprovecha que tiene el móvil en la mano para enseñarme unos mensajes
escritos que le envían algunos clientes. "¡Mira este qué
dice!" Nos reímos un rato con las invenciones atrevidas y un poco
toscas de los interesados.
EL CLUB y la calle
Beatriz trabaja por su cuenta, en su casa y consigue los clientes a través
de los anuncios clasificados del periódico y de una página web. Este
es un tipo de prostitución selecto, casi el más selecto. Los dos
modelos en cambio más comunes son el club y la calle. Ambos tienen sus
ventajas e inconvenientes. En los clubes hay más seguridad para las
chicas -aunque si surge algún problema parece que el propietario suele
ponerse de parte del cliente. Los inconvenientes son que las chicas no
pueden negarse a nada y que deben compartir sus beneficios con el jefe.
Por lo que parece, sin embargo, el trabajo en los clubes depende en
buena medida del carácter y rigidez del dueño.
La calle tiene en cambio el peligro de la falta de zonas adecuadas y de
la seguridad: robos, violaciones, agresiones. Las ventajas son obtener
ingresos por cuenta propia, sin horarios ni obligaciones impuestas.
Estas son las dos grandes modalidades de prostitución. El caso de
Beatriz es pues especial. Beatriz, en cambio, sí que está en la mayoría
en cuanto a su origen: el 90 por ciento de mujeres que ejercen la
prostitución en España son inmigrantes. Según la Guardia civil, la
mayoría son de Europa del este, seguidas de las latinoamericanas y
africanas.
Las estadísticas en el mundo de la prostitución son siempre
aproximadas y dependen mucho de quién te las dé. Hay pocas fiables.
Casi todas las personas con las que he hablado coinciden sin embargo en
que la inmensa mayoría de prostitutas son extranjeras. La aparición de
prostitutas extranjeras es reciente, desde hace unos diez años. Y en
estos diez años las nacionalidades han cambiado mucho. La gente de
Barcelona que trabaja sobre el terreno, cuando les preguntaba por los países
de origen, hacían variar su respuesta por meses, como si llegaran con
cupos: "En los últimos meses ha aparecido incluso un grupo de
chinas", me dijo una.
Otro de los grandes enigmas en prostitución es averiguar cuántas
prostitutas lo hacen forzadas. La prostitución obligada, ya sea porque
las chicas vienen engañadas o porque directamente se las obliga, está
ya penada en nuestra legislación. La policía tiene los medios para
perseguir a los culpables. En la práctica, sin embargo, no es tan fácil.
Nadie delata a los traficantes porque las chicas temen las represalias
contra sus familias en su país y a los policías les cuesta reunir las
pruebas para actuar de oficio. Este tipo de prostitución no es por
tanto prostitución, sino que se acerca al esclavismo, y por ello este
reportaje no hablará de ella. Este es sin embargo uno de los grandes
argumentos de las partidarias de la abolición de la prostitución: si
no existiera la prostitución, dicen, tampoco existiría la prostitución
forzada, dicen. Aunque intentar abolir la prostitución, no significa
siempre conseguirlo.
Un mundo dividido
Entre las organizaciones que se dedican a ayudar o estudiar a las
prostitutas, hay dos grupos muy bien definidos: las que apuestan por la
legalización de la prostitución y que se convierta en un trabajo
cualquiera, y las que preferirían verla abolida. Cuando iba a
entrevistar a alguien, ya sabía de qué lado estaba. A menudo, sólo la
mención del nombre de una mujer -y digo "mujer" porque todas
las personas con las que he hablado lo son- del bando opuesto ya
provocaba sonrisas socarronas. Es una distinción profunda. Yo hablé sólo
con mujeres de Barcelona, pero me dejaron claro que la distinción valía
para toda España. El profesor de Derecho Fernando Rey dijo en la
Ponencia sobre la prostitución del Congreso que el feminismo español
estaba inmerso en una "guerra de trincheras conceptual".
En el bando partidario de la legalización predominan las personas que
trabajan con prostitutas sobre el terreno, que les buscan soluciones y
que comparten sus problemas. El grupo que prefiere la abolición
presenta un discurso más teórico, basado en citar listas de derechos
humanos y tratados internacionales. Es quizá la diferencia más
sorprendente. Le pregunté a Gemma Lienas, autora del libro Quiero ser
puta (Península), que aboga por la abolición de la prostitución, por
qué no había incluido ningún testimonio de prostitutas en su obra:
"Porque lo encuentro, cómo te lo diría, sensacionalista", me
dijo. A continuación, sin embargo, me contó el caso de una prostituta
que lo había pasado muy mal. Debo decir que todas las prostitutas con
las que hablé -incluida Beatriz- me las proporcionaron las mujeres del
bando favorable a la legalización. Pero también debo reconocer que
desde el otro bando me citaron en poquísimos casos las palabras de las
interesadas, y en algún caso me advirtieron con razón y celosamente
sobre el tipo de testimonio que me podían ofrecer las prostitutas con
las que me habían puesto en contacto desde el otro grupo.
Sí es un trabajo
A todas las personas que he entrevistado les he preguntado por qué una
mujer se dedica a la prostitución. Todas me han dicho que por
necesidades económicas. "Ninguna te dirá que lo hace por
gusto", me dijo Blanca, una prostituta de 65 años. Las
posibilidades laborales de una mujer inmigrante irregular -y la mayoría
de las prostitutas lo son- están muy limitadas. Más allá del servicio
doméstico de todo tipo, hay pocas oportunidades. La prostitución
ofrece más dinero y un horario laboral compatible, por ejemplo, con
hijos pequeños. La prostitución implicaría por tanto la decisión de
la mujer que la ejerce, entre las pocas posibilidades que tiene a mano.
Este es el argumento más repetido entre las mujeres que aspiran a la
legalización: si una mujer decide ser menos pobre y quiere utilizar
para ello sus "facultades sexuales", no debemos prohibírselo,
sino ayudarla, dicen.
Mercè Meroño, coordinadora del servicio Àmbit Dona de la ong Àmbit
Prevenció, cree que "es una decisión; de las cosas que puedes
hacer, escoges esa. No estamos en una situación ideal y gracias a un
trabajo como ese se puede tirar adelante una familia; es una vía de
autonomía para muchas mujeres". Por ello, para Meroño se trata de
un trabajo más: "Si quitamos la paja, qué queda: un acuerdo entre
dos personas adultas".
Lourdes Perramon es una religiosa de la orden de las Oblatas que dirige
el centro El lugar de la mujer en el barrio del Raval de Barcelona. Es
uno de los testimonios más impresionantes que he recogido: "No es
cuestión de corroborar una teoría -dice Perramon. La sociedad es
compleja y es difícil elaborar una sola teoría. Hay que dar apoyo a
todas, tanto a las que lo quieren dejar como a las que quieren
continuar". Las prostitutas que acoge Perramon utilizan el verbo
"trabajar" con naturalidad: "Voy a trabajar", dicen,
con lo que así ellas deben verlo. Otras ven su labor como algo más que
sexo: "Hacemos de psicólogas", le dicen a Perramon. Unas de
las prostitutas con quien he hablado, Blanca, dice: "Les tenemos
que escuchar a los clientes sus cosas personales, sus vivencias. Yo les
digo lo que haría en mi caso. Les vas conociendo cada vez más [se
refería a clientes asiduos]. A lo mejor es algo que no se lo comentan
ni al vecino. El acto sexual es a veces lo que menos importa".
¿Pero la prostitución es un trabajo como
cualquier otro? Esta es la pregunta más difícil que deben
responder las partidarias de la legalización. "No lo es,
dice Lourdes Perramon. Es más difícil separar el ámbito
personal del trabajo. Quien no es capaz de distinguir se ‘siente
sucia'. Quien en cambio distingue, pues muy bien: hacen un papel y
se quedan tan tranquilas. Depende de la manera de ser, de los
valores, de las creencias".
Las connotaciones de la palabra "puta" como insulto gravísimo
para una mujer perjudican sin duda las aspiraciones sociales de las
mujeres que se dedican a la prostitución: "El peor insulto para
una mujer es ‘puta'; para un hombre es ‘hijo de puta'. Este es el
trasfondo que funciona. Con ‘maricón' hemos cambiado el chip. Con
puta hay que hacer lo mismo", cree Perramon. Sin ánimo de
comparar, el cambio de actitud social ante la comunidad gay es algo que
he oído a menudo. Dice por ejemplo Blanca: "No aceptan a las
trabajadoras sexuales de toda la vida y en cambio se aceptan los
matrimonios de gays y lesbianas y les dan derechos que no tenemos
nosotras. Somos muy modernos para aceptar esto, pero prehistóricos y
falsos a la hora de aceptar el trabajo sexual como algo normal".
Por todo esto, el estigma que lleva encima una prostituta es enorme. Nos
cuesta imaginar cómo una persona que se dedica a eso pueda tener aparte
su vida personal. Isabel Holgado es antropóloga y coordina la ong Licit:
"¿Quién es la guapa que se saca el estigma y va al INEM y dice
que trabaja de prostituta?" Por esto y por el gran número de
inmigrantes sin papeles que hacen de prostitutas, el proceso de
legalización de este trabajo en Alemania y Holanda ha tenido
"escasísima respuesta", según Holgado. "Como dicen
ellas, hay que tener familias muy pequeñas para decir por ahí que
trabajas de esto".
La legalización ofrecería, además de derechos laborales y sociales a
todas las prostitutas que lo desearan, sobre todo un camino para mejorar
la imagen de las personas que se dedican a ello. ¿Pero seguiría siendo
algo indigno? "¿Quién es nadie para decirles qué es indigno? ¿Qué
es la dignidad de la mujer? ¿La pobreza, vivir mal toda la vida, es
digno?"
No es un trabajo
Los partidarios de la postura contraria apuestan por encaminarse hacia
la desaparición de la prostitución. Lourdes Muñoz es diputada del
Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados y forma parte de la
Ponencia que ha oído decenas de charlas sobre expertos en prostitución.
A finales de septiembre debe presentar sus conclusiones. A la pregunta
de Isabel Holgado si es más indigna la prostitución o la pobreza, Muñoz
responde con otra pregunta: "¿Nuestro modelo de país es que la
pobreza se resuelva con prostitución? Es una profesión degradante y
sería mejor que se dedicaran a algo más digno". Precisamente,
otras actividades íntimas con las que las personas pobres podrían
comerciar están prohibidas: "Para que la gente desafortunada no
deba hacerlo, no se puede comerciar con óvulos, órganos, úteros de
alquiler".
Los argumentos de los partidarios de avanzar hacia la desaparición son
teóricos, con argumentos de proyección internacional. El Protocolo de
Palermo contra las mafias de la inmigración, que España ha firmado, es
uno de los más citados. Ahí se dice que la necesidad económica de una
persona se considera ya como algo que obliga a prostituirse. Así, la
suma de mujeres que se dedican a la prostitución obligadas por mafias más
las que lo hacen obligadas por sus necesidades económicas, suma un 95
por ciento. Así queda uno de los grandes argumentos de este lado:
"Un 95 por ciento de las personas que se prostituyen lo hacen
forzadas".
El segundo gran argumento de este bando es que la prostitución es un
trabajo indigno. La escritora y periodista Gemma Lienas se pregunta en
su libro: "¿Qué haríamos si una hija nuestra a los 18 años nos
dice que quiere ser prostituta? ¿Si es un trabajo como otro, cómo le
diremos que no puede ser?"
Uno de los modelos para quienes preferirían ver desaparecer la
prostitución es Suecia. Allí se ha optado por la abolición de este
oficio mediante la penalización de los clientes. Así disminuye la
demanda sin hacer sufrir más a las más indefensas. Sin embargo,
Lourdes Muñoz reclama "nuestro propio modelo". En España,
según el Instituto Nacional de Estadística, el 27 por ciento de los
hombres entre 18 y 49 años reconocen que han ido con prostitutas alguna
vez en su vida. Serían quizá muchos nuevos delincuentes.
El modelo que se propone desde el Partido Socialista es un plan con tres
puntos básicos: primero, más medios policiales y judiciales para
luchar contra el tráfico de mujeres. Segundo, un plan de reinserción
para las mujeres que quieran dejar esta práctica (en Italia dan una
renda temporal de reinserción y a las sin papeles se les conceden los
papeles unos meses para que busquen un nuevo trabajo legal). Y tercero,
atacar la demanda: una campaña para disminuir la demanda desde las
escuelas. "Hay que cambiar la actitud de los varones jóvenes",
dice Muñoz. El perfil de cliente cambia de hombre casado de 40 a 60 años
a jóvenes de 20 o 25, que ven la prostitución como una oferta de ocio
nocturno más.