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Niemeyer: el centenario
José Luis Meza
A.M.com Si el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer se hubiera jubilado a los 50 años, muy apenas habría tenido tiempo de diseñar su mayor obra maestra: el conjunto de edificios públicos de Brasilia, la moderna y casi utópica capital de Brasil. Ese encargo le llegó a los 49 años de edad. Y aunque bien se podría haber retirado después de haber creado piezas tan espectaculares como la Catedral de Brasilia o el Palacio de la Meseta, Niemeyer apenas agarró eso como despegue de una carrera luminosa que aún hoy, un día después de haber cumplido los 100 años de edad, no se ha acabado. Llamado por el diario El País “el último arquitecto moderno, el último heterodoxo, el último resistente a la inmensa y tristísima nube de plomo llamada corrección”, Niemeyer apenas en abril cortó el listón de su obra más reciente, el Teatro Popular de Niteroi, en su ciudad natal en el estado de Río de Janeiro. En el restirador del llamado “decano de la arquitectura brasileña”, están además los planos para otros proyectos en Brasil, como la escuela de teatro Bolchoi, en Santa Catarina y la Plaza del Pueblo, en Brasilia; así como la Embajada de Brasil en Cuba, un auditorio en Ravello (Italia) y un centro cultural en Avilés (España). Absolutamente ningún arquitecto en el mundo es tan longevo como Niemeyer y prolífico como Niemeyer, que ha firmado más de 600 proyectos, algunos inscritos en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad, y quien incluso ya recibió la invitación para diseñar un estadio para el próximo Mundial de Futbol de Brasil 2014. Un despacho de la agencia AFP recoge sus palabras durante la inauguración del Teatro Popular de Niteroi: “Hoy tengo el mismo interés por la vida que tenía cuando era joven. Mi receta es no aceptar la vejez. Pensar que se tienen 40 años y actuar como si se tuviera esa edad”. Aunque se resistía a celebrarlos, los 100 años de Oscar Niemeyer han sido motivo para homenajes en distintas ciudades, una felicitación especial del convaleciente Fidel Castro, el reconocimiento de sus colegas ganadores del Premio Pritzker en un sondeo realizado por EFE y, como cereza del pastel, la condecoración como comandante de la Legión de Honor otorgada por el Gobierno de Francia el pasado miércoles.
Hombre de izquierda Oscar Ribeiro de Almeida de Niemeyer Soares, nació en Río de Janeiro, el 15 de diciembre de 1907. Fue un típico muchacho sin preocupaciones por el futuro que hasta después de su primer matrimonio, con Annita Baldo, decidió estudiar la universidad, ingresando a la Escuela de Bellas Artes de Brasil. Se graduó como ingeniero arquitecto en 1934 y entró a trabajar de gratos en el estudio del arquitecto Lucio Costa, relación que le sería especialmente fructífera dos décadas después. Tras haber diseñado con Costa el pabellón de Brasil en la Feria Mundial de Nueva York, en 1939, firmó en solitario la iglesia y el casino de Belo Horizonte, obras realizadas por invitación del alcalde Juscelino Kubitschek y que comenzaría a atraerle la atención de la crítica. Para 1947, Niemeyer viaja a Nueva York para participar, junto con Le Corbusier y otros cinco arquitectos, en la proyección de la sede de la Organización de las Naciones Unidas, que dirigió el estadounidense Wallace K. Harrison. Nueve años después, la inmortalidad tocó las puertas de Niemeyer. Sus viejos aliados, Lucio Costa y Juscelino Kubitschek, ahora presidente de Brasil, lo invitaron a hacerse cargo del diseño arquitectónico de Brasilia, la moderna ciudad capital que Kubitschek quería crear en la parte central de Brasil. Tras la gloria que significó Brasilia, Niemeyer, que desde mediados de los 40 se había unido al Partido Comunista, se convirtió en una presencia incómoda para la dictadura militar que tomó el mando del País en 1964. Se exilia en Francia por casi 20 años y crea proyectos en diversas partes del mundo, como las sedes del Partido Comunista Francés y de la editorial italiana Mondadori, el Pestana Casino Park, de Portugal y la Mezquita Estatal de Penang, en Malasia. En los 80, regresó a Brasil, para realizar proyectos que iban desde los sambódromos de Río de Janeiro y Sao Paulo, hasta el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi o el Oscar Niemeyer, de Curitiba. En esa década obtiene sus más preciados galardones: el Premio Pritzker, en 1988 y el Príncipe de Asturias, en 1989.
Ciudad utopía Sin restarle méritos a ninguno de sus edificios, dotados de una elegancia poética y una moderna plasticidad que hace olvidar que su materia prima es el concreto, la obra emblemática de Niemeyer es sin duda Brasilia. Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1987, Brasilia es una ciudad concebida desde cero en 1965, con los altos ideales de una utopía urbana donde no hubiera clases sociales. Lucio Costa se hizo cargo del diseño urbanístico, con un plano maestro en forma de avión, y Niemeyer diseñó la mayor parte de los edificios públicos. Con gran velocidad, pero sobre todo afinado oficio, Niemeyer diseñó en pocos meses decenas de edificios de las más diversas funciones: desde conjuntos de departamentos, hasta el Palacio de Alvorada (residencia presidencial), el Congreso Nacional, el Palacio de Itamaray (sede de la cancillería), el Palacio del Planalto (sede del ejecutivo) y la Catedral de Brasilia, entre otros. La reputación de Niemeyer viene de muchas de las calidades que se perciben en sus edificios de Brasilia: su audacia e imaginación, su plasticidad, su manejo prodigioso de grandes volúmenes, sus juegos de formas geométricas y curvas y su acento en la habitalidad y apertura. En ocasión del centenario de Niemeyer, el periodista español Iñaki Abalos sentencia en El País: “De Oscar Niemeyer, tras 70 años de actividad profesional y 100 de estancia luminosa en este mundo, tan sólo cabe dar testimonio de lo que a través de su figura se vio -y entendió-, y de lo que a través de su obra se comprendió y adoptó como propio. Y al hacerlo, comprobar estupefacto cómo todo menos él mismo cambia, incluida la opinión y valoración de su modernismo radiante”.
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