Estoy ordenando papeles y archivando diversa
documentación correspondiente al curso 2004-05 y rememoro ahora, a
finales del 2007, la participación en diversos actos académicos y
seminarios sobre el papel que desempeñaron diversos escritores e
intelectuales latinoamericanos no sólo en el panorama literario sino,
también, como forjadores de opinión y de influencia política tanto en la
región como en Europa.
Esta presencia se debió especialmente al azar
de una triple coincidencia. En efecto, a lo largo de 2004 se
conmemoraron diversos aniversarios de significación para la literatura
latinoamericana. El centenario del nacimiento de Pablo Neruda y de Alejo
Carpentier y el vigésimo año del fallecimiento de Julio Cortázar
motivaron los diversos ceremoniales que integran el ritual de los
aniversarios. Aquí y allá, con diferentes expresiones culturales, los
círculos académicos otorgaron contenido a reuniones científicas en torno
a la vida y obra de estos ilustres moradores del Parnaso Literario de
América.
Mi participación en estos actos -debo
confesarlo sin rubor- fue "científicamente" disolvente y
"políticamente" disidente; y mi papel, economista considerado
científico social al que le interesan todas las dimensiones de la
sociedad que no sólo es referente analítico sino, además, espacio vital
en el que nos desempeñamos como ciudadanos y como observadores
cualificados. Por tanto, nuestro interés por todos los aspectos de las
manifestaciones en sociedad, incluídas las literarias, chocó contra el
academicismo de los críticos literarios oficiales y contra la corrección
del club de los exegetas. Pero lo cierto es que la Historia, proceso de
grandes fuerzas, también se abona con las pequeñas "historias" sobre
zancadillas y mezquindades, humillaciones y comportamientos
contradictorios. Relatos y anécdotas que, a veces, se convierten
justamente en testimonios y categorías, y que se recogen en la distancia
corta, en las tertulias y en las memorias, en un epistolario recién
descubierto, en una vivencia casi olvidada. Fuentes orales,
documentales, que forman parte de una instancia que también es
pretendida monopolizar por los "hermeneutas acreditados" que actúan como
letrados de oficio en litigios ajenos. Pero esta batalla, a mi juicio,
la tienen perdida de antemano si cualquier científico social, por dispar
que sea su origen, contribuye a la mejora del conocimiento de la
sociedad sin detenerse en fronteras disciplinares artificiosas y
arbitrarias, que generan exclusión interesada y limitan el horizonte
científico y la colaboración interdisciplinar. Sería, sin duda, otra
batalla ganada contra el oscurantismo de los seudoespecialistas.
En este sentido, en mi opinión, también existe
una intrahistoria literaria, política y profesional de no menor interés
para entender algunas de las claves que ayudan a desbrozar la maraña de
inquietudes y servidumbres que subyacen en la labor creativa y que
explican las reacciones -a veces, tan sorprendentes- de quienes
reconocemos como genios literarios que nos permiten, cuando leemos su
obra, tanto recrear universos desconocidos como aproximarnos a la
realidad que constituye el entorno social, político, económico,
cultural, que circunda al autor y a su trabajo literario.
Simultáneamente, proliferan actos y cenáculos
críticos en los que apologetas oficiales y desolladores críticos
diseccionan la proyección intelectual y el anecdotario de poetas,
novelistas y ensayistas tan ilustres sin contribuir, de modo
significativo, al estímulo colectivo de lectura de una obra tan gigante
-por diferentes motivos- como la de Pablo Neruda, Alejo Carpentier y
Julio Cortázar. Es más, la aproximación a la biografía y obra de
escritores latinoamericanos que han dejado huella indeleble en la
literatura contemporánea permiten, también, contrastar algunas de las
grandezas y de las mezquindades personales y gremiales que explican la
historia no sólo del pensamiento y de la cultura sino, además, las
contradicciones, luces y sombras de la trayectoria social, política y
económica de América Latina.
Durante algunos años del gobierno militar en
Chile, la insigne revista Araucaria se publicó en Madrid y en
ella colaboraba el periodista Luis Alberto Mansilla, quien relataba, en
un reciente encuentro entre colegas y amigos admiradores de la obra
nerudiana, su infructuoso encuentro con Alejo Carpentier en 1980 para
solicitarle una entrevista. Carpentier era, entonces, agregado en la
embajada de Cuba en Paris y padecía los estragos galopantes de su
enfermedad. Sin embargo, el escritor cubano puso una condición
inexcusable para la entrevista: solamente aceptaba si se publicaba un
párrafo introductorio en el que se destacara que lo referido sobre él en
las memorias de Pablo Neruda, Confieso que he vivido, más que
injusto e injustificable era, en palabras del propio Carpentier, "una
infamia, una canallada contra un escritor de Cuba". Por supuesto,
conociendo el predicamento del poeta en su tierra natal y su
significación literaria y política, la condición no fue aceptada por la
dirección de Araucaria.
La anécdota es significativa pues no sólo
muestra la pugna entre celebridades del mismo signo que se repelen sino,
más bien, informa de un pulso personal cuyo origen se remonta a las
vísperas de la Guerra Civil española y continúa con especial acritud en
la etapa del gobierno de la Unidad Popular presidido por Salvador
Allende cuando nombra embajador de Chile en Francia a Pablo Neruda. En
París residía por entonces Carpentier pues se desempeñaba, como dije, en
la agregaduría cultural de la embajada de Cuba cuyo titular, Baudilio
Castellanos, era considerado despectivamente por el laureado poeta
chileno como "un mediocre completamente libre de toda contaminación
literaria", según testimonio de Jorge Edwards.
A quienes hemos recorrido el largo itinerario
para visitar en un devoto peregrinaje literario las diversas casas que
habitó el orfebre de "Canto General" (incluso la mansión en un
acantilado escondido de Capri frente a la costa napolitana coronada por
un Vesubio taciturno), sabemos que su presencia fue y es "excesiva". Los
"excesos" de Neruda (como incansable amante de mujeres y de disfraces,
pertinaz coleccionista de toda serie de antigüedades, fetichista
adorador de mascarones de proa, vanidoso rapsoda de timbre aflautado,
amigo de sus amigos, equidistante con sus camaradas, lector voraz y
voraz gastrónomo, así como compulsivo creador de cócteles, entre otras
actividades predilectas) eran conocidos por todos los ambientes
políticos y literarios de la época y, en buena parte, se debía a la
difusión hinchada y, en ocasiones, grandilocuente del propio Neruda
sobre algunas de sus más conocidas "hazañas" que escenificaba ante sus
incondicionales en su particular bar de Isla Negra.
Allí, ante el Pacífico infinito y entre
botellas vacías fechadas y firmadas por amigos que compartieron el vino
de la amistad en unas inolvidables veladas, Neruda relataba emocionado
cómo los viejos marineros de un puerto mexicano honraban la figura de
mujer de un refinado mascarón de proa, barnizado con temple de marfil
que hacía destacar un generoso pecho al aire como si la imagen de la
Virgen del Carmen se apareciera milagrosamente en los suburbios costeros
de Acapulco bajo la advocación de una gallarda república de Renoir.
Como en tantos casos, las características
personales de un determinado escritor -no ajeno a las vicisitudes,
fobias, filias, debilidades y complejos de todo mortal- no encajan con
la exquisita sensibilidad de su obra artística. En este sentido, la
desmesura de Neruda, incluso en sus trazos geniales, era similar a la
acidez de sus opiniones corrosivas, prepotentes y, con frecuencia,
mezquinas. Formaban parte del mismo personaje aunque sus enemistades
literarias lo consideraran un ogro narcisista con una voz monótona,
entre atiplada y mortecina, que reventaba el delicado verso de sus
poemas de amor con el sonsonete nasal de un recitado monocorde y
gallináceo.
Sin duda, Neruda fue consciente de la distancia
visceral entre apologistas y detractores no sólo del poeta sino,
también, del personaje público. No soy ajeno a este tipo de amores
literarios y artísticos turbulentos en los que la frontera entre la
pasión adolescente y el odio fraticida es una línea imperceptible. Lo
comprobé personalmente a la largo de una estancia de investigación en la
sede de Santiago de Chile de la Comisión Económica para América Latina,
en el año académico 1999-2000, cuando asistí casi diariamente a la
tertulia literaria de La Unión Española -un "café" de rancio abolengo de
la calle Nueva York en el que se servía de forma preferente vino
"borgoña con frutilla"- y varios colegas universitarios y diplomáticos
chilenos relataban toda suerte de anécdotas de y sobre Neruda, muchas de
ellas apócrifas pero que ya forman parte de la intrahistoria doméstica
de la literatura española en buena parte del siglo XX.
Lo mismo me sucedió hace algunos años cuando
tuve la oportunidad de conocer en Santiago de Compostela a José Cayuela,
agregado cultural de la embajada chilena en Madrid, quien contaba cómo,
en plena II República, se enamoró Neruda de la "casa de las flores", en
el barrio de Argüelles, de arquitectura vanguardista y feraces balcones
de los que colgaban multicolores geranios. Allí, entrando por el número
19 de la calle Gaztambide, Neruda ocupó con su compañera María Antonieta
Hagenaar, javanesa originaria de Holanda, un piso decorado con máscaras
de la India, confraternizó con sus amigos españoles y escribió una parte
de su mejor obra poética. El mismo Neruda recordaba que en la Casa de
las Flores, "la luz de junio se desparramaba sobre su terraza iluminando
el pan de la poesía".
También es cierto que Neruda anidó en estos
meses fobias y enemistades debido, con frecuencia, a motivos tan
irrelevantes como pueriles. Incluso por celos de todo tipo (casuales,
provocados) en el siempre sorprendente ambiente diplomático de Madrid en
la II República. Neruda contribuyó a esta carrera de descalificaciones,
por ejemplo, con sus testimonios contradictorios respecto al
comportamiento de la representación diplomática chilena con Miguel
Hernández. En ocasiones, Neruda acusó directamente a la embajada chilena
de insensibilidad ante la petición protección de Miguel Hernández
("nuestro pastor-poeta de Orihuela", como gustaba Neruda en presentarlo
en los cenáculos poéticos) y, en otras ocasiones, explicita por escrito
su sorpresa ante la negativa de Miguel Hernández en embarcarse hacia
América cuando las tropas franquistas cercan Madrid, una actitud
personal que le supondrá la cárcel y su prematura muerte entre rejas.