Memorialistas y desmemoria (I)
Jorge Martí
Diario de Mallorca 14 de Diciembre de 2007
En las
culturas donde la lectura está firmemente asentada, como la
anglosajona, la germánica o, aunque en menor medida, la francófona, la
llamada literatura memorialística, -dietarios, epistolarios, libros de
memorias, biografías o autobiografías- iguala o, incluso, supera la
literatura de ficción. Son culturas donde se valora el testimonio de
primera mano, escrito con corrección y cierto estilo, tanto como la
literatura de invención. Ésta última, de hecho, se alimenta a menudo
de la primera: por eso la novela histórica tradicional -me refiero a
los libros de Robert Graves, de Thornton Wilder, de Lion Feuchtwanger,
de Jean D´Ormesson, no a las chorradas templarias ni a las estúpidas
conjuras leonardescas que llenan las mesas de novedades hoy en día-
suele ser una lectura tan fiable como un estudio histórico, es decir,
fiable en la medida que podamos aceptar el punto de vista particular
del historiador y de las fuentes memorialísticas, no menos subjetivas,
en que se basa su investigación.
La cultura española menosprecia la literatura memorialística por la
sencilla razón de que desprecia la memoria. Sólo se acepta el pasado
en la medida en que nos lo cuenten edulcorado o idealizado: las
razones del éxito de una serie espantosamente revestida de miel como
"Cuéntame" -de creernos a sus guionistas, no ha habido época más
entrañable en este país que los últimos años del franquismo- son
diferentes, pero comparten una raíz común, con los motivos por los que
las fantasías patrioteras de Pérez Reverte arrasan en las listas de
los libros más vendidos. Unos nos empalagan con sus sucedáneos de
memoria colectiva; los otros, aprovechando la actual ola de
nacionalismo español, o participando activamente en ella, nos
bombardean con novelas o artículos donde se relee la Historia de
España convirtiendo al inepto de Felipe II en un gran rey o a los
asesinos que dirigían los tercios españoles de Flandes en héroes a lo
Errol Flint. Para que no me acusen de parcial, debo reconocer que
desde la orilla política opuesta también cuecen habas: la última
novela de Almudena Grandes, por ejemplo, muestra exactamente el mismo
grado de manipulación y simplificación histórica, esta vez a favor del
bando republicano -que siempre me parecerá mejor, pues al fin y al
cabo encarnaba la legalidad constitucional y democrática del momento,
pero al que no hacen ningún favor histórico las soflamas incendiarias
e interesadas de nuestra novelista femenina más popular-.
En resumidas cuentas, que los votantes extremos de la derecha y de la
izquierda sólo aceptan una ficción histórica escrita a imagen y
semejanza de sus prejuicios ideológicos, mientras que la inmensidad de
votantes que se mueve entre el centro-izquierda y el centro-derecha
sólo se tragan la Historia reciente del país cuando se les cuenta
corriendo un tupido velo sobre nuestras miserias colectivas.
O nos exaltan con mentiras y medias verdades, o nos cubren los ojos
con vendas de seda, impregnadas hasta la náusea con ingentes
cantidades de melaza. Mientras tanto, las escasas publicaciones y
reediciones de libros escritos por los testigos reales de nuestra
Historia reciente apenas se venden. Pasan sin pena ni gloria por los
anaqueles de nuestras librerías.