La razón de todo esto hay que observarlo en la
historia inmediata a la dictadura. Desde el despertar
de las conciencias de los pueblos que tuvo lugar
durante el romanticismo (ss. XVIII-XIX) muchos fueron
los pueblos que comenzaron su lucha por la
auto-determinación, de manera violenta o pacífica. Es
a partir de entonces, más o menos, cuando las tierras
de Cataluña, País Vasco, Galicia y otras comienzan a
considerarse como naciones (desde el romanticismo se
viene diciendo que es la lengua la que constituye a un
pueblo, frente a la noción más improbable y dañina de
raza). Surgirán partidos reivinidicativos en todo el
país, bastante conservadores al principio. En la
Segunda República obtuvieron el estatuto de autonomía
Cataluña y País Vasco, pero el golpe de estado de los
generales en 1936 truncó durante décadas esta
pretensión, y los líderes nacionalistas fueron
perseguidos con la misma saña que los líderes
comunistas y anarquistas.
Para entender todo esto hay que entender esta
confrontación ideológica que ha existido desde que la
primera región quiso alzarse frente la cohesión:
curiosamente fueron Castilla y Valencia (porque las
Islas Canarias fueron conquistadas por la corona de
Castilla) en 1521 (comuneros y agermanados -o
agermanats-): ¿es España una unidad indivisible o, por
el contrario, una reunión de pueblos bajo un estado?
La historia, desde la Antigüedad a nuestros días,
parece dar la razón a los segundos, ya que la idea de
España como nación no surge sino hasta el siglo XVIII.
De esta manera, uno de los demonios con los que quiere
acabar el franquismo es con el separatismo,
considerado como una de las lacras junto al marxismo,
el ateísmo y la masonería. Por esa razón el lema de la
dictadura fue "Una, grande y libre": el modelo de
cultura y lengua impuesto sería el castellano (pero ni
tan siquiera éste, sino una versión idealizada,
inspirada en el idealizado y sobrevalorado "Imperio
español"). No obstante, contra la tendencia
generalizada de consideración, el régimen respetó las
que él llamaba "peculiaridades históricas y
regionales" de las regiones de España: en primer
lugar, no estuvieron totalmente prohibidos los idiomas
hoy cooficiales, llamados entonces vernáculos, aunque
sí denostados frente al castellano; sí estaban
prohibidos en el uso público y en la enseñanza; se
respeta, sin embargo, en el ámbito privado-doméstico y
en las manifestaciones culturales folklóricas
regionales. En segundo lugar, el régimen -por lo menos
la dóctrina oficial- pensaba en esas "peculiaridades"
como las auténticas articuladoras de la unidad de
España: en esto tuvo una importancia primordial la
Sección Femenina de Falange y su Coros y Danzas,
dedicadas a compilar cantos y bailes tradicionales de
todas las regiones e idiomas de España; si bien dicha
labor fue encomiable, también es verdad que tuvo una
cierta función castradora al no recoger cantos muy
explícitos, especialmente de temática erótica-amorosa
y por basarse en una idea de raíz bastante falsa de lo
que pudiera ser el espíritu español.
Pero que nadie se llame a engaños tampoco: era
articular la unidad a través de la divergencia, pero
pensando siempre en la primacía cultural y política de
Castilla (por la sencilla razón de que se la considera
la cuna de España cuando Isabel de Castilla inicia la
Reconquista junto a Fernando de Aragón), y en el hecho
terminológico: "peculiaridades históricas y regionales
de las diferentes regiones" y no "manifestaciones
culturales de los pueblo y nacionalidades históricas",
idea esta mucho más constitucional. Por esta razón,
muchos de los jóvenes cantautores rechazarían el
folklore como medio de expresión, no así a su derecho
de considerarse como se consideraran.
De esta manera se puede hablar, escribir y cantar en
cualquiera de los idiomas cooficiales del estado, pero
con restricciones y siempre desde la perspectiva de
que son "peculiaridades", por lo que nunca gozarían
-en principio- de la misma publicidad que una obra en
castellano. Por esta razón, el mero hecho de cantar en
cualquier otro idioma español que no fuera el
castellano ya era recibido como un acto de rebeldía,
revestido de un romántico halo de pueblo sometido,
pero siempre dependiendo de lo que se cantase (por
supuesto, y sin el más mínimo juicio de valor, no
podía considerarse acto de reafirmación de la
identidad cosas como la versión en euskera de la
canción de Salomé, a André do Barro o a, por mucho que
quisiera, Juan Pardo).
Es pues en este ambiente en el que la Nova Cançó
Catalana da el pistoletazo de salida a una canción
escrita en otro idioma que no fuera el castellano. Las
premisas de la Nova Cançó fueron rescatar, prestigiar
y reivindicar la lengua catalana frente a la lengua
oficial, en diversas ocasiones recurriendo a los
grandes poetas catalanes. El ejemplo catalán sería
seguido por los vascos al formar la Euskal Kanta
Berria y, después, por los gallegos en la Nova Canción
Galega, pero también por los castellanos en Canción
del Pueblo (la Nueva Canción Castellana, como se la
dio en llamar, era más un truco publicitario) y por
otros a lo largo de la década de los 60 y 70: Canción
Aragonesa, Canciú Mozu Astur, Canción Canaria,
Manifiesto Canción del Sur, junto a otras propuestas
músico-regionales algo más minoritarias (el Nuevo
Flamenco era una reivindicación más musical y de clase
que regional), pero igualmente interesantes. Aunque,
por supuesto, a Canción del Pueblo le faltaba una de
las premisas que sí tenían evidentemente las nuevas
canciones catalanas, vascas y gallegas: todo aquello
respecto a la lengua, ya que era imposible sin
revestirse de hipocresía e incluso de reaccionarismo
pretender una reivindicación del lenguaje castellano.
Por supuesto, las asociaciones y manifestaciones de
cantautores en castellano fuera de Madrid y de
Castilla, todavía podían reivindicarse sus dialectos
como forma de expresión: el canario, el andaluz, y muy
especialmente el asturianu y el aragonés (por
supuesto, no me meto en si son lenguas o meros
dialectos: no soy filólogo y mi opinión queda a
discrección).
Así pues, los vascos, gallegos y catalanes arrancaban
con algo a su favor en relación a la reivinidicación
nacional/ regionalista: el lenguaje; cada vez que
alguien cantaba en alguno de estos idiomas expresaba
su derecho a hablarlo y a su identidad como pueblo
(repito: con excepciones, especialmente cuando durante
un tiempo se puso de moda cantar en gallego; de
ninguna manera podemos poner a la misma altura el
"Canto a Galicia" de Julio Iglesias que el "Ti Galiza"
de Miro Casabella). Esto que para ellos era una
ventaja en la apreciación de fuerza poético-musical
anti-franquista, pero no así en la difusión, era
justamente lo contrario para los cantautores en
castellano a primera vista. Hay que insistir en que
todas las tierras de España sufrieron la misma
represión, si bien en las tierras con otra lengua tuvo
ese aliciente represor, aunque, no obstante, la
represión en Euskal-Herria fue mayor, tal vez no sólo
por el terrorismo.
Por esta razón, fueron muchos los cantautores y grupos
de lengua castellana los que encontraron precisamente
en el folklore regional la vía de manifestar su
sentimiento de pueblo, aunque al principio fuera sólo
la mera interpretación de temas tradicionales por
parte de Joaquín Díaz. La música folk, a finales de
los 70, se constituye como un arma eficaz de
reivinidicación regional: Joaquín Díaz, por supuesto,
en Castilla (aunque al principio tuviera que sufrir el
sanbenito de reaccionario) y Nuestro Pequeño Mundo, al
que también seguirían los grandes grupos de folk
castellano: Jubal, Vino Tinto, Carcoma y,
especialmente, Nuevo Mester de Juglaría; en Canarias,
en 1967, arranca desde lo que fue una estudiantina el
grupo canario Los Sabandeños, al que le seguirían
Verode, Chincanarios, Taburiente y otros. La música
folk se va politizando, y así, a finales de los 60,
aparecería el 1er gran LP de reivindicación regional:
Los Comuneros, de Nuevo Mester de Juglaría,
basado en el poema de mismo título de Luis López
Álvarez. A él le seguirían otros grandes LPs
monográficos como La cantata del Mencey loco de
Sabandeños, o Quan el mal ve d'Almansa de Al
Tall, junto a otros como El anarquismo andaluz
de Luis Marín o Andalucía: 40 años del cantaor
José Menese y muchos más, por lo menos casi uno por
región. Así pues, cada región tuvo, por lo menos, un
cantor/ grupo reivindicativo, o incluso una sola
canción: Daniel Vega le cantaba a Cantabria; Carmen,
Jesús e Iñaki insistían en que La Rioja "existe, pero
no es"; Pablo Guerrero llenó el pabellón del Olympia
con su acento pacense al cantar "Extremadura"; Paco
Muñoz: "Què vos passa, valencians?" o Raimon con
aquellos "Quatre rius de sang", cuatro ríos de sangre
que hacen referencia a la cuádruple llama que adorna
la bandera de las tierras que antaño integraron la
Corona de Aragón (siendo ésta casi su única canción de
corte regionalista, pese a lo que digan ciertos
detractores). Así pues, las regiones españolas, a
mediados de los 70, eran un hervidero de cantantes y
grupos que reivindicaban sus raíces, sus culturas, su
derecho de autonomía o incluso su independencia.
Respecto a los Països Catalans es importante dejar una
cosa clara: aunque se expresaran generalmente en
catalán, si uno inspecciona sus letras descubre que
aproximadamente sólo el 1% de ellas tiene una letra
que pueda llamarse regionalista, nacionalista o
independentista; son incluso casos muy puntuales como
el "Quatre rius de sang" de Raimon, "A Alcoi" de Ovidi
Montllor, algunos temas de Llach, las versiónes sobre
"Els Segadors" (himno nacional de Cataluña) que
respectivamente realizaron Marina Rossell y Rafael
Subirachs... siendo ya en los 70 cuando se produciría
la canción propiamente llamada regionalista con
-además de Rossell y Subirachs- de mano, generalmente
de grupos folk: los ibicencos Uc y los valencianos Al
Tall, pero también Paco Muñoz o María del Mar Bonet ("Cobles
de la divissió del Regne de Mallorca"), mientras que
en el caso de los vascos, los gallegos e incluso los
castellanos y canarios, la reivindicación regional
estaba prácticamente desde el principio, y, por otro
lado, el porcentaje de estas canciones queda bastante
por debajo del porcentaje de canciones regionalistas
andaluzas, por ejemplo.
A pesar de todo este hervidero regionalista y
nacionalista, siempre hubo sitio para la solidaridad
entre los pueblos; y si hablamos de solidaridad, uno
de los maestros es Raimon, que dedicó dos canciones al
País Vasco ("País Basc" y "A un amic d'Euskadi") y
otra a Madrid ("18 de Maig a la Villa"); también Elisa
Serna, castellana de nacimiento, le dedicaba una
hermosa canción a su "querido catalán"; o Imanol, que
comparaba en igualdad las penurias de la emigración de
los castellanos al País Vasco y, al revés, de los
vascos a Castilla, en aquel "Euskadin Castillan bezala"
("Tanto en Euskadi como en Castilla") o, aquel texto
de Telesforo Monzón que cantaba Urko, "Gure lagunei",
en el que hacia la mitad comienza a cantar en
castellano: "Soy un hijo de Extremadura", en homenaje
a "Txiki", o más reciente del mismo autor "Galizia
zuretzat" (para ti, Galicia). Aunque, bien es cierto,
que muchas de las poesías y canciones hablaran mal de
Castilla ("Dios te guarde de Castiella", de los
asturianos Nuberu, por ejemplo), siempre se habló de
ello como símbolo del centralismo y de la unión a la
fuerza, y nunca contra los castellanos o las tierras
de Castilla.
El mejor ejemplo de toda esa solidaridad inter-cultural
fue la concepción de hermandad ibérica de cantores: el
Festival reunía bajo sí a los cantantes y grupos de
todas las regiones españolas, pero también de Portugal
y de todos los países latinoamericanos. El II Festival
de la Canción Ibérica en 1971 reunió, entre otros, a
Paco Ibáñez, María del Mar Bonet y al portugués Jose
Afonso:

Más ejemplos de aquellos festivales solidarios fueron
la malograda "Trovada dels Pobles" en Valencia:
suspendida por la gobernación civil por la presencia
de banderas "ajenas" al festival, en el que sólo se
podía exhibir la recién aprobada bandera de la
Generalitat Valenciana. La prohibición tuvo lugar
después de que un joven, justo antes de la actuación
de la cantautora vasca Lupe, subiera de improviso al
escenario agitando una ikurrina, entonces ilegal:

Desenlace más feliz tuvo El Festival de los Pueblos
Ibéricos, que tuvo lugar en 1976 en la Universidad
Autónoma de Madrid, al que acudieron Benedicto y
Bibiano por Galicia; Labordeta y La Bullonera por
Aragón; Raimon por Valencia; Pi de la Serra por
Cataluña; La Fanega y Julia León por Castilla; Manuel
Gerena (el único que bebió alcohol, porque aquello con
Fanta no funcionaba) por Andalucía; Carmen, Jesús e
Iñaki por La Rioja; Mikel Laboa por Euskal-Herria;
Pablo Guerrero por Extremadura...; además de la
presencia de Isabel y Ángel Parra por Chile, y de
Fausto y Vitorino por Portugal. En aquel festival no
hubo límite en la presencia de banderas: senyeras,
ikurrinas, pendones morados, banderas castellanas,
gallegas..., también del Sáhara: aquello demostró que
los pueblos de España querían su poder para regirse
ellos mismos al mismo tiempo que entre ellos había una
gran amistad y solidaridad.

(Actuación
de Manuel Gerena, que queda cubierto por su
guitarrista, Pepe "el Habichuela").
Hoy en día, en el que cierto locutor de radio,
amparado por el manto de la jerarquía eclesiástica,
puede darse el lujo de verter mentiras flagrantes
sobre el euskera, o un presentador o un político
demagogo denosta el exacto y aprobado término
filólogico de Euskal-Herria o Països Catalans, en el
que ciertos términos tales como pueblo,
autodeterminación o nación (palabra ésta que a mí,
particularmente, no me gusta) están o denostadas o
sobrevaloradas por ambos extremos; en los que te dan
la espalda en algunos lugares por venir de Madrid,
debiéramos recordar y tomar ejemplo de aquellos días,
en los que había muchas reivindicaciones regionales,
pero también una tremenda solidaridad entre todos los
pueblos que conforman este país. Era entonces formar
la unidad desde la diversidad:

(Raimon habla con Benedicto; en 1er
plano Miro Casabella: Festival de los Pueblos
Ibéricos
-Arquivo Gráfico e
Documental de Voces Ceibes-)
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