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presencia. Juan Carlos «El Rey» |
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El eterno retorno del lujo Jorge
Lozano
En Lujo y capitalismo Werner
Sombart definirá el lujo como «todo dispendio que va más allá de
lo necesario», escueto reme do de lo que se dice en la célebre
fábula de las abejas de Mandeville.
Demasía en el adorno, en la pompa (no es
gratuita la expresión «pompas fúnebres») y en el regalo, el lujo
(luxus en latín) se emparenta con lujuria, sea como
exuberancia sea como libertinaje (lujo asiático, cuyo estilo se
opondría al ático, caracterizado por la simplicidad), y aun con
luxación, dislocación que supondría desvío y estar
fuera de lugar.
Algunos hicieron una apología del lujo (Voltaire
por ejemplo); otros lo desdeñarían (Rousseau dirá «qué nace del
odio y de la vanidad »), y habrá quien, como Hume, destaque «un
gran refinamiento en la justificación de los sentidos».
El lujo es doble: superfluo y necesario,
ostentoso y exquisito, indica la dignidad y el exceso
desordenado. Tiene que ver con la exuberancia y con el
sacrificio, con el regalo y con la humillación. Y con la muerte
(y con la pena), como muestra el luto y el adjetivo, derivado
del sánscrito, «lúgubre».
También vinculado a la concepción del lujo
hallamos el consumo ostentoso (Veblen), que aquella clase ociosa
practicaba frenéticamente en su afán por exhibir su rango, su
patrimonio y su nula disposición a realizar trabajo alguno, y
que se concretaba en diversiones gozosas que la emparentaban con
el potlatch -ceremonia de rivalidad para conseguir
prestigio mediante la ofrenda de grandes regalos que obligan al
donatario a responder con otros de mayor valor, de la que
existen aún hoy vestigios.
Si parece razonable que el lujo pueda ser
tildado como mínimo de superfluo, sin embargo en la sociedad
cortesana (Norbert Elias) era necesario; necesario para el
prestigio y la representación. A su vez, en tanto que parte
maldita (Bataille), el derroche, el lujo auténtico, exigiría el
desprecio cumplido de la riqueza. Un esplendor infinitamente
arruinado.
En la oposición constante y reiterada
entre lujo bueno y lujo malo, entre derroche y frugalitas,
aparece también la magnificencia, que hace del lujo
esplendor y que recuerda en luxus el refijo lux.
Si para Aristóteles la magnificencia «es una manera
inconveniente de gastar a lo grande», y para Cicerón algo
relacionado con la templanza (frugalitas), con el
decorum y con la magnanimidad, otro sentido cobrará con
personajes como Lorenzo el Magnífico o Luis XIV.
No en vano, en la voz lux de la
Enciclopédie se indica como ventajas el bienestar de
los Estados, la circulación del dinero, la reforma de las
maneras, el progreso del conocimiento y la producción de obras
de artes, la felicidad de los individuos y el poder de las
naciones.
Aunque, por otra parte, se reconoce
también las desventajas del lujo, entre las cuales figurarían la
distribución desigual de la riqueza, la destrucción del paisaje,
la migración hacia las ciudades -con el consiguiente abandono de
las zonas rurales-, el debilitamiento del coraje y el derrumbe
de los intereses públicos.
Ciertos autores sostienen hoy que el
consumo del lujo se encuentra en vías de
desinstitucionalización: el lujo otrora exclusivo, único,
auténtico, por así decir, ha bajado a la calle, manifestándose
«en serie». El lujo entraría así en una fase de democratización,
inducido más por criterios individuales que por obligación
social. De ahí que se hable de un lujo emocional.
El lujo evolucionaría con los nuevos
estilos de vida. Ya no cabría reducirlo a un objeto, sino que se
daría en el encuentro entre el objeto y la subjetividad íntima y
profunda de aquel que lo reconoce.
Por eso, no es de extrañar que en nuestros
días sigan vigentes aquellas tres palabras de Baudelaire en
Invitación al viaje: lujo, calma y voluptuosidad.
En este número de Revista de Occidente
se ha querido ofrecer del lujo un panorama
transdisciplinar, con textos de reputados representantes de la
semiótica, la antropología, la historia del arte, la literatura,
etc., que, entre otras cosas, describen las actitudes muchas
veces opuestas, que frente al lujo han mostrado los diferentes
tiempos y cullturas, con episodios tan reveladores, ya en el
siglo XX , como el de su utilización por Stalin o la aversión
teñida de una profunda misoginia, hacia él expresada por los
futuristas italianos, como puede verse en el desconocido
Manifiesto de Marinetti que aquí publicamos.
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