Corresponsales de Guerra en España. Un ejército de Poetas
Ignacio Martínez de Pisón
Instituto Cervantes
Parece
ser que toda la documentación de la Oficina de Prensa Extranjera acabó
perdiéndose. Sé de algún investigador que ha tratado infructuosamente de
localizarla en diferentes archivos, y es una lástima porque la información
allí contenida sería de gran utilidad para los historiadores que tratan de
reconstruir la experiencia de los corresponsales extranjeros durante la
Guerra Civil. La Oficina de Prensa Extranjera era el negociado oficial por
el que todo periodista o escritor extranjero estaba obligado a pasar. Allí
conseguía la pertinente acreditación y solicitaba todo aquello que pudiera
necesitar para su trabajo: guías, intérpretes, autorizaciones, pases para
el frente, entrevistas con personalidades republicanas...
Sin esa
documentación, el historiador debe recurrir a otras fuentes vinculadas a
la Oficina, y entre ellas destacan los libros autobiográficos de
Constancia de la Mora y Arturo Barea. «Connie» de la Mora, que empezó a
trabajar en la Oficina a comienzos de 1937 y no tardó en dirigirla,
recuerda en Doble esplendor la atmósfera que se respiraba en
aquellas dependencias, una atmósfera en la que la entrega y la fe de los
colaboradores trataban de compensar la improvisación generalizada y la
precariedad de medios. Pero la sección del libro consagrada a la guerra
está llena de calculados silencios, y de todo lo que cuenta sobre esa
etapa lo más interesante es su descripción del funcionamiento mismo de la
Oficina, que ejercía a la vez labores de propaganda y de censura.
Por su
parte, Arturo Barea (que acabaría detestando a Connie por su dogmatismo
comunista) quedó al frente de la Oficina de Prensa Extranjera madrileña
cuando, en noviembre de 1936, el Gobierno republicano se trasladó a
Valencia, y en La llama, tercer volumen de La forja de
un rebelde, nos dejó un pormenorizado relato de sus
experiencias de la época. Por sus páginas desfilan los nombres de algunos
corresponsales extranjeros. Aparece Ernest Hemingway presentándole a la
que sería su tercera mujer, Martha Gellhorn: «Ésta es Martita. Tratadla
bien, que escribe para Collier's. Una tirada de un
millón...». Aparece John Dos Passos, «que hablaba de nuestros campesinos
con una comprensión gentil y profunda». Aparece Josephine Herbst, que
sería una espectadora privilegiada de la ruptura de la antigua amistad
entre Hemingway y Dos Passos.
Pero el
que con más frecuencia aparece citado en el libro de Barea es el
corresponsal de Pravda, Mijail Koltsov, que en realidad
era mucho más que un simple corresponsal. El propio Koltsov no se
molestaba en ocultarlo, y en el Diario de la guerra española
alude a su participación en las reuniones que el Comisario General de
Guerra, Julio Álvarez del Vayo, mantenía diariamente con sus cinco
subcomisarios. Y Barea le recuerda entrando en la Oficina para dar órdenes
tajantes y emitir amenazas que no podían ser ignoradas: «¡Esto es una
vergüenza! ¡Quienquiera que sea el responsable de esta clase de sabotaje
merece que le fusilen!». ¿Qué demonios pintaba un corresponsal en las
reuniones del Comisariado General de Guerra? ¿Y de dónde procedía su
autoridad?
La
respuesta es sencilla: aunque acreditado oficialmente como simple
periodista, Koltsov era uno de los principales agentes de Stalin en la
España republicana, y sus compadreos con Álvarez del Vayo encuentran su
explicación en el acendrado filocomunismo de este último. Estalinista
hasta la médula, Koltsov tendría el mismo final que muchos de los
soviéticos que pasaron por España: el propio Stalin ordenó su
encarcelamiento y su ejecución, y al parecer esto ocurrió poco después de
que Pravda publicara una elogiosa reseña de su Diario de la
guerra española, también poco después de que coincidiera en una
función del Bolshoi con Stalin y éste le invitara a compartir su palco.
Un
retrato de Koltsov más favorecedor que el ofrecido por Barea es el que
Hemingway nos presenta en Por quién doblan las campanas,
donde Koltsov aparece bajo el nombre en clave de Karkov: para Robert
Jordan, protagonista de la novela, «era el hombre más inteligente que
había conocido», y «tenía más talento y más dignidad interior, más
insolencia y más humor que cualquier otro hombre que hubiera conocido».
Desde luego, Koltsov inspiraba al novelista norteamericano bastante más
simpatía que el otro gran corresponsal soviético, Ilya Ehrenburg, enviado
de Izvestia, a quien dibuja como «un hombre de mediana
estatura, de cara pesada y grisácea, grandes ojos hinchados, belfo
prominente, con voz de dispéptico», que acepta con ingenua credulidad
todas las afirmaciones de Dolores Ibárruri. «Ha sido para mí», dice
Ehrenburg en la novela de Hemingway, «uno de los momentos cumbres de la
guerra, cuando la he oído hablar con esa voz magnífica en que se mezclan
la piedad, la compasión y la sinceridad. La bondad y la sinceridad
irradian en ella como de una verdadera santa del pueblo. Por algo la
llaman La Pasionaria».
Ehrenburg y Hemingway son precisamente dos de los visitantes de la Oficina
de Prensa que con más frecuencia aparecen citados en las memorias inéditas
de Kate Mangan, una treintañera inglesa que a comienzos de 1937 llegó a la
España republicana buscando a su novio (voluntario de las Brigadas
Internacionales) y que hasta junio de ese año trabajó en la Oficina
valenciana. Mangan menciona también a Dos Passos, a Egon Erwin Kisch, a W.
H. Auden... Este último, enviado especial de una emisora de radio, ayudó a
Mangan a traducir al inglés un discurso de Manuel Azaña que sus superiores
en la Oficina le habían encargado transcribir.
Es
posible que otros colaboradores de la Oficina de Prensa hayan dejado
escritos sus recuerdos de aquella época, pero yo no tengo noticia de más
casos. He tratado, eso sí, a algunas personas que frecuentaron aquellos
despachos, y gracias a eso he conocido el dato, para mí novedoso, de que
entre los escritores que pasaron por allí estaba también Margaret
Mitchell. ¿Se conoce algún escrito de la autora de Lo que el viento se
llevó sobre la guerra española?
Probablemente sea eso lo que deba importarnos: los escritos que unos y
otros dejaron sobre la contienda. Si no disponemos de un inventario
completo de nombres, sí podemos elaborarlo siguiendo las pistas que unos y
otros dejaron en sus textos. Eso es más o menos lo que en su momento hizo
José Mario Armero, quien en España fue noticia ofreció un
exhaustivo listado de los corresponsales que escribieron sobre la guerra,
tanto desde la zona republicana como desde la nacional, tanto aquellos
cuyos nombres nos resultan conocidos por sus actividades literarias como
los anónimos, los simples profesionales del periodismo. Y algo no muy
distinto es también lo que, trenzando los relatos de unos y otros (y
agregándoles los de antiguos brigadistas), hizo Peter Wyden en La
guerra apasionada. Entre estos dos libros, el de Armero y el
de Wyden, se establece un fecundo diálogo. Un diálogo asimismo inevitable,
porque algo semejante ocurre con todos los libros que tratan de la Guerra
Civil, y en ellos no es difícil rastrear las muchas vías por las que se
comunican: un libro conduce a otro, y éste a otro más, y así
indefinidamente hasta que vemos que ante nosotros ha acabado tejiéndose
una tupida red de peripecias, ilusiones y sinsabores.
Un
ejemplo. El texto más conocido que W. H. Auden escribió sobre la guerra
fue el poema «Spain», cuyos derechos de autor sirvieron para costear la
compra de ayuda médica. Pero para saber de las actividades de Auden en
España resulta bastante más útil acudir a Cyril Connolly, que viajó como
corresponsal del New Statesman y coincidió con él en Valencia y
Barcelona (en esta ciudad pasearon juntos por los jardines de Montjuïc, y
Auden fue a orinar detrás de un seto, lo que hizo que fuera inmediatamente
detenido por dos milicianos «muy indignados ante este abuso de la
propiedad pública»). Al mismo tiempo, para saber de las andanzas de
Connolly no basta con leer sus crónicas (como la titulada «Barcelona», en
la que deja constancia de la división entre los partidos republicanos), y
conviene echar un vistazo a su correspondencia con su amigo de infancia
George Orwell, autor del clásico Homenaje a Cataluña, en
el que dio testimonio de la represión desatada en la primavera de 1937
contra poumistas y anarquistas. Asimismo, los motivos que llevaron a
Auden, Connolly y Orwell a viajar a España serían difíciles de comprender
para alguien que no se detuviera a leer Un mundo dentro del mundo,
las interesantísimas memorias del poeta Stephen Spender, que visitó
nuestro país para asistir al Congreso de Escritores en Defensa de la
Cultura.
Otro
ejemplo. «Cuando caía la noche de esos húmedos y fríos días de espera,
Chicote era el lugar donde encontrar compañía, conversación y más rumores
sobre la ofensiva.» La frase podría pertenecer a alguna de las crónicas
que Hemingway escribió para la NANA, la North American News Agency. Su
autora, sin embargo, fue Martha Gellhorn, que seguramente compartía con
Hemingway esas veladas en Chicote del mismo modo que compartían el peligro
de los bombardeos y las visitas a la primera línea del frente: «Allí
estaban los altavoces. Por la noche, un bando u otro ofrecía a los
soldados de aquellas trincheras un programa de música y propaganda... Esta
noche le tocaba al enemigo. Una voz radiofónica ampulosa y engolada
comenzó a decir: “El caudillo, el único líder de España, está dispuesto a
dar su sangre por vosotros... Franco, Franco...”». En Madrid los
corresponsales solían alojarse en el Hotel Florida, en la plaza de Callao,
y ese hotel, junto al bar Chicote y al restaurante del Hotel Gran Vía,
formaba parte de las rutinas de Gellhorn, de Hemingway, de Dos Passos...
La figura de éste, aunque deformada, se reconoce con facilidad en algunas
de las crónicas que Hemingway enviaba desde el rascacielos de la
Telefónica, que era donde estaban Arturo Barea y su Oficina de Prensa
Extranjera. Y en las crónicas de Dos Passos para Esquire puede
rastrearse el episodio que provocó la ruptura de relaciones con Hemingway,
el asesinato de su amigo y traductor José Robles (un episodio que muchos
años después reaparecerá en su novela póstuma Century's Ebb,
con Hemingway de personaje secundario). Pero para hacerse una idea cabal
de cómo fue esa ruptura habría que leer The Starched Blue Sky of Spain,
en el que Josephine Herbst rememora la fiesta de las Brigadas
Internacionales en la que se produjo el definitivo enfrentamiento entre
los dos novelistas... Está claro: unas lecturas remiten a otras, y éstas a
otras y a otras...
Dorothy
Parker viajó a Valencia a comienzos de 1938 y desde allí envió al New
Yorker una crónica en la que un soldado republicano se quejaba de que
su mujer ni siquiera tenía hilo con el que remendar la ropa raída de sus
hijos. Evidentemente, la escritora norteamericana intentaba de ese modo
sensibilizar a la opinión pública de su país acerca de las acuciantes
necesidades de la España republicana. En Hemingway y en Gellhorn y en los
otros corresponsales que precedieron a Dorothy Parker resulta también
perceptible ese afán por contribuir a la victoria republicana: su trabajo
como periodistas es inseparable de su misión como propagandistas.
Para
entender este fenómeno basta con recordar cómo estaban las cosas en 1936,
con el fulgurante ascenso del nazismo como tenebroso trasfondo histórico.
Su creciente expansionismo era observado con alarma por los intelectuales
de Europa y América. Ante una amenaza como aquélla nadie podía quedarse
cruzado de brazos, y el estallido de la guerra en España se presentó como
la primera gran batalla que debía librarse contra el fascismo
internacional. Todos parecían de acuerdo en que no había que escatimar
esfuerzos para derrotarlo. Eso explica la intensa oleada de solidaridad
que desde el primer momento concitó la causa republicana, una solidaridad
que se volvió apremiante cuando la Italia fascista y la Alemania nazi
salieron en apoyo de los militares rebeldes mientras las potencias
europeas se desentendían de la suerte que pudiera correr la desvalida
República española.
En una
situación como ésa no puede extrañar que el compromiso de los
intelectuales con la República fuera con frecuencia más allá del simple
envío de crónicas. Ahí está el ejemplo del propio Hemingway, que junto a
otros escritores fundó una productora con la que realizar el documental de
propaganda Tierra española, que se esforzó por recaudar
fondos para la causa, que en su campaña contra la neutralidad
estadounidense llegó a reunirse con el presidente Roosevelt...
Ahí está
también el caso de André Malraux, sin duda uno de los escritores que más
tempranamente se movilizaron para reclamar el apoyo internacional al
régimen republicano. Muy pocos días después de producirse la rebelión
militar, Malraux dedicaba su tiempo y energías a comprar aviones y
reclutar pilotos para organizar una escuadrilla que debía consolidar la
hegemonía aérea republicana. El propio Malraux, habilitado como coronel,
acabaría dirigiendo personalmente la Escuadrilla España (lo que no deja de
ser sorprendente, dado que lo desconocía todo sobre aviación), y su
versión de la contienda quedaría inmortalizada en la novela La
esperanza y la película Sierra de Teruel, cuyo rodaje
se llevó a cabo cuando el avance de las tropas nacionales se había vuelto
ya imparable. Novelistas convertidos en hombres de acción, sólo podría
hacerse una objeción al sincero y ardiente compromiso de Hemingway y
Malraux con la causa republicana: su vanidosa y deliberada búsqueda de
protagonismo, esa afición suya a posar ante las cámaras fotográficas como
héroes de la libertad (motivo, por cierto, de la inquina que mutuamente se
profesaban). Pero entre los escritores extranjeros que arriesgaron sus
vidas por la República española no faltaron los héroes puros que en todo
momento rehuyeron el exhibicionismo. Destacan entre ellos los que
renunciaron a utilizar sus armas naturales, las palabras, para empuñar las
otras armas, las de verdad. Y, por supuesto, brilla con luz propia la
figura de George Orwell, quien, en Homenaje a Cataluña,
proporcionaría un desapasionado y poco esperanzador recuento de sus
experiencias en España.
Otro de
esos escritores fue el alemán Gustav Regler. Éste, amigo de Mijail
Koltsov, viajó pronto a España, y en Albacete se incorporó a las Brigadas
Internacionales y fue nombrado comisario político de la brigada del
general Lukács, nombre bajo el que se escondía la identidad de otro
escritor, el húngaro Mata Zalka, que había publicado un libro de relatos y
planeaba una novela sobre la guerra española. Junto a Lukács, Regler
intervino en la batalla del Jarama, y particularmente en la defensa del
puente de Arganda, que inspiraría a Hemingway uno de los episodios
centrales de Por quién doblan las campanas. Algo después Lukács y
él emprendieron un viaje en automóvil por tierras aragonesas, y un
bombardeo acabó con la vida del general y causó gravísimas heridas al
propio Regler, quien pese a todo seguiría luchando por la República hasta
que la derrota se consumó.
Tampoco
debe caer en el olvido el nombre de John Cornford, poeta inglés de veinte
años que llegó a España como enviado del News Chronicle y no
tardó en cambiar la máquina de escribir por la ametralladora. Durante el
verano del 36 peleó en el frente de Huesca con las milicias del POUM, y en
septiembre tuvo que ser repatriado a causa deuna grave enfermedad. Regresó
en noviembre e, incorporado ahora a las Brigadas Internacionales,
participó en la defensa de la Ciudad Universitaria madrileña y en los
combates en torno a la localidad andaluza de Lopera, donde un disparo
acabó con su vida. Ese mismo día había cumplido veintiún años.
«De
todas las historias de la historia, sin duda la más triste es la de
España, porque termina mal», dice el conocido poema de Jaime Gil de
Biedma. La Guerra Civil fue una de esas tristes historias de la historia,
una de esas historias de España que terminaron mal. Y sin embargo habría
terminado todavía peor si no hubiera sido por aquellos hombres y mujeres
que vinieron a participar en aquella gran epopeya colectiva. Algunos
dejaron aquí su vida, otros sólo una parte, y ni siquiera esa generosidad
en el esfuerzo y el sacrificio bastó para conseguir el propósito de salvar
la República española y, por ende, defender el mundo y la civilización
frente a la amenaza del fascismo. Pero, al menos, el ejemplo que dieron de
grandeza y solidaridad sirvió para que las generaciones posteriores
dispusieran de nos cuantos motivos más para reconciliarse con su propia
condición de personas. Entre muchas otras cosas estaba en juego la
dignidad humana, y eso sí que pudo ser salvado por aquel memorable
ejército de novelistas y poetas.