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Los ultras del poder y la reconquista de la Unam
El 6 de febrero, las botas castrenses pisaron una vez más el campus
universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
violando
por segunda vez su autonomía. El presidente Ernesto Zedillo asumió
la
total
responsabilidad por la decisión, igual que Gustavo Díaz Ordaz en
los
aciagos
días de 1968, que culminaron con la masacre de Tlatelolco. Ahora no
hubo
muertos pero, como entonces, la intención fue acabar por la fuerza
con una
huelga estudiantil que comenzó hace nueve meses y medio.
Carlos Fazio
Desde Ciudad de México
La policía militarizada no encontró armas ni rastros de la
guerrilla en la
UNAM, como había denunciado el gobierno. Sólo cuatro cócteles
molotov y
dos
plantitas de marihuana. No obstante, casi un millar de estudiantes
detenidos
fueron acusados de "terroristas". La movilización volvió a las
calles. El
miércoles 9, más de 100 mil personas formaron un río humano de más
de
cuatro
kilómetros e inundaron el Zócalo capitalino con una sola demanda:
la
libertad de todos los presos políticos; la de los estudiantes
presos.
Ese día, los agentes de la Policía Federal Preventiva habían
entregado las
instalaciones de la universidad al rector Juan Ramón de la Fuente.
¿Qué
vendrá? Nadie sabe. La comunidad universitaria está fracturada,
dividida.
Es
un año electoral, y a nadie escapa que detrás del conflicto siempre
estuvo
la larga mano del gobierno y del pri, el partido oficial.
LA MENTIRA COMO MÉTODO. Era domingo. Al alba, 2.400 agentes
uniformados
cercaron la Ciudad Universitaria y avanzaron en formación,
"peinando" el
territorio universitario en busca de jóvenes huelguistas. Saldo:
más de
700
estudiantes detenidos. Fue una exitosa operación quirúrgica.
"Pulcra y
eficaz", la consideró el ministro del Interior, Diódoro Carrasco.
La
comandó
un almirante que en el pasado fue jefe de los servicios de
inteligencia
del
gobierno. La ejecutaron miembros de un cuerpo paramilitar creado
para
combatir al crimen organizado; rubro en el que no se le conoce
hazaña
alguna.
La acción de la justicia fue expedita: los cargos de terrorismo,
motín,
asociación delictuosa y otras barbaridades convirtieron a los
jóvenes
interlocutores del rector en la mesa de diálogo, en simples
"terroristas
subversivos" de la noche a la mañana. Así, un movimiento que luchó
durante
más de nueve meses en defensa de la educación pública y gratuita,
se
transformó en un grupo delictivo y pasó a ser "enemigo del Estado".
Un
despropósito.
Las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México -la
más
grande de América Latina y de reconocida capacidad académica-
lucían las
banderas rojinegras de huelga desde el 20 de abril de 1999, cuando
estalló
el movimiento estudiantil a raíz de la decisión del rector de
imponer un
alza de los aranceles universitarios, como eje de una reconversión
educativa
de cuño neoliberal.
Ese fue el origen del conflicto: los afanes privatizadores y
electoreros
detrás de las intenciones reformadoras, autoritarias e ilegítimas
del
rector
Francisco Barnés y el gobierno zedillista. Las necesidades
financieras del
escandaloso y multimillonario rescate bancario, convertido en deuda
pública,
se comieron el gasto social del presupuesto federal, y las
autoridades
económicas decidieron el recorte de subsidios a los centros de
educación
superior, básicamente la UNAM y el Instituto Politécnico, además
del alza
de
cuotas.
Se trató de una privatización embozada de la universidad y la
eliminación
paulatina y programada de la educación pública y gratuita según
recomendación del Banco Mundial, que pretende transformar los
derechos en
servicios pagos. El proyecto de una universidad-empresa al servicio
del
gran
capital. Una UNAM despojada de su función social y transformada en
un
shopping center. Un supermercado del siglo xxi; una trasnacional
del saber
cuya formación esté orientada sólo por la "mano invisible" del
mercado.
Como
señaló Adolfo Gilly, los tecnócratas de rectoría "quieren
subordinar los
derechos al mercado: quienes pueden pagar tienen servicios
asegurados, no
derechos; quienes no pueden, tienen en ciertos casos
asistencialismo para
pobres, y en otros, nada".
Los estudiantes salieron a las calles a protestar contra ese
proyecto de
universidad elitista. Y chocaron contra la cerrazón del gobierno.
Durante
meses, y echando mano de la prensa, la radio y la televisión, la
población
fue bombardeada por una propaganda masiva y apabullante. A través
de los
medios masivos de comunicación, como repetidores de la "verdad"
oficial,
se
vulgarizó la idea de que el conflicto de la UNAM se había
empantanado
debido
a la "intolerancia" de una "minoría radical" del Consejo Nacional
de
Huelga
(cnh) -a la que se le endilgó el mote de "ultras"- que no quería
dialogar
y
mantenía "secuestrada" a la universidad. El mensaje final que se
metió en
la
cabeza de la gente fue que los huelguistas eran unos jóvenes
"mariguanos",
sucios y terroristas -violentos y subversivos- a los cuales había
que
aplicarles toda la fuerza del Estado. Y así fue: la violación de la
autonomía universitaria por la policía militar, el 6 de febrero, se
hizo
en
nombre del famoso Estado de derecho y mediante "trámites legales
impecables", según la apreciación del presidente Zedillo.
La teoría de la conspiración. En ese contexto, la información sobre
el
conflicto de la UNAM se convirtió en una mercancía sometida a las
"leyes"
del mercado total, y no a otras reglas como podrían ser las
derivadas de
criterios cívicos o éticos. El que paga manda y no importa que el
mensaje
esté construido sobre la mentira y los falsos testimonios. O sobre
la
teoría
de la conspiración, como ocurrió en este caso. Si todos los mass
media
dicen
que algo es verdad, es verdad, incluso si es falso: los "chavos" de
la
UNAM
son "terroristas", afirmó el gobierno. "Son terroristas",
repitieron a
coro
los comunicadores del Estado. Los medios crucificaron antes a los
jóvenes
huelguistas y después vino la justicia instantánea; expedita y
vengativa.
Ejemplar y paralizante. Para meter miedo. Igual que en Chiapas: los
indios
culpables.
Estudiantes e indios "atentan" contra la seguridad pública, fue la
consigna.
Son un "peligro" para la seguridad nacional. Entonces se lanzó
contra
ellos
a militares y policías. Después vino la razón de Estado y su
remedio: una
justicia clasista.
La "noticia" fue que la UNAM había quedado inmovilizada por un
"grupúsculo
de vándalos", una "minoría de seudoestudiantes" que "secuestraron"
y
tomaron
de "rehén" a la institución y a los "verdaderos" estudiantes. Se
machacó
que
esos "holgazanes" fueron manipulados por "agitadores" y "agentes
externos",
entre quienes los servicios de inteligencia identificaron a
colaboradores
cercanos de Cuauhtémoc Cárdenas, funcionarios del Partido de la
Revolución
Democrática, y a supuestos guerrilleros clandestinos del ezln, del
epr y
hasta de... Sendero Luminoso.
Satanizado por los noticieros de televisión y los comentaristas
radiales
de
mayor rating, el movimiento huelguista se transformó en un grupo de
facinerosos, amantes de la violencia, integrado por jóvenes
irracionales e
irresponsables. Y de nuevo, como en los tiempos de Díaz Ordaz,
apareció el
fantasma de la conjura y la "subversión externa". Por extensión,
los
"agitadores externos" (Cárdenas, el prd, exalumnos y académicos
disidentes,
presuntos guerrilleros) fueron identificados como "violentos" y
"desestabilizadores". La más pura lógica del salinismo: el prd
siempre ha
tenido fines inconfesables y es culpable de todo lo que sucede en
México.
La
coartada ideal para que el partido de Estado, el pri, que lleva 70
años
monopolizando el poder, pueda reeditar, de cara a los comicios del
2 de
julio de este año, "el voto del miedo" que llevó a Ernesto Zedillo
a Los
Pinos hace seis años.
La misma técnica de intoxicación y desinformación desplegada por el
exsecretario de Gobernación y actual candidato del pri a la
presidencia,
Francisco Labastida, para el conflicto de Chiapas. La misma lógica
contrainsurgente aplicada contra los indígenas rebeldes. La misma
estrategia
de dejar pudrir los conflictos. La idéntica perversión de enfrentar
a
estudiantes contra estudiantes, que reproduce la táctica chiapaneca
de
oponer a indígenas contra indígenas.
Al igual que en la cruzada antizapatista de Labastida, en la
campaña de
saturación desarrollada en los medios contra el movimiento
estudiantil
apareció otra forma de criminalización de la pobreza, con eje en
"las
fuerzas externas" (equiparables a "los extranjeros" en Chiapas). En
las
categorías del poder, las fuerzas externas y los extranjeros son
los que
no
están de acuerdo con el proyecto hegemónico; los que se ubican
allende las
fronteras del pensamiento único. Los "globalfóbicos", diría Zedillo
en
Davos. De ese modo, los indígenas, la iglesia de San Cristóbal de
las
Casas,
los nacionales solidarios y los observadores humanitarios
extranjeros,
Cárdenas y el prd, los estudiantes huelguistas y sus padres,
académicos,
investigadores y exalumnos que los apoyan, los miles de marchistas
del 6 y
del 9 de febrero se hacen acreedores de ser perseguidos por la
policía
política y juzgados a todo vapor por leyes de excepción.
El derecho de huelga quedó asimilado al delito. Finalmente, la
salida de
fuerza del 6 de febrero. De nuevo los camiones y helicópteros
militares en
la universidad. El gol de arco a arco, pulcro y aséptico -"¡ni un
solo
muerto!". La simple aplicación de "la justicia", explicó después el
procurador Jorge Madrazo. La disuasión, no la represión,
puntualizaría el
responsable de la seguridad interior, Diódoro Carrasco.
"La UNAM recuperada para la democracia. Es un hecho histórico para
todos
los
mexicanos", clamaron entonces los propagandistas de los medios.
Pero nada
dijeron sobre la verdad de los huelguistas. Nada sobre la autonomía
universitaria pisoteada por botas castrenses. Siguió la petulancia
del
poder. La humillación de los vencidos. La parodia jurídica.
Y sin embargo, la huelga continúa.
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