EL NEGOCIO DEL MIEDO SE MULTIPLICA

El sistema capitalista no sólo está en plena expansión geográfica a nivel planetario, sino que, en el ámbito interno, también se extiende continuamente como una mancha de aceite, ocupando nuevos aspectos de nuestra vida cotidiana, mercantilizándola y sometiéndola a su férrea ley del beneficio económico. En este sentido, el Estado está privatizando empresas y servicios que tradicionalmente asumía "porque eran rentables desde un punto de vista social, pero no económico; porque cumplían una función estratégica crucial o porque eran sectores claves para la defensa". Los procesos de privatización iniciados en los servicios de transporte público, la sanidad, la industria militar... son buenos ejemplos de esta tendencia. Todo lo que es susceptible de producir beneficios económicos debe estar en manos privadas. Ni mucho menos quiere esto decir que estemos a favor de una industria militar pública.

La capacidad de provocar nuevas "necesidades" para que la maquinaria no se detenga es infinita. El egoísmo y el miedo generalizados, el sentimiento de desconfianza, la sensación de que en el mundo moderno la única regla que puede funcionar es el "sálvese quien pueda", crean el caldo de cultivo para que el sentirse seguro en medio de tal vorágine adquiera una vital importancia. Así, en base a esa inseguridad se construye un extenso campo abonado para el negocio. La alarma social que generan con la manipulación y presentación artificial de fenómenos como el "terrorismo" y la "delincuencia" justifica la fuerte demanda, cada día más creciente, de cuerpos de seguridad exclusivos y privados, que complementen la labor de las fuerzas paramilitares y policiales. Los mismos mecanismos que utilizan para autolegitimarse, les sirven para que el control social se generalice aún más y para que un nuevo sector económico florezca. La expansión del negocio de la seguridad privada en los últimos años así lo refleja.

Estos cuerpos paramilitares privados, al servicio de las grandes empresas, bancos, edificios públicos..., y hasta de personas particulares que contratan sus servicios, tienen cada día una mayor presencia en nuestras calles y contribuyen en mayor medida a fortalecer el militarismo más cotidiano, haciendo que nuestra vida discurra entre uniformes, pistolas y represión. Custodiando las lujosas urbanizaciones de l@s ric@s, en las puertas de bancos, en las discotecas y bares, en los edificios públicos, en los transportes, siempre al servicio de la mano que les da de comer, por la enorme importancia y número que alcanzan en la actualidad, se puede decir que han roto con el tradicional monopolio de la violencia que ejercía el Estado. Aunque éste siempre ha sido un fiel servidor de los intereses y los grupos dominantes, ahora son las entidades privadas las que cubren parte de sus "necesidades" de seguridad.

Militares y policías que ven la posibilidad de sacar más beneficio a sus "cualidades", reconocidos fascistas y pistoleros, profesionales de la violencia, racistas... encuentran una posibilidad única en este negocio. Quienes les contratan no van a poner limitaciones a su actuación para "mantener la chusma a raya" y esas cualidades son la mejor garantía de su "seguridad".

Los medios militares para mantener la situación controlada, como vemos, van más allá del Estado. Por esa razón hemos creído oportuno analizar someramente el despliegue del negocio de la seguridad privada en el Estado Español, comprobar su envergadura económica y social. A pesar de que los datos referentes a este tema aparecen como uno de los secretos mejor guardados y que la única institución "pública" donde se recoge un registro de la actividad de estas empresas (el Ministerio de Interior) no nos ha facilitado ninguno, os mostramos a continuación algunos que sí hemos podido recabar, aunque nos tememos que sólo muestren la punta del iceberg. Nuestras indagaciones en diferentes instituciones y estamentos (Cámara de Comercio, Registro Mercantil, Facultad de Económicas, Guías de Empresas…) deberían haber ofrecido un trabajo más riguroso, pero ha sido, de momento, imposible.

En el informe elaborado por Dun & Bradstreet sobre las 50.000 empresas más importantes del Estado español, aparecen algunos datos sobre las 98 empresas que figuraban en el sector de la seguridad privada que pueden dar una idea de la importancia de este sector:

El sindicato USO, da la cifra de 60.000 guardias de seguridad, de los cuales, aproximadamente la mitad tienen titulación y van armados con arma de fuego y la otra mitad no tiene titulación y van armados con porra y esposas. En el siguiente cuadro se recogen los datos de las 10 empresas más importantes del sector que aparecen en el informe de Dun & Bradstreet:

 

Por su situación geográfica, aunque muchas de ellas tienen delegaciones repartidas por todo el Estado español, la mayoría tienen su sede central y el grueso de sus actividades en Madrid y Barcelona, como refleja el siguiente cuadro:

 

Como ya hemos indicado, estos datos sólo son la punta del iceberg de la auténtica envergadura del negocio de los cuerpos paramilitares privados. Aún así, reflejan a las claras, la contribución tan importante que hacen al incremento de la militarización social.

En un barómetro de Empresas realizado por la consultora Coopers &Lybrand, sobre 241 Empresas que operan en el Estado español, y que facturan al año más de 30 Billones (casi la mitad del PIB para 1998) aparecen, en la ficha técnica, y como integrantes del panel sobre el que se hizo el estudio, las empresas de seguridad PROSEGUR y SECURITAS. A su lado, se encuentran GAMESA, ITP y otras industrias militares de gran importancia, lo que da una idea del gran negocio que supone la "seguridad".En apenas unos años, éstas han crecido de forma desorbitada. La vigilancia de los privilegios, de la plusvalía de la explotación generalizada, es convenientemente guardada. La custodia de bancos, joyerías, compañías de seguros, transporte de importantes cantidades de dinero… son la base fundamental de estas compañías. Sin embargo, la extensión de la mirada culpabilizadora al conjunto de la sociedad, la socialización del miedo y la necesidad de cargar las tintas contra quienes ostentan el segundo lugar en el binomio "amigo-enemigo", han hecho que no sólo se conviertan en sicarios de "lo privado". Pasamos así a encontrarlos en cada lugar donde vamos: cines, centros culturales, instituciones, diferentes organismos públicos, transportes colectivos… se convierten en lugares a vigilar, donde los clasificados como indeseables por el único y exquisito criterio de los matones, serán apaleados, vejados, retenidos y detenidos, por la razón que sea, sin que obre legalidad alguna, sin requisitos previos. Limpiar la ciudad es el epígrafe de su actividad económica; la revalidación de sus contratos va en función de la agresividad, de las palizas que se propinen, del miedo que insuflen. Ser pobre, tener ciertos ideales, tener unas pintas que no cuadran con el estereotipo de uniformización social, ser yonqui, e incluso, interceder ante una agresión de los "seguratas" a otra persona, colarte en el metro, negarte a enseñar tu billete, tener cierta dosis de dignidad, te coloca en situación de riesgo.

Como bien argumenta Jose Luis Segovia en "Control Social del Delito, Críticas y Alternativas", pg. 203 y 204, las escasas posibilidades de un importante sector de la sociedad para poder acceder a lo más básico hacen que se produzca un aumento significativo de las transgresiones contra la propiedad, sobre todo en los ámbitos urbanos, en los primeros años de los 80. "La oferta bombardeante de estímulos de la ciudad coexiste con las nulas posibilidades para alcanzarlos.…Ello se traduce en violencia contra la propiedad y en ocasiones contra las personas. …Y así, sectores no pequeños, hijos del paro y la pobreza, comienzan a delinquir generando una enorme alarma social, al ponerse en peligro ciertos logros para los sectores más pudientes: la propiedad, la seguridad…Esta inseguridad se contagia también a las clases populares, cuyo único afán es emular a las que les preceden en el status social…así, al tiempo que proliferan reformas legales restrictivas de derechos, se multiplican los miembros de las fuerzas de seguridad, se facturan cientos de millones por las compañías privadas de seguridad, se legitima el control social cada vez más fuerte por parte de la administración…".

"Durante la transición, bastantes asociaciones de vecinos se unieron al clamor de la "seguridad ciudadana" y quienes antaño corrieron delante de los ‘grises’, reivindicaban con fuerza la presencia en el barrio de los ‘marrones".

Desde entonces hasta ahora las cosas han cambiado bastante, y aunque el número de delitos no haya subido excesivamente, aunque se cometan prácticamente los mismos que hace unos años, el bombardeo de los medios de comunicación, para mostrar la fatalidad aprovechándose de la necesidad creada de noticias morbosas, hace que aparezca la realidad social como una jungla de animales despiadados, ultraviolentos, deseosos de matar, de robar, de violar, donde se impone la ley de la delincuencia, de la gentuza, a la que hay que detener, torturar, juzgar, encarcelar y hasta desaparecer.Generalmente, junto a la exaltación de estas conductas que generan alarma social, aparecen las medidas represoras como única salida. Las causas quedan relegadas a un segundo o tercer plano; solo importa la ocultación del problema, la seguridad de que nadie me va a robar a la salida de El Corte Inglés, que mis privilegios queden bien custodiados. "Lo que ha crecido espectacularmente han sido las noticias en torno a la delincuencia más que la delincuencia misma; se desatan esas campañas alarmistas en torno a la inseguridad ciudadana y a un supuesto incremento en los índices de delincuencia, se requieren penas más severas y la ejemplaridad de las sanciones. El objetivo de esta mayor trascendencia de determinados delitos es incrementar los controles sociales formalizados y justificar una política criminal centrada en la prevención general, esto es, en la ejemplaridad, el miedo al castigo, el refuerzo de la sumisión, la consolidación de los valores culturales dominantes y demás funciones simbólicas de la pena" (Juan Manuel Olarieta, ‘Política Criminal para la Crisis’".

La supuesta inseguridad ciudadana lo legitima todo. Los guardas de seguridad se convierten en ejércitos privados que sólo obedecen las órdenes de quienes los contratan.

Muchas de estas empresas estan presididas o dirigidas por peligrosos sujetos. Antiguos fundadores de PROSEGUR, proceden de lo más selecto del Mº del Interior de la antigua dictadura argentina. Las necesidades de adiestramiento de la plantilla más especializada exige tener en nómina a verdaderos profesionales de la violencia. Policías expulsados por "extralimitación en sus funciones" (pocos porque la mayoría se reciclan en otros puestos de importancia), militares retirados por diferentes abusos y estafas, asesores de organismos de contrainsurgencia y otros exquisitos personajes garantizan el buen orden de las actuaciones. El resto, los "respetables trabajadores", son en su mayoría gente que no ha podido acceder a los "cuerpos de seguridad del Estado", por no tener titulación, por no superar las pruebas físicas y/o teóricas, por tener antecedentes penales… Este panorama dibuja una despiadada realidad que tod@s sufrimos. La presencia de estos ejércitos en la calle, supera, en mucho, a la de la propia policía. "Vigilan nuestro futuro".

Además, el negocio de la seguridad hace que se apuesten por grandes grupos empresariales donde se diversifican los objetivos de mercado. El caso de PROSEGUR es uno de los ejemplos. La Empresa de Trabajo Temporal "Umano", pertenece al grupo. La primera oficina de esta ETT se abrió en enero de 1996 (hace justo 2 años) y facturó en 1997 un total de 8.000 millones de pesetas. La previsión de la facturación para 1998 es de 14.000 millones, que ayudarán a facturar al "gran grupo" más de 100.000 millones para 1998. Es curioso que la miseria que originan las ETT´s por el robo que supone el tráfico de esclavos del trabajo, sea también un negocio contemplado por esta empresa. Se da la paradoja de que las consecuencias que se originan por la injusta redistribución de la riqueza, por el control de los medios de producción por una minoría, por la explotación de las personas y del medio ambiente que imprime este sistema mercantilista, y que se podrían expresar de forma violenta, formen un todo, un paquete integrado de medidas por la consecución de la justicia social.

Y como no, algunos parámetros las hacen coincidir con las empresas de armamento, extensamente analizadas en puntos anteriores. El negocio de la seguridad se considera copado en algunos países, por lo que el mercado "no crece". Para ello -argumentan- se hace necesario arrebatar el negocio a la competencia, mediante dos caminos: elevar la calidad de los servicios prestados (agárrese quien pueda) y reducir costes. Para la primera, se harán unas fuertes inversiones en tecnología y formación (¡uf!) y para la segunda, se ampliará el mercado a América Latina, donde la empresa ya tiene copado el cono Sur y la República Dominicana y donde estudia nuevos proyectos para Brasil y Venezuela.

La racionalidad del terror personificada por quienes nos protegen: debería hacernos temblar. Estos grotescos defensores de nuestra existencia se yerguen imperturbables ante un panorama de deseperación y miedo, ante un caldo de cultivo creado y recreado hasta la saciedad, mantenido por un abanico de defensores a ultranza (la sociedad en su conjunto, los magnates del dinero, los sindicatos…), y con unas previsiones de futuro esperanzador para sus finanzas.

La violencia del Estado, generada mediante una práctica política abyecta, mediante la prevaricación, la impunidad, la sumisión, la violación de los derechos fundamentales, la precariedad, la exclusión, la marginación de amplios espectros de la sociedad, facilita el crecimiento de estas empresas de seguridad privada. La connivencia entre la consustancialidad represiva del Estado y el negocio del miedo, quedan así imbricadas en un sistema social incapaz de defenderse de una violencia organizada hacia l@s más desfavorecid@s. Y con las vueltas que da la vida, ¿quién nos asegura estar fuera del punto de mira?.