Nadie mejor que él para saber eso - Domingo.9 de julio de 2006 - 65 comentario(s)

Derecho Penitenciario

LA RIOJA (MANU ALVAREZ).- Mario Conde, ex presidente de Banesto, condenado por el Tribunal Supremo a una pena de 20 años por delitos de estafa, apropiación indebida y falsedad durante la etapa en la gestionó el banco (1987-1993), acaba de hacer de la necesidad virtud. El producto de su trabajo es un libro que acaba de ver la luz en una editorial especializada en temas jurídicos (Comares); una obra que ha concebido al mismo tiempo como un manual, un documento crítico para la reflexión sobre la materia y, por encima de todo ello, un relato ’técnico’ de su vida como preso.

- Dice usted en su libro que cuando entró en la cárcel se dio cuenta de lo difícil que era encontrar un abogado que manejase con soltura el Derecho Penitenciario.

- Es que ellos mismos reconocen que no tienen ni idea. En la carrera no recuerdo que estudiásemos el tema. Cuando preparé las oposiciones a abogado del Estado, tampoco. El Derecho Penitenciario da alergia, hasta miedo. Llenar un hueco.

- Además de volver refugiarse en sus orígenes profesionales, ¿qué le ha movido a escribir sobre algo tan poco atractivo como el mundo jurídico que rodea las cárceles?

- Me pareció que tenía una especie de deber moral y que podía contribuir a hacer algo útil para muchos abogados y fiscales que no conocen la materia. Es un mundo extraordinariamente complejo. Sin ir más lejos, un tribunal puede condenarte a 35 años de cárcel y una autoridad administrativa puede sacarte a los cuatro meses. Y, sin lugar a dudas, para un preso sólo hay una obsesión: recuperar la libertad.

- Pero a un preso no le debe resultar fácil recordar su paso por la cárcel. Y menos aún hablar en público o escribir sobre ello.

- Eso es cierto, pero mi caso es lo suficientemente público como para que importe poco recordarlo. Mis entradas en la cárcel casi fueron retransmitidas en directo.

- Durante su paso por Alcalá-Meco se dedicó a redactar los escritos de muchos compañeros de prisión en los que solicitaban el acceso a un grado mejor, permisos, etc.

- Sí. Lo hice para los que me lo pidieron y debo reconocer que con bastante éxito. Solo perdía de forma sistemática las peticiones que me afectaban personalmente a mí.

- Según la experiencia personal que relata, ha llegado a la convicción de que detrás de la denegación de muchos beneficios penitenciarios que usted solicitó había una decisión con carga política, no jurídica.

- Sin duda. Nadie se debe escandalizar, porque hasta el fiscal general del Estado acaba de reconocer que hay que atender a la realidad social del momento para interpretar las leyes. En muchas decisiones judiciales se ve que se han analizado las consecuencias políticas y también las mediáticas.

- En las decisiones que ha adoptado la Administración sobre su situación penitenciaria, ¿se ha portado mejor el PP o el PSOE?

- Yo creo que son mecanismos que funcionan al margen de los partidos, pero lo cierto es que muchas personas consideran que el PP mantuvo una actitud especialmente dura conmigo. Incluso la identifican con Aznar y las personas más vinculadas a él.

Prepararse para lo peor

- En su historia ha jugado un papel determinante la famosa alarma social.

- Es un concepto que tiene un origen fascista. Sin ir más lejos, es un motivo que se usó para justificar la persecución de los judíos. Y se usa a pesar de que no está en la ley. Y si no está en la ley no se puede usar para justificar, por ejemplo, una prisión preventiva.

- ¿Recuerda el momento en el que interiorizó que iba a estar entre rejas?

- Sí, perfectamente. En octubre de 1994, cuando estaba a punto de cumplirse un año desde la intervención de Banesto, reuní en casa a toda la familia, a mis padres, mi mujer, mis hijos...para decirles que tenía la convicción de que me iban a encarcelar. Uno es realmente maduro cuando comienza a llevarse bien con lo inevitable y alcanza la plenitud cuando consigue convivir con lo insoportable. Y yo me llevo fenomenal.

- Por alguna razón, los funcionarios de prisiones tienen mala imagen...

- Eso es un mito que se lo debemos a las películas americanas, pero que no coincide con la realidad. Y eso que es un mundo extraordinariamente especial. El patio de la cárcel es en este momento una balsa de aceite y en cuestión de minutos es el centro de un terremoto. Pero mi experiencia con los funcionarios ha sido realmente buena. Conservo, incluso, magníficas relaciones con algunos y jamás he vivido situaciones de abuso o de tortura.

Cosas de película

- Le pido disculpas por anticipado, pero resulta obligado preguntarle si en alguna ocasión usted ha sido objeto de alguna agresión sexual allí dentro. Ya sabe... otro de los mitos de la cárcel.

- No, jamás lo he sufrido. Y tampoco he conocido a ningún preso que me haya contado que le haya ocurrido algo de este tipo. Efectivamente, es otro mito.

- Los teóricos aseguran que la cárcel tiene como objetivo hacer sufrir al reo para que en ese sufrimiento comprenda el daño que ha hecho y se rehabilite. ¿Coincide usted con esa tesis?

- Imposible. La cárcel no rehabilita a nadie. Nadie cree ya en eso. Al contrario, la cárcel es un aula de pedagogía sobre delincuencia. Yo he visto a muchos presos que habían entrado en situación de preventivos por algún pequeño delito y que al salir le daban las gracias los funcionarios. «Gracias -les decían- porque en nuestra estancia aquí hemos conseguido aprender cómo se hacen las cosas a gran escala».

- ¿Mantiene fresco en la memoria su primer permiso, la primera vez que dejó atrás los muros de Alcalá-Meco cuando ya cumplía condena? ¿Qué hizo?

- Lo recuerdo perfectamente. Me fui a La Salceda y todo fueron sensaciones muy intensas. El amanecer en el campo, los olores... Cuando estás ahí dentro, idealizas todo lo que está fuera.

- ¿Reconoce haber sufrido?

- No. Me preparé mentalmente para no sufrir. Además, he aprovechado el tiempo y estos últimos años me han servido para leer mucho; incluso, para recuperar viejas aficiones, como el Derecho. He cumplido estrictamente con las condiciones penitenciarias sin un solo ruido. Punto.

- ¿Se ha arrepentido de algo?

- ¿De qué tengo que arrepentirme? ¿De haberle pagado 600 millones de pesetas a (el intermediario Antonio) Navalón? No, porque fue bueno para el banco. ¿De haberle pagado 300 millones de pesetas a Adolfo Suárez? Tampoco porque lo hice en interés de Banesto.

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