Los temas que merecen nuestra atención suelen abordarse en virtud de acontecimientos puntuales que atraen todas las miradas y provocan un alud de opiniones y de debates que se mantienen un tiempo hasta que el tema en liza vuelve a su anterior nivel de popularidad y cede el “candelabro” a la nueva cuestión de actualidad.
El mundillo de la contrainformación de “izquierdas”, del cual me considero parte, no es ajeno a esta dinámica, y sus páginas de internet se llenan de artículos alusivos cada vez que un tema de actualidad logra superar el foso ideológico que nos separa del resto de los mortales. Así ocurrió por ejemplo con el “¿Por qué no te callas? y está ocurriendo ahora con el debate sobre el aborto.
En los medios de comunicación -llamémosles- convencionales este tema se está tratando sobre todo desde un punto de vista informativo, y los diarios reseñan con cierta objetividad las actuaciones policiales y judiciales contra clínicas abortistas así como las reacciones de las partes implicadas u observadoras. Algunos medios añaden artículos de opinión valorando estos hechos desde diferentes juicios e ideologías. Normalmente según la pedrada de cada uno tiran más hacia uno u otro lado.
Sin embargo en la contrainformación de izquierdas el tratamiento de este tema se centra sobre todo en opinión, y en la difusión de actividades de los grupos y plataformas pro-aborto. Se puede decir que hay unanimidad total en el enfoque. La izquierda contrainformativa está abonada incondicionalmente a la propuesta del “¡aborto libre y gratuito ya!”
Por eso me considero disidente. Porque yo pertenezco a este sector social y tengo una opinión diferente a la única que leo y escucho por estos barrios. Y la verdad es que lo llevo mal, porque no es un tema que me sea indiferente en absoluto, y temo que si me atrevo a expresar mi posicionamiento no voy a ser comprendido ni respetado.
Vaya por delante que mi planteamiento sobre el aborto no tiene que ver con pertenecer a confesión religiosa alguna. Quede claro también que de ninguna manera estoy de acuerdo con que exista ningún tipo de ordenamiento jurídico que persiga penalmente a ninguna persona por esta cuestión. No se trata de prohibiciones, leyes y pecados. Mucho menos de considerar a la mujer como un objeto y a su cuerpo como una especie de incubadora. Ni se me pasa por la cabeza establecer una teoría que pase por encima de cada situación, de las circunstancias de cada persona, que -me consta- en casi todos los casos son durísimas. Por supuesto lo último que haría con respecto a este tema es andar señalando con el dedo y colgando a nadie carteles de “culpable”.
Lo que pasa es que para mí la unión de un óvulo y un espermatozoide es una persona humana. Y para mí la Persona Humana es un valor máximo, ni siquiera superable por otros como “Justicia” o “Libertad”.
Que la Iglesia Católica y otras organizaciones ultramontanas dicen eso mismo... ¿Y yo qué quieren que le haga?
¿Qué cómo sé que eso es así? Pues, la verdad es que no lo sé. No tengo datos científicos en los que apoyarme. Por eso no lo considero la Verdad, sino “mi” verdad, y en consecuencia no hago una bandera de ello. Es una creencia que se basa en cuestiones intuitivas, emocionales y en una pequeña parte, también racionales.
¿En qué sentido racionales? Pues en que en el proceso de concepción-gestación-alumbramiento es el punto que me parece la única frontera absolutamente reconocible entre ser una nueva vida o no serlo. Todos los demás puntos propuestos (tres meses, cinco, siete, cuando funcionan determinados órganos...) me resultan arbitrarios, pura convención y que como mínimo adolecen de la misma falta de determinación exacta que el mío.
Por ello considero que mi fe en que la vida humana existe desde el momento mismo de la concepción es tan legítima como las que consideran que esa vida humana surge más tarde. Y me llama la atención que el debate sobre el aborto en la “izquierda” soslaye tan descaradamente tanto esta cuestión como la que tiene que ver con sus importantísimas implicaciones moral y ética. Al final parece que toda reflexión personal e íntima quede arrumbada y sólo se aborden las cuestiones de orden práctico.
Me llama la atención el hecho de que, en general, ni la gente que piensa que un feto inferior a equis semanas de vida no es un ser humano sino más bien un coágulo de sangre, cuando se ve en el caso de tener que abortar, vive esta situación como una realidad profundamente negativa. Cierto que hay una intervención quirúrgica de mayor o menor importancia, pero nadie tiene las mismas sensaciones ni sentimientos cuando aborta que cuando va a sacarse una muela, por poner un ejemplo. Ni, en muchos casos, deja las mismas secuelas psicológicas. Serán complejos de culpa debidos a la herencia de la educación judeocristiana. Puede ser. Pero también puede ser el efecto de un desajuste entre lo que se cree o se intuye al interior y la ideología externa que se ha adoptado por las razones que sean.
La unanimidad pro-aborto de la izquierda quizá puede deberse, aunque sea en una pequeña parte, por una lógica reacción hacia siglos de represión sexual y de imposición del rol reproductor a la mujer. Pero mi sensación es que su principal causa es una actitud y pensamiento materialista a ultranza que coloca en primer lugar las utilidades prácticas de cada cuestión y en segundo lugar amolda a éstas las consideraciones ideológicas y/o morales. Esa sensación de frivolidad y falta de querer profundizar es la que advierto en los mil y uno artículos que leo estos días sobre autoinculpaciones, peticiones de aborto libre y gratuito etc. etc.
A mí tal demanda no me parece ni progresista ni beneficiosa para la sociedad. Entiendo su adopción por parte de la izquierda como un frente de lucha más en la batalla por la liberación de la mujer. Estaría incluso de acuerdo y me uniría a esa batalla si fuera por eliminar los castigos legales hacia las personas que abortan y no constituyese además una justificación e incluso una promoción del aborto.
Me parece que la política de izquierdas no debería reclamar el aborto como derecho, sino la maternidad/paternidad como derecho. Debería ser una política que tratara de avanzar hacia un modelo social en el que tener hij@s no supusiera quedarse atrás en la vida laboral, formativa, en el derecho a la vivienda (porque hacen falta dos sueldos para pagar la hipoteca), al ocio (más corresponsabilidad en la crianza...). Y que conste que no predico que haya que tener muchos o pocos hijos, sólo que, quien los quiera tener, los pueda tener con libertad y sin hacerse el hara-kiri social.
Y una última opinión. Ya dije que no tengo la Verdad, sino sólo mi parecer. También dije que no pretendo que se condene a nadie, ni legal ni moralmente. Entiendo que en un tema que no se puede fundamentar en objetividad alguna, nadie tiene la obligación de pensar como yo. Por supuesto tampoco encuentro razones para que a mí se me obligue a adoptar otro parecer. Asimismo trato de ponerme en el lugar de otras personas y me consta que se toman decisiones muy difíciles y dolorosas, y a veces toca elegir entre dos posibles males, lo cual no es fácil para nadie. Pero lo que sí apelo es la responsabilidad. Este no es un tema cualquiera; es una cuestión que puede tener unas implicaciones muy severas, y no se puede valorar y resolver de forma apresurada o poco reflexiva. Les invito a ponerse en mi lugar durante unos segundos. ¿Y si yo tuviese razón? Estaríamos acabando con la vida de muchos, muchísimos seres humanos; de hecho, con la vida de nuestros propios hijos.
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