Más fascismo en Tortuga...
Más de uno me ha acusado de fascismo por cuestionar la visión progresista de la Historia. Los progres ibéricos poseen tres rasgos característicos: son muy abundantes, como la plaga de topillos; siempre tienen razón, porque el ser de izquierdas automáticamente les convierte en los buenos de la película; y todos son historiadores expertos. Los progres de mi ecosistema padecen además la compulsión de dar conferencias historiográficas a un servidor, porque suponen que al ser de natural campechano me tragaré su discurso sin rechistar. Cuando vuestro amigo Strigoiu (yo) se está relajando (emborrachándose) en algún club social (tugurio) departiendo con otros ilustres caballeros (más borrachos) sobre los aspectos importantes de la vida (fútbol, alcohol, tetas), siempre aterriza por allí algún aguafiestas con la intención de obnubilarnos con su sabiduría. Seguro que todos conocéis al típico plasta que tras “aprender” algo necesita exhibirlo para que su involuntaria audiencia admire cuánto sabe. Como a según que horas los caballeros del citado club social tenemos la lengua suelta, al final pasa lo que pasa. Ejemplos:
En cierta ocasión un topillo nos bombardeó con las virtudes de la obra y la persona de Marx. Tras felicitarle por lo mucho que nos había enseñado le pregunté si no reparó en que Marx, salvo una intentona fallida de trabajar por un sueldo en una empresa de ferrocarriles, nunca en su vida tuvo intención de dar un palo al agua, malvivió gorroneando a todo el que se le puso por delante, trató a su familia como basura y, además, consideraba que los obreros eran medio lelos y sólo podrían mejorar su situación gracias a intelectuales como él. Sin poner nunca en duda lo que contaba el topillo, sólo con estas inocentes puntualizaciones, en menos de un minuto el progre ya estaba de morros. Y encima que nos mancilla el ocio impartiendo un master que no se le ha pedido, si es amiguete toca pedirle disculpas por tamaña blasfemia (para quitar tensión al momento es muy socorrido soltar la gracieta: “¿Marx? ¡Creí que hablábamos de Groucho!”). Es risible comprobar como estos tipos son incapaces de asumir que sus mitos tenían defectos, cuando precisamente lo que hace más meritoria la grandeza de un personaje es llegar a ser quien fue a pesar de ellos. Menos mal que el colega había leído una biografía medio decente y no hubo necesidad de corregir inexactitudes partidistas.
Otro ejemplo: señor de izquierdas que sin venir a cuento nos martiriza con sus impresiones sobre el inicio de la Segunda Guerra Mundial ¡Durante el descanso de un partido de mi Atleti! ¡Rodeado de caballeros en el club social! ¡A quién se le ocurre! Tras varios minutos de dar la matraca con lo malos que eran los nazis y cómo atacaron alevosamente Polonia tuve que puntualizarle al topillo (también inocentemente) que los nazis atacaron por el oeste al alimón con los comunistas rusos desde el este. Que los super-enemigos habían firmado un pacto, el Molotov-Ribbentrop, para repartirse esferas de influencia en Europa oriental y mediante el cual papá Stalin le vendía a Hitler materias primas para su industria bélica a precio de ganga. Que los dos años que no estuvieron en guerra, los rusos enviaban sus judíos a los amorosos brazos de los alemanes. Que Churchill recordaba a Stalin durante sus conferencias que el combustible de los aviones que bombardeaban Londres había salido del Cáucaso. Y que todas esas decisiones de papá Stalin, incluso la de pactar con el otro genocida, las había aplaudido entusiasmada la famosa Pasionaria. Aquí paré porque ya empezaba la segunda parte del partido.
Finalmente el topillo salió con el sesudo argumento de todo intelectual de izquierdas cuando escucha algo que le desagrada (o no entiende): “¡Mentira, mentira cochina!” y, en un alarde de elocuencia: “¡Facha, facha!”...cuánto ingenio.
Para esta gente la Historia es una especie de buffet libre en el que te sirves lo que te gusta y lo que no, ni caso; y si lo que se ofrece es intragable lo mires por donde lo mires, te lo inventas. La prueba de ello la tenemos en la primitiva versión del photoshop creada por los soviéticos. Es harto frecuente encontrar fotografías en libros de texto de la época en las que los políticos que rodean al líder van siendo borrados según caían en desgracia y al siguiente curso desaparecían del programa educativo (para la ciudadanía) las referencias a los que habían sido purgados. El famoso aforismo de Alfonso Guerra de: “El que se mueva no sale en la foto” en aquella época era: “El que se fusile no sale en la foto”.
Hala, a seguir bien.
Vale
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