CLEMENTE PENALVA
Profesor de la Universidad de Alacant
El monumento al soldado no debería existir. Los ejércitos tampoco. Son instituciones especializadas en enseñar a hacer lo más inhumano y desgraciado de la naturaleza: la guerra. Los ejércitos son instituciones dedicadas a la destrucción, y (para ello) desprecian al individuo, lo anulan y dan protección moral a quien comete actos de destrucción. Destruir y matar no es algo fácil. Las instituciones te enseñan a vencer las resistencias a la violencia, y una en concreto, el ejército, a través de elementos tan abstractos como la patria, dios o la autoridad, tan imposibles de merecer obediencia ciega como un trozo de tela, un sacerdote o un general; instruye para matar, y justifica de muchas formas el acto monstruoso de dar muerte a un semejante.En la memoria colectiva, los muertos son instrumentos del poder para poder representar esas cosas tan abstractas como son las patrias. El momento más solemne de los rituales castrenses es el que rinde tributo al soldado «muerto». Para el soldado vivo no hay nada; y el monumento al soldado de reemplazo es un monumento al soldado desaparecido por decreto.
Las ciudades de todas las naciones del mundo rinden tributo a todo tipo de militares de alto rango. Los héroes tienen estatuas ecuestres y a pie, calles y plazas, y hasta poblaciones que reciben sus nombres. Pero raros son los monumentos a los soldados rasos conocidos. Los únicos homenajes que los ejércitos y las sociedades rinden a este tipo de soldados sólo tienen lugar cuando éstos dejan de existir. No tienen nombre, y sólo se les reconoce por sus apelativos: caídos, desconocidos o de reemplazo. El ejército profesional acabó con el reclutamiento forzado. El recibir un salario por un trabajo resultó un avance; aunque eso supuso que los muertos tienen mejor definida su clase social. Será imposible un monumento al soldado profesional, pues afectaría a todos los estamentos, y a partir de cierto nivel ya tienen nombre.
El colectivo Tortuga se vio impulsado a realizar un acción simbólica de rechazo al ejército. Fue una acción no violenta, una acción simbólica contra otro símbolo, porque el significado de los símbolos depende de quien lo interpreta. Son luchas simbólicas que van un poco más allá: de las palabras a las acciones. Un acto más valiente (con más valor moral) que el de dar muerte a un enemigo, porque supone la reprobación de un discurso institucional. El ejército regaló unas figuras a la ciudad; y la ciudadanía lo rechazó.
Este monumento a mí no me representa. Yo fui un soldado de reemplazo y siento náuseas cuando paso por la Plaza del Mar de la ciudad donde he crecido. Para la nación, en el ejercicio de mi función como soldado, no llegué a ser nadie. Los soldados muertos en acción tampoco. Un número, una placa de identificación y, en esta cultura, una cruz en un cementerio colectivo.
Un fin tan impersonal como el inicio. Tras el ingreso, una vez que el ejército te humilla, te coloca en el lugar que te corresponde (el más bajo) y te otorga un número. Te enseña la jerarquía y las posibilidades de ascender. Aunque no pases de recluta, siempre tendrás a alguien por debajo: a los civiles (el 85% de las víctimas de las guerras contemporáneas son civiles -humanos sin uniforme-) y al «enemigo» (ni siquiera llega a ser humano). La estructura se interioriza y funciona perfectamente para quebrar la solidaridad entre los seres humanos.
Entre la Explanada y el Paseo de Gomis hay tres figuras extrañas que representan tres fuerzas especializadas en provocar el horror. Tres destinos diferentes del reclutamiento forzado. En la entrada a al puerto de Alicante -lugar de dolor y lugar de memoria de los últimos días de una guerra muy cruenta- hay representados tres soldados, de pequeña proporción en la estructura del monumento, bajo un gran trozo de tela. Un monumento feo de tres figuras feas sin identidad, coherente con la ciudad. Fea y sin identidad, pero que crece sin parar; donde sus ciudadanos están empequeñecidos por la especulación y el desarrollo del cemento. Apáticos y paralizados ante tal desastre.
Pero, afortunadamente, no todos estamos así. En los días en los que un poderoso ejército masacraba Iraq, el grupo Tortuga hizo un acto de desobediencia ante la muerte. Hizo patente la pasión por la vida ante la destrucción; en una acción de dudosa legalidad, pero legítima. Ahora necesitan la solidaridad y el agradecimiento por denunciar que las guerras son hechas por los poderosos, incrementan la pobreza y quiebran la solidaridad entre los pueblos.
Hoy en día los ejércitos se visten de inocentes. En poco tiempo realizarán sus labores de ayuda vestidos de blanco, portando escobas y palas en vez de fusiles; y pistolas de agua para que beba la población sedienta. Aun así no creo que vaya a ser suficiente. Se sabe que los ejércitos comenten tropelías en sus misiones de paz, y esto es porque es difícil apartarse de esa estructura explícita e interiorizada: señor, jefe, soldado, recluta, civil, enemigo. El último elemento puede que no esté presente, pero el anterior siempre lo está. El eufemismo de los «daños colaterales» duele, el «invento» de las «guerras humanitarias», además, indigna.
El monumento al soldado debería desaparecer, los ejércitos también. Gracias al grupo Tortuga por recordarlo, gracias por el gesto. La tortuga es lenta como la revolución social (efectuando cuidadosamente cada paso, pues los medios son tan importantes como los fines), y posee un impresionante caparazón de apoyo mutuo para situaciones difíciles. Como ésta: el 28 de abril juzgan en Alicante a las personas que hace dos años expresaron nuestro rechazo a los ejércitos y a las guerras.
Nota de Tortuga: agradecemos a Clemente Penalva (a quien el miembro de Tortuga que escribe estas líneas no tiene el gusto de conocer) el apoyo que nos muestra, y sus lúcidas reflexiones en torno al militarismo y la presencia de la "dichosa estatua" afeando el paisaje urbano, y empobreciendo la calidad ética de la convivencia en la ciudad.
Este artículo fue publicado ayer en una tribuna de opinión en el Diario Información.
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