« Volver atrás
277. Hay que repetir una y otra vez que el régimen salarial es incompatible con cualquier forma de vida buena y civilizada, por lo que su completa erradicación es una de las tareas de mayor significación de nuestro tiempo. En “Globalización y trabajo. La nueva Gran Trasformación”, de R. Munck, el asunto es tratado, a pesar de las ínfulas teoréticas del texto, a la manera habitual, desde una mentalidad sindicalista y buscando las pretendidas mejoras que, bajo el actual sistema, se estima que es posible alcanzar.
En repudio de ello es pertinente exponer: a) que lo que el asunto demanda es un enfoque revolucionario, no sindicalista; y b) que los hechos mondos y lirondos han probado que en trescientos años de brega sindical no solo no se ha conseguido nada en la transformación positiva del sistema salarial sino que éste ha ido haciéndose, de manera inexorable, cada vez más embrutecedor y destructivo, más incivil e ignominioso.
No se trata de alcanzar mayores sueldos, ni siquiera de mejorar las condiciones de trabajo en el salariado, sino de abolir el sistema de contratación mercantil de la mano de obra como tal para evitar la producción a descomunal escala de seres sub-humanos e inespirituales, para impedir la aniquilación de la esencia concreta humana.
Al respecto, no se puede admitir que asuntos que son de segunda significación, comparativamente, o que son directamente reaccionarios (ecologismo, feminismo, lucha antirracista, antifascismo, derechos de los homosexuales y lesbianas, liberación animal, veganismo y otros), ocupen en exclusiva las mentes y el tiempo de las gentes comprometidas, dejando sin espacio al tratamiento no sindicalista y no economicista, esto es, político, filosófico, ideológico, ético e histórico, del gran mal que corroe y devasta las sociedades de la modernidad madura, el trabajo asalariado tecnificado. Es de risa que quienes se llaman a si mismos «anticapitalistas» jamás se impliquen en la reflexión, la denuncia y la acción contra el trabajo asalariado en si, lo cual prueba que aquella definición corresponde al universo de la demagogia y la impostura, cuya desembocadura es implorar erre que erre al Estado, el «gran benefactor», que nos «proteja» del capitalismo. Sea como fuere, una sociedad libre sólo es tal si está liberada del trabajo asalariado.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora“La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).