Si vis pacem...
Veamos, ¿sabéis lo que es un Tomahawk? Sí, también es ese hacha que los indios salvaje usaban para atacar a los pacíficos colonos. Pero hoy es un misil táctico, es decir, que sirve para ganar batallas pero no guerras, que se caracteriza por volar a una cota muy baja para eludir los radares y por su gran precisión a unos 1.600 kms. de distancia máxima.
La noticia es que nuestra gloriosa marina, que desde Lepanto hasta El Callao ha inflamado nuestras almas de ansias de gloria, ha adquirido a Estados Unidos 24 de esos artefactos por 72 millones de euros; después vendrán más, para instalarlos en fragatas y submarinos.
¡Menudo honor! Sólo los estadounidenses y los británicos tienen chismes de esos, que han sido muy útiles para tirar pepinazos a afganos e iraquíes, principales beneficiarios del invento. Eso significa no sólo que nuestro socio transatlántico tiene plena confianza en nosotros -si no nos vendería el trasto-, sino, sobre todo, que no duda de la ilimitada estupidez de nuestros gobernantes, posiblemente los únicos del mundo occidental capaces de comprar algo perfectamente inútil.
Porque, ¿a que no sabíais que, aunque los hemos pagado a tocateja, los amigos americanos son los que deciden dónde y cuándo usarlos? Así de estupendo es el negocio: el sargento le da un fusil al soldado y este se lo tiene que pagar, pero además no puede dispararlo hasta que se lo mande el sargento. Y ahora viene lo mejor: esos cacharros necesitan un sistema de guía por satélite del que sólo disponen los yanquis, de forma que sólo podemos usarlos -al precio de medio millón por zambombazo- contra los blancos que ellos determinen. Así no sirven ni como disuasión.
Nuestros defensores de la patria, dispuestos a no dejar un resquicio de sentido común, afirman que, con el tiempo, podrían tener cierta autonomía de uso, pero que el chisme perdería en precisión; y si esta es una de sus características principales, ¿Cuáles son las ventajas de la compra?
Pero sobre todo, y lo más destacable, ¿contra quién piensan utilizarlos, en el caso de que pudieran? ¿Tantos y tan feroces enemigos tenemos? ¿O es que nuestros generales y al mirantes creen que el hecho de apretar el botoncito en las guerras de otros los hace importantes?
A uno le agobian las preguntas, ese morboso signo de perplejidad existencia: ¿a que va a ser que el Gobierno quiere hacerse perdonar sus alardes de independencia? ¿A que va resultar que nuestros nautas se han crecido y tienen delirios de grandeza? Uno no sabe si es mejor eso que quedar como tontos, pero es difícil sondear en los misterios de sus mentes. Aunque una cosa sí tenían clara: más vale que la gente no se entere, sobre todo a través del Parlamento, para no convertirse en el hazmerreír de todos. Ellos dirán que se trata de un secreto de Estado. Pero uno cree que el único secreto que quieren ocultar es que, al menos en este aspecto, son unos majaderos pluscuamperfectos.
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