La riqueza vivencial del ser humano se mide, en un sentido, por la abundancia de las experiencias prácticas, de tal modo que podemos ser más y mejores cuanto más hacemos, pues quien no actúa y no se compromete nada puede saber y nada puede ser.
Por ello, una de las causas de la colosal ignorancia que atenaza hoy al sujeto común es que carece de referencias en lo real debido a que su existencia no contiene actos de significación, pues el estilo de vida que le es impuesto le nulifica como ente activo, modo de nulificarle como ente pensante. De ahí resultan personalidades dogmatizadas hasta el paroxismo, pues despojadas de la facultad de pensar con autonomía y, al mismo tiempo, de la libertad de obrar, no tienen otro asidero mental que el torrente de teorías, creencias prefabricadas y consignas que les llegan desde las autoridades, hoy principalmente en la forma de productos de la industria del espectáculo y de la publicidad comercial, sin olvidar la trituración del intelecto y de la conciencia moral que tiene lugar en el sistema educativo.
En efecto, es aberrante que el individuo sea reducido a oyente pasivo, mudo y sumiso a menudo hasta pasados los 25 años, consagrado a la artificial, inútil y contraproducente tarea de pasar exámenes y otras pruebas de “aptitud”, lo que le impide vivir y acumular experiencia práctica por si mismo, además de pensar y de fortalecerse físicamente por otra vía que no sea el deporte, solución harto insatisfactoria y utilizada solo por una minoría.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).
Nota: los comentarios podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación.
RSS