Doy aquí dos explicaciones sobre la inmunidad social de la religión frente a la crítica, dos explicaciones de la ineficacia social de los argumentos antirreligiosos. Una de ellas es innatista y publicada recientemente, se basa en características que comparten los cerebros de todos los seres humanos en el momento de nacer; otra de ellas es ambientalista y se publicó hace casi veinte años, se basa en las condiciones sociales. Los ingenuos textos de esas explicaciones se contrastan o confirman con ilustraciones de los tratados evangélicos de Jack Chick (Crates).
1) RELIGIÓN: ¿OBLIGADOS A CREER? / Pascal Boyer. – Publicado en Nature, vol. 455, 23 de octubre de 2008. Traducción no profesional de Crates. Original: http://www.scribd.com/doc/8651384/Boyer-Religion-Bound-to-Believe
Siempre será más difícil la difusión del ateismo que la de la religión, explica Pascal Boyer, debido a que existen peculiaridades cognitivas que nos inclinan hacia la fe.
¿Es la religión un producto de la evolución? Tan simple cuestión asusta a mucha gente, creyente o no, aunque por diferentes razones. Gente de fe teme que la comprensión de los procesos que están tras las creencias acabe por erosionarlas. Otros temen que si algo se muestra como parte de nuestra herencia evolutiva será interpretado como bueno, verdadero, necesario e inevitable. Hay también otros, entre los que se incluyen muchos científicos, que simplemente rechazan la cuestión en su conjunto, pues ven la religión como un sinsentido infantil y peligroso.

Tales reacciones hacen difícil aclarar cómo y por qué el pensamiento religioso tiene presencia en todas las sociedades humanas – comprender esto es especialmente importante en el ambiente actual de fundamentalismo religioso. Al investigar si la religión es una de las muchas consecuencias de tener el tipo de cerebro que tenemos, podemos arrojar luz sobre qué clases de religión ‘aparecen de modo natural’ en nuestras mentes. Podemos explorar los supuestos compartidos, aunque disparatados, en los que se basan las religiones, y examinar la conexión entre la religión y el conflicto entre etnias. Por último, podemos hacer una previsión realista sobre el porvenir del ateismo.
En los últimos diez años, el estudio evolucionista y cognitivo de la religión empieza a dar frutos. No intenta identificar el gen o los genes del pensamiento religioso, ni elucubra sobre escenarios evolutivos que han conducido a la religión tal y como las conocemos. Ha hecho algo mucho mejor: nos sitúa ante hipótesis nuevas y predicciones comprobables. Investiga qué elementos de la hechura humana contribuyen a una religión posible y exitosa. El pensamiento y la conducta religiosos se pueden considerar partes de las capacidades humanas naturales, como la música, los sistemas políticos, las relaciones familiares o las agrupaciones étnicas. Los descubrimientos de la psicología cognitiva, de la neurociencia, de la antropología cultural y de la arqueología prometen un cambio en nuestra visión de la religión.
Asentada en lo implícito.
Un importante descubrimiento es que la gente sólo es consciente de parte de sus ideas religiosas. Ciertamente, puede describir sus creencias, tales como que existe un Dios todopoderoso que creó el mundo, o que los espíritus están escondidos en el bosque. Lo que la psicología cognitiva muestra es que este tipo de creencias explícitamente accesibles van siempre acompañadas de supuestos tácitos no alcanzados por la exploración consciente.
Por ejemplo, los experimentos muestran que la mayor parte de la gente abriga expectativas muy antropomórficas sobre los dioses, sean cuales sean sus creencias explicitas. Cuando se les cuenta una historia en la que un dios resuelve varios problemas a la vez, muchos lo encuentran plausible, pues los dioses suelen ser descritos como seres de poderes cognitivos ilimitados. Al volver a contar la historia un momento después, mucha gente dice que el dios atiende a una situación antes de prestar atención a la siguiente. Implícitamente, la gente también espera que las mentes de los dioses se parezcan en mucho a las mentes humanas, exhibiendo los mismos procesos de percepción, memoria, razonamiento y motivación. Tales expectativas no son conscientes, y frecuentemente están en desacuerdo con sus creencias explícitas.
La investigación ha demostrado que aunque las creencias conscientes pueden diferir ampliamente de una religión a otra, los supuestos tácitos son muy parecidos en culturas y religiones distintas. Estas semejanzas pueden basarse en las peculiaridades de la memoria humana. Los experimentos han mostrado que las historias mejor recordadas por la gente incluyen una combinación de habilidades físicamente contraintuitivas (donde los personajes atraviesan paredes o se desplazan instantáneamente) y características psicológicas plausiblemente humanas (percepciones, pensamientos, intenciones). Quizás el éxito cultural de dioses y espíritus se base en estos sesgos de la memoria.
Los humanos también tienden a abrigar relaciones sociales con estos y con otros agentes no físicos, y desde edades muy tempranas. A diferencia de otros animales sociales, los seres humanos son muy capaces de establecer y mantener relaciones con agentes que no están físicamente presentes: las jerarquías y las coaliciones, por ejemplo, incluyen miembros temporalmente ausentes. Esto puede ir más allá. Desde la infancia, los seres humanos mantienen relaciones duraderas, estables e importantes de tipo social con personajes de ficción, amigos imaginarios, pacientes fallecidos, héroes nunca vistos y amantes de fantasía. Realmente, las habilidades sociales de lo seres humanos, extraordinarias en comparación con otros primates, pueden forjarse mediante el entrenamiento con interlocutores imaginarios o ausentes.

Hay un paso muy pequeño desde tener esta capacidad de relacionarse con agentes no físicos hasta la conceptualización de espíritus, ancestros y dioses que no son ni visibles ni tangibles, pero participan en la sociedad. Esto puede explicar por qué, en la mayoría de las culturas, al menos algunos de los agentes suprahumanos en los que la gente cree tienen preocupaciones morales. Frecuentemente, la descripción de estos agentes incluye acceso ilimitado sólo a acciones moralmente relevantes. Los experimentos muestran que es más natural pensar que “los dioses saben que he robado este dinero” a pensar que “los dioses saben que he desayunado gachas”.
Además, la neurofisiología del comportamiento compulsivo en humanos y otros animales empieza a arrojar luz sobre los rituales religiosos. Estas conductas incluyen acciones estereotipadas y frecuentemente reiteradas que los participantes se sienten obligados a llevar a cabo, incluso cuando la mayoría de ellas no tienen resultados claros y observables –como darse tres golpes sobre el pecho mientras se repite una fórmula-. El comportamiento ritualizado se observa también en pacientes de desordenes obsesivo-compulsivos y en rutinas infantiles. En estos contextos, los rituales suelen estar asociados con pensamientos sobre contaminación y pureza, peligro y protección, el uso obligatorio de colores o números particulares, la necesidad de dotarse de un ambiente sano y ordenado.
Sabemos ahora que los cerebros humanos disponen de un conjunto de redes de seguridad y prevención, dedicadas a evitar riesgos potenciales, como el ser comido o la contaminación. Estas redes disparan comportamientos específicos de limpieza y vigilancia del propio entorno. Cuando estos sistemas funcionan a máxima potencia, producen patologías obsesivo-compulsivas. Los enunciados religiosos sobre pureza, suciedad, el peligro oculto de demonios que acechan, también pueden activar estas redes y hacer de las precauciones rituales (limpiar, revisar, establecer un santuario) algo intuitivamente atrayente.

Por último, los estudios sobre psicología social y evolucionista ponen de manifiesto una capacidad específicamente humana de formación de coaliciones, que tiene un impacto sobre la religión. Los humanos son los únicos entre todos los animales con capacidad para mantener coaliciones grandes y estables de individuos no emparentados, fuertemente ligados por la confianza mutua. Los humanos han desarrollado los instrumentos cognitivos para lograr esto. Saben cómo calibrar si los otros son dignos de confianza. Pueden evocar episodios de interacción e inferir qué gente tiene un carácter afín. Pueden detectar señales de compromiso costosas y difíciles de adulterar.

Esta psicología de coalición está involucrada en las dinámicas de compromiso religioso público. Cuando la gente proclama su adhesión a una fe particular, hace suyas afirmaciones sin evidencia que la respalde, y que podrían ser tomadas como obviamente erróneas o ridículas por otros grupos religiosos. Esto indica una voluntad de abrazar las normas particulares del grupo por la única razón de que son, precisamente, las normas del grupo.
Madriguera cognitiva.
La religión, ¿es adaptación o subproducto de la evolución? Quizás un día encontremos pruebas vinculantes de que la capacidad para el pensamiento religioso, más que para la ‘religión’ en el sentido moderno de institución sociopolítica, contribuyó a la eficacia evolutiva en épocas pretéritas. Por el momento, los datos apoyan una conclusión más modesta: los pensamientos religiosos parecen ser una capacidad emergente de nuestras capacidades cognitivas típicas.
Los conceptos y actividades religiosas capturan nuestras facultades cognitivas, como también lo hacen la música, las artes plásticas, la política, la cocina, las instituciones económicas, la moda. Este secuestro tiene lugar sencillamente debido a que la religión aporta algún tipo de lo que los psicólogos llamarían ‘superestímulo’. Del mismo modo que en una pintura se muestran más simetría y colores más vivos que en lo que suele encontrarse en la naturaleza, los agentes religiosos son versiones sumamente simplificadas de agentes humanos ausentes, y los rituales religiosos son versiones altamente estilizadas de procedimientos de prevención.
La captura también ocurre porque la religión facilita la expresión de ciertas conductas; éste es el caso del compromiso con un grupo, que se hace más creíble cuando se expresa como aceptación de creencias extravagantes o no evidentes.

No deberíamos intentar identificar un origen único de las creencias religiosas, ya que no hay en la mente humana un dominio único para la religión. Hay diferentes sistemas que manejan representaciones de agentes sobrenaturales, conductas rituales, compromiso grupal, del mismo modo que el sistema visual manipula color y forma. Lo que hace que un concepto de dios sea convincente no es lo que hace atrayente a una conducta ritual o lo que hace que una norma moral sea autoevidente. Las religiones más modernas y organizadas se presentan a sí mismas como un envoltorio que integra elementos dispersos –rito, moralidad, metafísica, identidad social- en práctica y doctrina consistentes. Pero esto es mera propaganda.

Tales dominios se mantienen separados en la cognición humana. Lo comprobado muestra que la mente no es una red sencilla de creencias, sino que consiste en una miríada de redes diferentes que contribuyen a hacer de las afirmaciones religiosas algo natural para mucha gente.
Estos descubrimientos, surgidos del enfoque cognitivo-evolucionista, son un desafío para dos pilares de la mayoría de las religiones establecidas. Primero, la noción de que su credo particular difiere de cualquier otra fe –que a su vez sería errónea-;

segundo, que la religión ha tomado forma debido únicamente a hechos extraordinarios o a la presencia actual de agentes sobrenaturales.
Por el contrario, sabemos ahora que cualquier versión de religión se basa en supuestos tácitos similares, y que los únicos ingredientes necesarios para imaginar agentes sobrenaturales son mentes humanas funcionando de la manera más ordinaria.

Bien mirado, es improbable que el compromiso con la religión se deteriore incluso si se aceptan estas conclusiones. Una forma cualquiera de pensamiento religioso parece ser el camino más llano para nuestros sistemas cognitivos. Por el contrario, la increencia suele ser el resultado un empeño esforzado y deliberado en contra de nuestras disposiciones cognitivas naturales –y sería raro que esto fuese una ideología fácil de difundir.

(Pascal Boyer trabaja en el departamento de Psicología y Antropología en la Universidad Washington de St. Louis (Missouri, USA), y ha escrito el libro La religión explicada).
2) Creer y no creer: perspectivas para el futuro / Marvin Harris. – Capítulo del libro Nuestra especie (Our kind), publicado en castellano por Alianza en 1991.
Nuestra especie ha albergado creencias en seres animistas durante al menos 35.000 años. ¿Debemos esperar la desaparición de estas creencias con la progresiva industrialización de las sociedades agrarias y preindustriales y la adopción en las sociedades industriales de tecnologías de producción, reproducción y tratamiento de la información cada vez más complejas?
Una cosa sí está clara. Mientras en algunas sociedades industriales los ateos son más numerosos que nunca, en todas partes el número de creyentes supera los pronósticos de los teóricos sociales. Las encuestas realizadas en Europa occidental ponen de manifiesto que, por término medio, las dos terceras partes de la población cree en la existencia de algún ser de naturaleza divina. Entre las sociedades industrializadas, los Estados Unidos representan un extremo y la Unión Soviética otro. Sólo un 4 por ciento de los norteamericanos declara no creer en ningún dios ni espíritu universal, un 13 por ciento niega que la religión tenga alguna importancia en sus vidas y apenas un 9 por ciento cree que Dios no tuvo nada que ver en la creación o evolución de la especie humana. En la Unión Soviética, en cambio, las personas que se declaran no creyentes constituyen una ligera mayoría de la población total, pero sólo un 30 por ciento de los rusos, el grupo étnico que más se ha beneficiado del sistema soviético, profesan la creencia en Dios. Entre los demás grupos étnicos, los creyentes probablemente sigan siendo mayoría, especialmente en las regiones islámicas. En conjunto, el 45 por ciento de la población de todo el país dice ser creyente.
Comparado con el porcentaje de creyentes de Europa occidental, el de la Unión Soviética no parece guardar proporción con el esfuerzo realizado por el Estado soviético por acabar con la religión. La política soviética oficial siempre se ha fundado en la idea de Marx de que la religión constituye un opiáceo barato distribuido por los grupos en el poder con el fin de confundir a las masas. A medida que fuera adquiriendo un conocimiento científico de los fenómenos naturales y humanos, el hombre abandonaría automáticamente sus supersticiones y sus creencias y prácticas religiosas. Al menos, así lo creía Marx. Con objeto de favorecer el crecimiento del ateísmo, el Estado soviético ha hecho uso de su control sobre los planes de estudio escolares para fomentar una visión del mundo atea ya desde sus inicios en 1917. Ha patrocinado organizaciones tales como la Liga de Militantes Ateos para que ridiculicen a los creyentes y ha montado exposiciones especiales en museos para describir la historia de las guerras, matanzas e inquisiciones religiosas. Además, las personas conocidas como creyentes no pueden afiliarse al partido comunista, con lo que, en teoría, se encuentran en desventaja a la hora de competir para ser admitidos en las mejores universidades e institutos, acceder a empleos bien remunerados y conseguir viviendas decentes. ¿Por qué razón, entonces, hay al menos 100 millones de personas en la Unión Soviética que se niegan a ser calificadas de ateos impenitentes?

La respuesta podría residir, en parte, en la incapacidad del sistema soviético para garantizar a los ateos un nivel de vida sensiblemente mejor del que disfrutan los creyentes ; pese a todas las ventajas ofrecidas a los no creyentes, los estudios soviéticos demuestran que el nivel de vida de los creyentes difiere en muy pocos puntos porcentuales del de los descreídos. El grupo de los creyentes cuenta con un mayor número de mujeres solteras, jubilados, minusválidos y campesinos, pero su nivel de vida se beneficia de un incremento sustancial gracias a los diferentes programas de asistencia social que efectivamente eliminan los extremos de pobreza más graves en la Unión Soviética. Como ha revelado la campaña de glasnost («transparencia») de Gorbachov, la economía soviética ha funcionado de forma extremadamente ineficaz por lo que respecta a la producción de bienes de consumo. Por culpa de la escasez crónica de carne, verduras y fruta, así como la falta endémica de viviendas decentes y el predominio de los productos y servicios de mala calidad, el sistema soviético no ha sido capaz de gratificar suficientemente a los no creyentes como para compensar el coste psicológico del ateísmo.

La tradicional teoría marxista de la religión es engañosa a este respecto porque no reconoce que las creencias animistas aportan satisfacciones psicológicas de las que la mayoría de las personas no quiere prescindir si no es a cambio de algún tipo de ventaja compensatoria. La religión podrá a veces desempeñar una función narcotizante, pero ha servido a este propósito mucho antes de que existieran clases dominantes. Incluso en las sociedades estatales no necesariamente son las clases dominantes las únicas beneficiarias. El animismo reserva algo a todo el mundo, tanto si vive en bandas y aldeas, jefaturas o Estados, o si es capitalista, comunista, opresor u oprimido. ¿A quién no le gusta que le tranquilicen diciéndole que la vida tiene sentido y significado y que no termina con la muerte del cuerpo? ¿Por qué va a abandonar la gente estas creencias agradables por el mero hecho de ganarse la vida utilizando tecnologías propias a la era de la informática?

La creencia en Dios y en una vida después de la muerte para el alma no entra en conflicto con la realización eficiente de la mayoría de las ocupaciones profesionales. Incluso es posible ser creyente en este sentido general y sobresalir en el ejercicio de la ciencia, la medicina o la ingeniería. Los problemas y conflictos sólo se plantean en un nivel de creencias mucho más concreto, como cuando un geólogo tiene que optar entre un ápice de dogma religioso que sitúa el principio del mundo en hace menos de 10.000 años y las cronologías radiométricas que abarcan miles de millones de años, o como cuando los biólogos deben optar entre evolucionismo y creacionismo; o cuando los médicos deben optar entre curar un intestino obstruido con oraciones o hacerlo por intervención quirúrgica. Puesto que la mayoría de la gente no tiene que enfrentarse a tales decisiones para ganarse el sustento, las visiones animistas del mundo siguen siendo más atrayentes que las nociones contrarias a ellas, incluso en civilizaciones urbanas altamente tecnificadas.

Está claro que crear una nación de creyentes requiere mucha menos presión institucional que crear una nación de descreídos. Sin embargo, no quiero dar la impresión de que se puede comprender la impopularidad extrema del ateísmo en los Estados Unidos sin advertir la existencia de tales presiones. Al contrario de lo que ocurre en la Unión Soviética, en los Estados Unidos tanto los creyentes como los no creyentes son, en teoría, libres de hacer proselitismo. Pero en los Estados Unidos el ateísmo se ha asociado durante mucho tiempo con el «comunismo impío» y, por tanto, lleva el estigma de algo vinculado a los enemigos de América. En los Estados Unidos la gente que condena o ridiculiza la religión en público o hace proselitismo abierto de creencias ateas se arriesga a granjearse la desaprobación de su patrono o de sus superiores y la exclusión social, o incluso a recibir malos tratos físicos en los estados en los que predominan las creencias fundamentalistas. Al mismo tiempo, pese a las leyes que decretan la separación de la Iglesia y el Estado, el sistema tributario americano proporciona apoyo indirecto a las instituciones religiosas. Las donaciones a la Iglesia son deducibles de los impuestos, y los edificios, bienes inmuebles y rentas normales de las instituciones religiosas están exentos de impuestos. No en vano los fundamentalistas señalan el lema inscrito en el gran sello de los Estados Unidos, «En Dios confiamos», y las palabras del juramento de lealtad, «Una nación bajo Dios», para justificar que la oración en las escuelas públicas podría ser una parte de la vida norteamericana impuesta por su Constitución.

Si no me equivoco en cuanto al vínculo que existe entre el miedo al comunismo y el miedo al ateísmo en los Estados Unidos, el fin de la guerra fría podría dar lugar a una convergencia de la proporción de creyentes en los Estados Unidos y la Unión Soviética. Si ésta llegara a conceder la libertad de hacer proselitismo como parte de una corriente de apertura a la libertad de expresión, seguramente aumentaría el número de creyentes soviéticos. Si los americanos se libraran del temor constante a verse desposeídos de sus casas y de sus iglesias por los comunistas impíos, un mayor número de ellos se atrevería a criticar públicamente las creencias y los rituales animistas. En ambos países surgirían entonces unas pautas de creencia y descreimiento más parecidas a las de Europa occidental.

Aparte de estos términos que pueden inducir a equívoco, mi bola de cristal no tiene prácticamente nada que revelarme. Lo único que puedo decir sobre la evolución a largo plazo es que el futuro de la religión no estará determinado por el valor intrínseco de creer o no creer en relación con los tipos concretos de sistema político o económico a que pueden dar lugar las sociedades en la era de la informática. Por esta razón acaso haya llegado el momento de volver a la tarea inacabada de intentar comprender si la selección de sistemas políticos y económicos realizada por nuestra especie se rige por unos procesos predecibles.

(El estadounidense Marvin Harris (1927-2001) fue el principal promotor de la escuela de Antropología conocida como “materialismo cultural”. La mayor parte de sus libros se han publicado en castellano: El desarrollo de la teoría antropológica e Introducción a la antropología general se usan en muchos casos como manuales universitarios).
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Tras leer a estos dos señores, parece imponerse una conclusión: la decisión de volverse ateo exige cierta actitud de desapego con respecto a los bienes materiales y a nuestra herencia animal; o, de otra manera, diga lo que diga el autobús ateo, la mejor forma de gozar de la vida es aceptar una religión.
